Entre desesperanzas y esperanzas: una mirada a los jóvenes

Todo el mundo percibe, en el ambiente, un incomprensible apocalipsis inminente; y, por todas partes, esta voz que corre: los bárbaros están llegando. Veo mentes refinadas escrutar la llegada de la invasión con los ojos clavados en el horizonte de la televisión. Profesores competentes, desde sus cátedras, miden en los silencios de sus alumnos las ruinas que ha dejado a su paso una horda a la que, de hecho, nadie ha logrado, sin embargo, ver.
Alessandro Baricco (2006)

Hace exactamente veinte años Alessandro Baricco colocaba estas palabras al iniciar su texto Los náufragos. Ensayo sobre la mutación. Con ello quería dar cuenta de la tensión en que se mueven las generaciones, en la que «los viejos se resisten a la invasión de los más jóvenes [y] el poder constituido defiende sus posiciones». Al mismo tiempo, al caracterizar a las nuevas generaciones lo hace con la imagen del bárbaro y el náufrago; comenta que los bárbaros trabajan con esquirlas del pasado, a diferencia de las generaciones adultas que buscan el pasado como un tesoro sepultado al que hay que rescatar. No está en la identidad del bárbaro profundizar al estilo de los estudiantes del siglo pasado, sino surfear, construyendo experiencias de vida a partir de momentos densos que son impermanentes, justamente como la emoción de surfear y alcanzar la cresta de la ola para impulsarse a ir más allá. ¿Tiene algo que ver esta narración con los jóvenes actuales? Vayamos por partes.

Experiencias aparentemente descomplejizadas

La manera de construir conocimientos a partir de experiencias aparentemente descomplejizadas es diametralmente opuesta a la de los adultos nacidos durante la segunda mitad del siglo XX. Las experiencias son vivencias que en el mundo juvenil se recrean continuamente debido a la volatilidad de los datos que ofrecen las redes sociodigitales, o a las relaciones establecidas en las que el horizonte se perfila como reestructurable «si las cosas no funcionan».

Las condiciones en las que se desarrollan las generaciones actuales se han diversificado y, al mismo tiempo, los metarrelatos carecen de sentido ante la precariedad de las posibilidades de construir la propia vida. La violencia en sus distintas expresiones, la pobreza, la dificultad para concretar los deseos y la posibilidad de que los compromisos no garanticen permanencia se han convertido en signo de nuestro tiempo. La forma como las generaciones jóvenes en esta primera parte del siglo XXI tratan de habérselas con la vida implica mayores dificultades, pues se han desdibujado las perspectivas. Se suele decir que no hay sentido o que se está en crisis. Se trata de un diagnóstico en buena medida superficial, porque los valores continúan estando presentes en los jóvenes; pero, a diferencia del mundo de los adultos, se han invertido. Así, valores como el amor, la esperanza y la solidaridad que se suelen ubicar en la escala ideal más alta se ubican en niveles intermedios, dejando lugar a la vida, la supervivencia y la generación de recursos para vivir.

Más que hablar de crisis de valores de modo generalizado, se puede señalar que lo que se encuentra en dificultades es el modelo «oficial» de una manera de organizar y entender los valores. Así, a la base de la construcción del conocimiento las generaciones jóvenes consideran que la sobrevivencia es el valor más importante cuando ésta se ve amenazada de múltiples formas. El amor, la solidaridad o la justicia ya no ocupan un lugar preeminente; si bien conservan su valor, parecen subsistir más como anhelos de un mundo que luce agotado. La sobrevivencia va unida al placer y a la contemplación estética que ya no se sostiene en la búsqueda de la armonía o el equilibrio, sino en la disonancia, la ruptura o la búsqueda de experiencias límite, entre las que existe una gama enorme: desde las que exaltan las búsquedas espirituales para abrirse a la dimensión mística de la existencia con sustancias que alteran los estados de conciencia, hasta las que se sitúan en el extremo de la violencia al adscribirse al crimen organizado. En medio aparecen muchas experiencias que son aparentemente descomplejizadas porque se viven por instantes sin pretensión de que permanezcan. Sin embargo, adquieren un valor mayor al absolutizar los instantes para evitar mirarlos como fugaces.

La fugacidad de las experiencias juveniles se percibe en muchos lugares, pero baste señalar aquí dos de ellos: los hábitos de estudio y las preferencias musicales. Los hábitos de estudio con sus diversos métodos de aprendizaje han dejado lugar al uso de la inteligencia artificial; «copiar y pegar» ha dejado de ser relevante para ahora preparar prompts que —dependiendo de su complejidad y precisión— realicen los trabajos en segundos. Esta práctica es una expresión del ejercicio de surfear —que ya señalaba Baricco—, es decir, de no ir a profundidad y buscar en la superficie apenas las esquirlas del pasado, porque lo que importa para muchos es el momento actual. El otro lugar donde se percibe la fugacidad de las experiencias vitales es en el ámbito musical. Los gustos musicales de los jóvenes se han decantado por una mezcla sin precedentes, en la que la fusión de géneros y la ausencia de prejuicios son la norma. Así va ganando lugar la música regional mexicana, con corridos tumbados, y el reguetón mexicano. Se deja de lado la poesía y la emoción estética que se basa en la captación de la armonía para mezclar la esencia narrativa del corrido tradicional con influencias del trap y el hip–hop, creando un sonido «callejero» y letras directas que conectan con la realidad juvenil. En algunos casos se expresa la melancolía y el deseo frustrado por alcanzar otros horizontes. Expresiones de esta tendencia se hallan en Bad Bunny, Anuel AA o Arcángel. Un ejemplo de esto es la melodía «Debí tirar más fotos», de Bad Bunny, que salió a la luz en 2025. El inicio señala la nostalgia del que recuerda a los que han migrado:

