«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
AGOSTO
- Isaías 22, 19–23
- Salmo 137
- Romanos 11, 33–36
- Mateo 16, 13–20
§ Si tomáramos el evangelio de Mateo y lo leyéramos de principio a fin como una novela, este pasaje sería sin duda uno de los más sorprendentes para quien no sabe nada de Jesús. Claro, en los capítulos previos se ha hablado de Jesús de una forma especial, pero decir que es «el Mesías, el Hijo de Dios vivo» no tiene comparación. Es decir que es respuesta a las preguntas más profundas del corazón, liberación de todo dolor y toda esclavitud, cercanía de Aquél que rige toda la existencia, esperanza realizada que nos mira y nos ama con ojos y corazón humanos.
§ A esta declaración le sigue una promesa que tiene el sello de la eternidad. Las palabras de Jesús a Pedro son, a la vez, promesa y misión. En él edificará su Iglesia, la cual perdurará, y en ella los poderes del mal no vencerán. Por ello rezamos en el salmo «tu amor perdura eternamente». Reconocer en Jesús al Mesías nos abre la puerta a la eternidad, que no significa que el tiempo se detenga o que todo permanezca igual.
§ Se nos invita a mirar el futuro con la confianza de que todo está sustentado en esa cercanía de Jesús como Hijo del Dios vivo.
§ La primera lectura nos muestra la otra cara de esta certeza: como Iglesia tenemos un encargo que debemos cumplir, no como dueños, sino como siervos que somos.
El Concilio Vaticano II declara que la luz del mundo es Cristo y la Iglesia quiere ser un reflejo de esa luz. Si como cristianos queremos ser fieles a nuestro llamado, debemos estar firmemente sustentados en Él, mirar su luz y dejarnos deslumbrar por su presencia, sólo así podremos convertirnos en pálido reflejo para el mundo.







