Mi vida ha estado muy influenciada por la educación y el deporte; siempre han ido un poco de la mano. Me he formado en colegios jesuitas toda la vida: estuve en el Instituto de Ciencias y después estudié la licenciatura en Periodismo en el ITESO; luego me aventé la carrera de entrenador en la Federación Mexicana de Fútbol y la especialidad que recién lanzó el Departamento de Psicología del ITESO sobre Deporte para el Bienestar y Desarrollo. A la par, nací y crecí con el futbol en casa.
Soy el mayor de tres hermanos, todos muy futboleros, y crecimos con esa pasión arraigada en nosotros: es parte de nuestra identidad y nuestras prácticas. Con el paso del tiempo también se volvió también una inquietud y un llamado a mi quehacer profesional.
A los 17 años, cuando era alumno del Instituto de Ciencias, el que era en ese entonces el director de deportes me dijo: «Oye, ¿por qué no te vienes de entrenador auxiliar con los chicos de preescolar y primaria?». Eso fue un detonante en mi vida porque me di cuenta de que no sólo disfrutaba el deporte como participante, sino también como acompañante. Ahí estuve como tres años y medio, y después, junto a uno de mis mejores amigos y socio, decidimos fundar una academia de futbol que recién acaba de cumplir diez años: Hormigas Academia de Futbol.
Fundamos Hormigas en 2015. Teníamos como tres o cuatro años acompañando chicos y chicas en su desarrollo deportivo, y nos percatamos de que, con la experiencia que habíamos reunido, podíamos ser más ambiciosos en cuanto a los alcances de la formación deportiva. Recuerdo que teníamos aproximadamente un año con la inquietud de fundar nuestro propio espacio de formación y acompañamiento, pues en ese entonces ya discutíamos sobre la filosofía detrás de generar una comunidad deportiva junto con las familias, de garantizar la participación de todos los niños y niñas en entrenamientos y partidos.
Hablábamos también de tener actividades colaborativas con organizaciones, con asociaciones que pudieran tener impacto social para profundizar esa mirada y entender que, al final, el deporte es un lenguaje potente para entrar en contacto con diversas realidades y aprender mutuamente. Las llamábamos «actividades colaborativas» porque no las sentíamos como un servicio social, sino como una retroalimentación mutua. En ese momento pensábamos en introducir una metodología de entrenamiento específica, que constituyera la base del deporte y resaltara la importancia del juego en la infancia. Sin embargo, muy pronto nos dimos cuenta de que el juego es el mejor medio para enseñar, sobre todo a niños y niñas. Por ello, un entrenamiento debía ser divertido, pero también contar con objetivos específicos y con contenidos técnicos y físicos que pudieran aprenderse de manera adecuada.

A partir de estas dinámicas nos lanzamos, y la verdad es que fue muy bonito porque implicó hacernos cargo de todo. En un inicio éramos los que cobraban, los que entrenaban, los que compraban el material; también hacíamos de médicos cuando algo sucedía y nos metíamos al tema de los seguros. Aprendimos un montón de cosas, fue nuestro primer laboratorio.
Con muchísima pasión se fue creando una comunidad maravillosa de papás y mamás que creyó en nosotros y en el proyecto. Ellos también fueron dándole forma y cuerpo a Hormigas, porque desde el principio supimos que su éxito dependía de que la gente se involucrara. La idea fundamental de la academia era construir comunidad a partir de la formación deportiva, pero con una visión más amplia sobre lo que significa el deporte para la sociedad y sobre cómo podía generar lazos de comunicación y colaboración con otras iniciativas sociales. Desde el origen nos dimos cuenta de que trabajar en el ámbito del acompañamiento y la formación también implicaba una responsabilidad con la ciudad, con la ciudadanía y con el contexto en el que nos desenvolvemos. Entonces entendimos que el deporte podía abrir escenarios que complementaran ese aprendizaje.
Tuvimos colaboraciones con Crece, donde compartimos juegos y refrigerios; también nos visitó un albergue llamado Mayama, y tuvimos la fortuna de colaborar con la Escuela para Niños Ciegos de Las Águilas. Al final, la línea que seguimos mi socio Javier y yo es la misma con la que crecimos: una perspectiva marcada por la filosofía jesuita.
Yo creo que lo más bonito de ser entrenador es que poco a poco le vas imprimiendo tu propio toque y encuentras, en tu manera de acompañar, una conexión con las alumnas y los alumnos. También adviertes qué funciona y qué no.
Espacios de reflexión y silencio
Hay una teoría que me marcó mucho: la teoría de la autodeterminación, que habla de las necesidades psicológicas básicas del ser humano. Plantea que existen tres necesidades fundamentales. La primera es la autonomía, es decir, la capacidad de tomar decisiones y encontrar tu propio rumbo. La segunda es la competencia: sentirte capaz, eficiente. Y la tercera es la pertenencia, que tiene que ver con formar parte de una comunidad. Yo creo que el deporte toca esas tres dimensiones y, cuando eres consciente de ello, entiendes que muchas personas necesitan integrarse para vivir ese proceso.
Yo he incorporado a mi vida cotidiana los espacios de reflexión y silencio. La reflexión se ha vuelto algo fundamental para cuestionarme hacia dónde va la cosa. La pedagogía ignaciana propone un paradigma en el que hay una evaluación constante, seguida de acción y reflexión posterior, y eso lo tengo presente todo el tiempo. Hay momentos en los que incluso dialogo en voz alta conmigo mismo para escucharme, sobre todo cuando estoy estresado. Desde nuestro campo, tengo el compromiso de aportar, construir y buscar caminos que ayuden a crear algo mejor. Así encuentro sentido en estos espacios: son lugares donde se siembran cosas que transforman y donde también surge el aprendizaje y la construcción mutua.
Una responsabilidad hacia la ciudad
Una de las primeras problemáticas que nos hizo tardarnos en arrancar fue encontrar una cancha cuya renta nos permitiera empezar poco a poco. Comenzamos en una sede distinta a la actual y, desde entonces, hemos pasado por cuatro mudanzas. También ha sido una respuesta a cómo los espacios deportivos, tristemente, han ido desapareciendo con el crecimiento de la ciudad para convertirse en desarrollos inmobiliarios. Al final el deporte se ha convertido en una gran industria. Pero más que pelearme con eso, me gusta separar las cosas pensando que el deporte le pertenece a la gente, no a los organismos ni a las federaciones. Sí creo que hay una responsabilidad abandonada por parte del sector público, que en ciertos espacios ha mejorado, pero que todavía es esclavo de los resultados deportivos, los cuales no necesariamente se traducen en bienestar y desarrollo.
Hay una frase que me ha acompañado mucho y que resume buena parte de cómo entiendo todo esto: «Construye como si fueras a vivir eternamente, pero vive como si fueras a morir mañana». Creo que esa idea tiene mucho que ver con lo que hacemos día a día, con la responsabilidad de sembrar algo que permanezca, pero también con vivir el presente con sentido y compromiso.
Por último, agradezco muchísimo haber tenido una vida acompañada por los jesuitas, porque más allá de las prácticas y rituales concretos, crecí viendo el mundo desde la pregunta, el cuestionamiento y la comprensión de mi propio rol y responsabilidad frente a todo lo que tengo alrededor. Además, fue en un entorno lleno de amor, comprensión y escucha en el que aprendí que hay que mantenerse en la esperanza, porque la única lucha que realmente se pierde es la que se abandona. A mí eso me alienta: pensar que lo que hacemos todos los días tiene sentido.