Otro sunset bonito que veo en San Juan

Disfrutando de toda’ esas cosas que extrañan los que se van

Disfrutando de noches de ésas que ya no se dan

Que ya no se dan.

Al mismo tiempo se evocan las figuras familiares y los momentos simples representados por el juego, que son el pretexto para conversaciones más profundas, como la ruptura amorosa:

Ey, hoy vo’a estar con abuelo to’ el día jugando dominó

Si me pregunta si aún pienso en ti, yo le’ digo que no


Que mi estadía cerquita de ti ya se terminó

Ya se terminó.

Foto: © Titi Maciel Pérez, Cathopic

Se trata de cuestiones fugaces que inmediatamente dan lugar a otras experiencias estéticas, generadoras de placeres sensibles capaces de olvidar la nostalgia o al menos arrinconarla por un rato. El giro es brutal, pues ahora a la nostalgia se opone la fiesta representada por las bocinas que deben encenderse, el regreso al barrio fiestero —Santurce— donde la música no es fría ni comercial sino que da caña. Disfrutar es el eje:

Ey, que prendan las máquinas, voy pa’ Santurce


Aquí todavía se da caña, chequéate a las babies


Diablo’, mami, qué dulce

Hoy yo quiero beber, beber, beber


Y hablar mierda hasta que me expulsen.

La estrofa termina apostando por hablar lo que sea, decir tonterías, echar relajo, disfrutar con los amigos. La melodía continúa señalando la apuesta central: vivir la fiesta sin límites, sin frenos, sin filtros y con la conciencia plena de que la vida es un instante:

’Toy bien loco (’toy bien loco), ’toy bien loco (’toy bien loco)


Cabrón, guía tú, que hasta caminando yo estoy que choco


’Toy bien loco (’toy bien loco), ’toy bien loco (’toy bien loco)


Vamo’ a disfrutar, que nunca se sabe si nos queda poco.

Se trata de una apuesta por un nuevo sentido, pues «estar loco» no es una condición de salud, sino estar desinhibido, fuera de las normas sociales y dispuesto a pasarla bien sin importar el qué dirán. La frase «Vamo’ a disfrutar, que nunca se sabe si nos queda poco» se convierte en una declaración de principios probablemente vinculada a la experiencia de la pandemia, de las pérdidas personales y de la conciencia de lo efímero de la vida.

Como puede observarse, detrás del ritmo pegajoso de la melodía y de su aparente dificultad para entender una pronunciación que parece arrastrar las palabras, se trata de experiencias complejas que se enmascaran como aparentemente descomplejizadas. De modo que parece ser que detrás del lenguaje, de las expresiones, de los sonidos musicales o de la aparente superficialidad que se diría que vive el bárbaro surfista —recordando a Baricco—, las generaciones jóvenes han encontrado una manera de expresar su posición ante el mundo, su crítica social y los valores en los que creen cuando observan que el mundo de los adultos, el de los metarrelatos, se cae a pedazos. Parece entonces importante preguntarnos ¿qué hay a la base de estas experiencias de la vida que plantean cuestiones ordinarias, pero que en realidad hablan de la vida en situaciones límite, de las pérdidas, de las aspiraciones, de la nostalgia por lo que se ha ido, pero que no se desea que regrese del mismo modo que está todavía en el mundo de los adultos?

¿Nuevos horizontes de sentido? Más allá de la desesperanza

Desde la experiencia del mundo organizado y ordenado por las generaciones adultas, las experiencias descritas previamente representan rupturas difíciles de asimilar. Se prefiere la seguridad del horizonte de sentido ya probado y representado por arquetipos como la educación formal, la búsqueda de una profesión, la colocación en un trabajo estable, la vida de pareja, el matrimonio —aunque luego puedan divorciarse—, las reuniones familiares y la convivencia estable con un grupo de amigos que se eligen desde etapas tempranas de la vida.

Cuando se analiza la situación juvenil desde estos parámetros se vuelve realidad lo que señalé con el epígrafe tomado de la obra de Alessandro Baricco: «Todo el mundo percibe, en el ambiente, un incomprensible apocalipsis inminente; y, por todas partes, esta voz que corre: los bárbaros están llegando». Es el primado de la desesperanza porque aparentemente no hay horizonte, pues el sentido se ha perdido.

