En esta segunda entrega seguimos en diálogo con Newman, Heft, el papa Francisco y el Concilio Vaticano II, cuyas premisas nos permiten afirmar que el futuro de la educación superior católica depende menos de estrategias institucionales cada vez más complejas y más de un renovado proceso de discernimiento eclesial y conversión. La universidad se vuelve auténticamente católica no únicamente preservando y mejorando estructuras y programas, sino reconociendo continuamente a las personas concretas y las periferias a través de las cuales Cristo continúa llamando a la Iglesia a entrar en la historia.
La Misión como conversión institucional
Comprender la universidad como participación en la Misión redentora de Cristo transforma inevitablemente el significado del liderazgo institucional. El desafío más profundo que enfrenta hoy la educación superior católica no es principalmente el declive demográfico, la incertidumbre financiera, la gobernanza o la sostenibilidad institucional, aunque todas estas realidades son ciertamente importantes y muy complejas: el desafío decisivo es un desafío de conversión. Cada generación de universidades católicas debe discernir nuevamente si continúa reconociendo los rostros concretos a través de los cuales Cristo llama a la Iglesia a entrar en la historia.
Este discernimiento comienza preguntando no simplemente si una institución cumple sus objetivos estratégicos, sino si estos objetivos permanecen fieles a las personas a quienes ha sido llamada a servir. La Misión siempre precede a la determinación institucional porque el Evangelio siempre comienza con las personas antes que con las estructuras. La vocación educativa de la Iglesia debe medirse, por tanto, no sólo por el éxito institucional, sino, sobre todo, por su capacidad de acompañar a quienes más necesitan esperanza, dignidad, justicia y oportunidades para florecer como humanos.
Esta perspectiva ofrece también una comprensión diferente del significado del liderazgo. El liderazgo católico no puede reducirse a la competencia administrativa, aunque dicha competencia sea indispensable. Es fundamentalmente una vocación eclesial de discernimiento. Los líderes no reciben únicamente la responsabilidad de administrar instituciones, sino de ayudar a las comunidades a reconocer dónde la Misión de Dios ya está desplegándose y cómo la universidad está llamada a participar en ella, con el valor necesario para mirar y abrazar las periferias. Las decisiones institucionales pueden convertirse así en actos de discernimiento antes que en meros actos de gestión.
La espiritualidad ignaciana ofrece un marco particularmente fecundo para comprender esta vocación. El discernimiento no es planificación estratégica ni intuición personal; es la práctica disciplinada de atender a la presencia de Dios en tiempos, lugares y personas concretas. Las instituciones configuradas por esta espiritualidad buscan aprender a evaluar el éxito no solamente mediante resultados medibles, sino mediante una creciente fidelidad al Evangelio y su atención preferencial hacia quienes viven en los márgenes. Esta fidelidad exige una conversión permanente porque las realidades históricas cambian continuamente.
Esta conversión requiere también abrazar la vulnerabilidad. Las universidades contemporáneas suelen experimentar la vulnerabilidad como fragilidad institucional: disminución de matrículas, presiones económicas, polarización cultural o pérdida de confianza de parte de la opinión pública. Sin embargo, la vulnerabilidad puede convertirse también en un espacio teológico privilegiado. La tradición cristiana nos muestra repetidamente que la acción redentora de Dios avanza, no mediante la dominación, sino mediante el amor que se entrega. Las universidades católicas encarnan más auténticamente su vocación cuando se convierten en comunidades capaces de reconocer la vulnerabilidad, acompañar el sufrimiento y cultivar relaciones marcadas por el reconocimiento mutuo, la acogida y la misericordia.

Esta comprensión adquiere una relevancia particular dentro del mundo actual, cada vez más interconectado y, al mismo tiempo, profundamente fragmentado. La descripción que Charles Taylor realiza de la situación pos–secular nos recuerda que la fe religiosa ya no ocupa una posición cultural incuestionable. Esta realidad no debería interpretarse principalmente como una amenaza, sino como una invitación para que las universidades católicas habiten el pluralismo con humildad. Su contribución no consiste en recuperar formas perdidas de influencia cultural, sino en demostrar que la fe y la razón, la teología y la ciencia, la tradición y la innovación permanecen como caminos complementarios en la búsqueda común de la verdad por parte de la humanidad.
