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Espiritualidad del encuentro

La migración parece ser un fenómeno imparable en el mundo. El movimiento de las personas que abandonan sus lugares de origen buscando salvaguardar su integridad y la propia vida va cada vez en aumento. Los distintos conflictos sociales, políticos, económicos e incluso ambientales obligan a miles de personas al año a emprender un éxodo hacia lo desconocido que los coloca en situaciones de riesgo y de vulnerabilidad extrema.

Sumado a la crudeza inherente de la migración forzada se encuentran las actitudes de hostilidad, rechazo y estigmatización por parte de la sociedad, además de la negación, en muchas ocasiones, de los derechos humanos fundamentales de los migrantes.

Ante esta situación humana que se nos coloca de frente, los cristianos no podemos voltear el rostro o simplemente minimizar el sufrimiento de tantos hermanos nuestros. Quienes tenemos fe en el Evangelio estamos llamados a contemplar esta realidad con la mirada de Dios, para lo cual se requiere una espiritualidad totalmente encarnada, con ojos abiertos y con deseos de aliviar, aunque sea en pequeña medida, el dolor de tantos hombres y mujeres. El llamado a la hospitalidad es claro, sin embargo, esta acción y actitud evangélica es una asignatura que necesitamos seguir cursando, pues el corazón humano aún sigue cerrando las puertas a estos peregrinos que piden posada.

Ciertamente, no es fácil para quienes radicamos en nuestro país de origen el encuentro con personas, culturas, lenguajes, religiosidades, historias, valores y modos de pensar diferentes a los nuestros. Todo encuentro con alguien más supone un nuevo reto y exige poner en cuestión aquello en lo que siempre hemos creído, pero esto constituye una oportunidad para reconfigurarnos y crecer en todas las dimensiones humanas.

Al mirar teológica y espiritualmente a la migración podemos descubrir que ofrece una posibilidad para comprendernos, como humanos y cristianos, de un modo menos individualista y más eclesial o comunitario. Ésta es la intención de profundizar un poco más en el tipo de espiritualidad más apropiada para estos tiempos, y parece ineludible que necesita contemplar la manera como nos encontramos con el otro y tejemos nuestro campo de relaciones.

Foto: © Servicio Jesuita a Refugiados México

Espiritualidad del encuentro

En América Latina tenemos ya una larga tradición en la comprensión de la espiritualidad como compromiso con la realidad. El proceso de conversión y de configuración de la identidad cristiana pasa necesariamente por el encuentro con la realidad profunda que se vive y por el acercamiento al dolor humano.

«Una experiencia espiritual significa un encuentro con un rostro nuevo y desafiante de Dios. Dios mismo sale al encuentro del hombre a través de la historia. Es en ella donde tiene su origen la experiencia espiritual».

«Abordo esta situación en Espiritualidad del encuentro como un elemento integrante en la construcción de la reconciliación hoy. Una propuesta para víctimas del desplazamiento forzado en Colombia, trabajo que realicé en la Pontificia Universidad Javeriana para obtener el título de Teólogo en 2017. Me permito recuperar algunos fragmentos para presentarlos en este texto».

No se puede ser cristiano sin detenernos ante quienes piden ayuda, sin contemplar sus heridas para sanarlas, al modo de Jesús. La fe auténtica lanza al cristiano hacia las raíces profundas de su entorno, hacia las heridas abiertas de la sociedad para, desde ahí, brindar el agua fresca del amor solidario y la esperanza en la justicia.

Una experiencia espiritual significa un encuentro con un rostro nuevo y desafiante de Dios. Dios mismo sale al encuentro del hombre a través de la historia. Es en ella donde tiene su origen la experiencia espiritual. El encuentro profundo con el otro es a su vez encuentro con Dios, y a esto podemos llamar experiencia espiritual. De esta manera Dios irrumpe nuestras vidas, dándoles un nuevo sentido, llenándolo de esperanza y brindando nuevas posibilidades de futuro para el hombre. Esta espiritualidad abre caminos para la restauración de aquellas víctimas de desplazamiento forzado, cuyo momento histórico demanda a los cristianos tocar las venas personales, sociales y políticas de estos hermanos nuestros.