Mi propia experiencia en la Amazonía retorna continuamente a esta convicción. Laudato Si’ nos recuerda que los pueblos indígenas conservan una memoria viva de la relación de la humanidad con la creación, mientras que Ad Gentes reconoce que el Espíritu ya está actuando en cada pueblo y cultura mediante las «semillas del Verbo». Estas afirmaciones teológicas desafían a las universidades católicas a superar modelos educativos autorreferenciales o verticales y avanzar hacia relaciones fundamentadas en una auténtica reciprocidad e interculturalidad.
El territorio amazónico, y la experiencia eclesial sinodal que se ha desplegado en él, puede iluminar un principio más amplio y no simplemente constituir un caso excepcional. Todo territorio contiene historias particulares, culturas específicas y formas propias de sabiduría a través de las cuales Cristo continúa revelándose. En consecuencia, la universidad católica cumple su vocación no exportando modelos educativos universales desvinculados de las realidades locales, sino permitiendo que el Evangelio encuentre cada contexto mediante la escucha atenta, el diálogo intercultural y el discernimiento compartido. La Encarnación siempre ocurre en algún lugar, entre pueblos concretos y dentro de historias determinadas.
El futuro de la educación superior
El futuro de la educación superior católica no estará asegurado únicamente por declaraciones de misión más sólidas, planes estratégicos más sofisticados o estructuras administrativas cada vez más eficientes, aunque todos estos elementos continúan siendo necesarios. Considero que su futuro depende de si las universidades católicas continúan comprendiéndose a sí mismas como comunidades eclesiales que participan en la Misión redentora de Cristo que continúa desplegándose en el mundo.
Afirmar que la universidad existe para contribuir a la Misión significa recuperar la intuición teológica desde la cual nació la educación superior católica. La Misión no es una actividad realizada por la universidad; es la razón por la cual ella existe. Las instituciones católicas surgen cuando la Iglesia busca encarnar el Evangelio dentro de circunstancias históricas concretas, respondiendo a personas, culturas y territorios específicos mediante una educación comprendida como obra de Redención y esperanza.
La Tradición Intelectual Católica permanece viva precisamente porque se niega a convertirse en una colección de textos o certezas heredadas. Su vocación consiste en acompañar el discernimiento continuo de la Iglesia sobre cómo la verdad se encarna dentro de realidades históricas cambiantes. Asimismo, la identidad católica no puede reducirse a declaraciones institucionales o a un lenguaje confesional. Se vuelve creíble cuando las universidades crean continuamente las condiciones intelectuales, culturales, pastorales y sociales mediante las cuales la presencia de Cristo puede hacerse nuevamente visible en la historia, reconociendo y abrazando la diversidad.
La pregunta decisiva, por tanto, no es si las universidades católicas poseen una misión ni si conservan una identidad heredada; la pregunta más profunda es si continúan reconociendo a las personas concretas a través de quienes Cristo nos llama hoy como Iglesia y como sociedad, y la vocación específica que tienen, como instituciones educativas, para responder a ellas. Allí donde las universidades permanecen fieles a ese encuentro, la Encarnación continúa, la Tradición Intelectual Católica avanza y la educación superior se convierte en una participación auténtica en la obra redentora de Dios para la vida del mundo.
Para saber más
Concilio Vaticano II. (1965a). Ad Gentes: Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia. En A. Flannery (Ed.), Concilio Vaticano II: Constituciones, decretos, declaraciones. Costello Publishing.
Concilio Vaticano II. (1965b). Nostra Aetate: Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. En A. Flannery (Ed.), Concilio Vaticano II: Constituciones, decretos, declaraciones. Costello Publishing.
Francisco. (2013). Evangelii Gaudium: Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. Libreria Editrice Vaticana.
Francisco. (2015). Laudato Si’: Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común. Libreria Editrice Vaticana.
Francisco. (2020). Fratelli Tutti: Carta encíclica sobre la fraternidad y la amistad social. Libreria Editrice Vaticana.
Heft, J. L. (2021). The future of Catholic higher education: The open circle. Oxford University Press.
Ignacio de Loyola. (1997). Ejercicios espirituales. Mensajero.
Juan Pablo II. (1990). Ex Corde Ecclesiae: Constitución apostólica sobre las universidades católicas. Libreria Editrice Vaticana.
Newman, J. H. (2014). La idea de la universidad. Ediciones Universidad de Navarra. (Trabajo original publicado en 1852–1858).
Taylor, C. (2007). A secular age. Harvard University Press.