La Trinidad como modelo de hospitalidad

A la luz de nuestra fe en un Dios Trinidad podemos encontrar que Dios mismo es comunidad, es comunicación, es relación. El Padre derrama su amor sobre el Hijo, el Hijo acoge ese amor y responde amando. El fruto de ese intercambio amoroso es el Espíritu Santo que se derrama sobre todas sus criaturas. De esta manera el Padre es donación, el Hijo es recepción y el Espíritu Santo es el amor que resulta de esta danza amorosa.

El ser humano, al ser creado a imagen y semejanza de Dios, y al ser hijo de Dios, está llamado a existir del mismo modo que existe Dios; es decir, de manera relacional, ser donación, entrega y acogida para que brote el dinamismo del amor. Nuestra identidad de hijos de Dios nos convierte en personas de donación y de acogida amorosa. No podemos pensarnos desde la hostilidad, el rechazo y el juicio, sino desde la hospitalidad, la acogida y el rescate de los migrantes de este mundo. Solamente así estaremos participando del modo de ser de Dios.

En la Trinidad el Espíritu Santo es comunicación del amor de Dios, comunicación que se concreta en la apertura de nuestro corazón para acoger a quienes necesitan un refugio o a quienes peregrinan en busca de la vida. Ante los migrantes y desplazados nos corresponde, como el Padre, entregarnos generosamente; como el Hijo, ser receptáculo para dar cabida al otro y, al modo del Espíritu Santo, ser comunicadores de una nueva vida en posibilidades concretas.

El encuentro como búsqueda de la verdad

Resulta necesario reconocer que cuando hablamos de migrantes o desplazados pensamos en una categoría muy amplia que engloba a tal cantidad de personas; los imaginamos a manera de multitud, de tal forma que corremos el riesgo de despersonalizarlos. Pero es pertinente recordar que cada migrante tiene una historia propia de dolor, miedo, amenaza, angustia, frustración o indignación que lo ha impulsado a ponerse en marcha. Sin un encuentro genuino con estas personas no se dejará de ser un extranjero que hace turismo en las fronteras del dolor humano, pero sin involucrarse vívidamente.

Para que la hospitalidad sea auténtica necesitamos conocer la verdad de cada persona, el mal que ha sufrido, aquello que ha abandonado, las injusticias que ha enfrentado, sus deseos e ilusiones, etc. De esta manera se puede actuar como resultado de una misericordia real. Cuando ocurre la conexión afectiva de los corazones, entonces accedemos a la verdad histórica de la persona en otro plano de profundidad y podemos acogerlo compasivamente. Pero, complementariamente, es la misma actitud y deseo de ser hospitalario la que posibilita un punto de encuentro entre la verdad y la misericordia.

Foto: © Servicio Jesuita a Refugiados México

La espiritualidad del encuentro propone que, tanto los migrantes como quienes acogen, se encuentren con su verdad más radical, la cual consiste en que la divinidad mora en ellos, que su situación de migrantes no los define, que su historia de dolor no tiene la última palabra, sino que son seres capaces de recomenzar, renovarse, renacer, de vivir dignamente, pues Dios mismo radica en ellos. Esa verdad honda y radical es la que nos anima a acoger al otro amorosamente, libres de los prejuicios que nublan el flujo del amor fraterno.

El encuentro como creación de comunidad

Perderemos la batalla si nos negamos a aceptar que nuestras sociedades se están reconfigurando. Cada día, el calificativo de «extranjero» va perdiendo fuerza y sentido, pues ahora nos dirigimos a pensar más en que somos habitantes del mundo. Y aunque exista el deseo de remarcar las fronteras, la realidad se impone y nos demuestra que no existen sociedades puras, que cada vez es más importante aprender a convivir con quienes provienen de culturas y costumbres diferentes.

Una de las maneras más evidentes de ejercer la hospitalidad consiste en la integración social de quienes migran, y mejor aún, en incorporarlos a una comunidad. Esto significa ofrecerles la posibilidad de crear nuevos vínculos, nuevas relaciones de confianza para que puedan superar su condición de vulnerabilidad extrema. La comunidad incluye la aceptación de cada miembro sin exclusión alguna, la valoración de su identidad y la atención especial a quienes necesitan mayor apoyo. Éstos son signos claros de hospitalidad, que únicamente se podrá conseguir cuando nos animemos a mirar el rostro de nuestros hermanos e incluyamos sus nombres en la lista de quienes se hallan en nuestros corazones.

La comunidad facilita la vivencia de la espiritualidad del encuentro al ponernos frente a otras personas que son distintas a nosotros, o que quizá han padecido dolores similares a los nuestros. Es de conocimiento popular que las dificultades y los dolores son más llevaderos cuando se comparten con otros, pero, además de esto, la comunidad tiene la capacidad de transmutar el dolor en gozo, el gozo de la hermandad, de configurar un cuerpo que anima, motiva, soporta y moviliza la vida entera. Incorporarse en el dinamismo comunitario es vivir ya la propia humanidad en su expresión más divina, pues es adentrarse en el modelo trinitario. La comunidad humana al estilo trinitario es ya el Reino de Dios en la Tierra. Es la vivencia de la hospitalidad en su sentido más amplio y profundo. La comunidad acoge a todos y los vuelve un solo cuerpo, un mismo espíritu.

Ante esta pérdida de sentido el proceso de encuentro se relaciona con el tejido de la propia historia, es decir, la elaboración de una narrativa que rescate el pasado a pesar del dolor, para retomar las fortalezas de su identidad, los aprendizajes y sus valores originarios. Los migrantes también han de desarrollar una actitud hospitalaria para con su propia historia, de manera que acepten en su corazón aquello que duele y puedan mirar el paso de Dios en medio de las dificultades. La sociedad o la comunidad receptora puede ayudar a este proceso desde el respeto y la valoración de lo diferente de manera que refuerce el amor por la identidad de la otra persona con honestidad y calidez.

Sin la vivencia de una espiritualidad encarnada será muy difícil que las personas puedan darle un sentido nuevo y provechoso a su existencia, pues sólo desde la luz interior de cada persona se pueden trascender las pérdidas y transformarlas en vida y en amor fecundo. Únicamente desde la lógica de Dios se puede transitar de una situación de muerte a una vida nueva. Por esta razón, crear condiciones para la hospitalidad resulta ser una tarea que forjará los cimientos para la creación de un modo diferente y enriquecido de ser humanidad, en el que receptores y recibidos proyecten un futuro de manera realista pero esperanzada.

Se puede decir que el encuentro con el sentido de vida es el encuentro con el Dios de la vida, que es capaz de vencer cualquier situación adversa e incluso de muerte, pues, como se palpa en la pascua de Jesús, siempre después de la cruz viene la resurrección con toda su fuerza glorificadora.

La hospitalidad: punto de llegada y punto de partida

La espiritualidad del encuentro coloca las bases para la comprensión de un ser humano en sus posibilidades más elevadas, en el sentido de que manifiesta la divinidad que ya posee y que está llamado a desplegar con toda su fuerza de transformación. El camino de la hospitalidad apuesta por la grandeza de la humanidad, grandeza venida de Dios que es amor y que ha colocado el amor como centro de la identidad humana más radical.

Tener un corazón hospitalario implica un camino de conocimiento espiritual y profundo de nosotros mismos, de Dios y de los otros, pero a su vez el corazón que acoge se compromete, como el buen samaritano, con aquellos que traen abiertas las heridas o que caminan con la esperanza de vivir.

El encuentro hospitalario con el hermano permite reconocer en ellos la dignidad que hombres y mujeres poseen por su identidad de hijos e hijas de Dios: resignifica sus dolores, les renueva el sentido de vida, los hermana con otros formando comunidad y los impulsa a ser agentes para la creación del reino de fraternidad, justicia y paz. 

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