Desde ahí el otro —el joven— se vuelve el bárbaro al que hay que conducir a la civilización, al que hay que educar para que aprenda, para que sea moldeado por la cultura. Se trata de una noción educativa que trata de controlar desde fuera para evitar rupturas, conflictos y reproducir el modo de vida que las generaciones mayores consideran válido. Sin embargo, olvidan que educar implica educir, es decir, sacar desde dentro de las generaciones jóvenes los nuevos horizontes de sentido.

Aceptar que el punto de encuentro entre las generaciones no es ya la cultura de los adultos, sino las experiencias de vida aparentemente descomplejizadas de los jóvenes, es apostar por educir como forma de comprendernos. Algunas características de este modo de educar implican moverse en la inseguridad, en los lenguajes débiles, en la construcción de andamiajes, entre puntos de vista provisionales. Las mismas palabras pueden tener significados distintos entre las generaciones, por lo que el lenguaje adquiere una cierta carga de equivocidad con la que hay que lidiar. Buscar los puntos de encuentro implica situarse en la perspectiva del diálogo que recrea nuevas formas de conocimiento.

El sentido de la vida —en oposición a las teorías que señalan que ya existe y hay que descubrirlo— en las generaciones jóvenes se encuentra en tensión y fluctúa entre las posturas nihilistas y las construccionistas. Por este camino algo se puede lograr, pero siempre estará el fantasma de que se habla del sentido último de toda la vida. No parece el mejor camino para las generaciones jóvenes que cuestionan la uniformidad y las respuestas cerradas. Tal vez un punto de encuentro estaría en dialogar sobre el sentido en la vida. Es un cambio de matiz, más terrenal y práctico, como el surfear, aunque —siguiendo con esta imagen— con la complejidad de moverse entre el agua, es decir, en medio de posiciones cambiantes.

Nuevamente traigo a Bad Bunny para mostrar cómo en la música que escuchan algunos jóvenes de esta generación transita a hablar del sentido en la vida, dejando para otro momento la preocupación adulta del sentido de la vida. En esta forma de diálogo se deja la preocupación por la dureza de la argumentación, para situarse en la fragilidad de la descripción de las situaciones de la vida que dejan huella. La canción «Baile inolvidable» del mismo álbum Debí tirar más fotos, de 2025, mezcla nostalgia, desamor y reflexión sobre las situaciones de la vida.

Más allá del lenguaje políticamente incorrecto que se advierte en algunas expresiones, la melodía narra la experiencia vivida al reconocer cuatro elementos que complejizan la experiencia vital cuando se entrelazan: la ruptura afectiva emocional, la constatación de la responsabilidad personal, la percepción de la fragilidad de la vida que se va y el reconocimiento de la pérdida. Las estrofas siguientes así parecen señalarlo:

Pensaba que contigo iba a envejecer

En otra vida, en otro mundo podrá ser

En esta sólo queda irme un día

Y solamente verte en el atardecer


Si me ven solo y triste, no me hablen

Si me ven solo y triste, soy culpable


La vida es una fiesta que un día termina

Y fuiste tú mi baile inolvidable

Y fuiste tú mi baile inolvidable.

En los procesos de investigación que están detrás de este texto los jóvenes señalan que la esperanza aparece cuando el diálogo ocurre desde las historias cotidianas. La teoría o los mensajes morales que buscan modelar el modo de actuar no parecen ser el mejor camino para el encuentro con el mundo de los adultos. Si bien hay rasgos que pueden plantear la desesperanza, cuando logran contactar con sus preocupaciones vitales y las nombran pueden explorar distintas respuestas.

La historia de LD, una joven que habla sobre su propia fe, nos ayudará a mostrar cómo la esperanza aparece vestida de las esquirlas del pasado sin llegar al apocalipsis del que habla Baricco.

LD inicia su relato: «Hay algo raro en darte cuenta de que la fe no siempre es un lugar seguro. A veces es justo donde empiezan las dudas. Desde fuera, muchas teorías separan la religión como estructura y la espiritualidad como experiencia personal, pero en la vida real esa división no es tan clara. Más bien aparece cuando lo que heredaste deja de hacer sentido con lo que estás viviendo».

Detrás de esta expresión está el esquema planteado: se habla del sentido en la vida de fe, dejándose de lado —no porque se desconozca su valor o los planteamientos teóricos—, al mismo tiempo, la ruptura al señalar que ésta aparece «cuando lo que heredaste deja de hacer sentido con lo que estás viviendo». Dar nombre a esta situación permite empezar a buscar explicaciones; «una identidad espiritual auténtica no se construye evitando ese choque, sino entrando en él, aunque incomode», aunque sea dolorosa. «Cuando se pasa por una crítica más racional o por experiencias de incongruencia, ya no es posible creer de manera ingenua». La historia de LD llega a un punto intermedio analógico al caer en cuenta de que

Una identidad espiritual auténtica no se construye encontrando una respuesta definitiva ni eligiendo entre lo heredado y lo nuevo. Se construye atravesando esa tensión, reconociendo que ambos lados tienen límites y que ninguno resuelve todo. Más que llegar a una certeza, lo que se forma es una manera de estar en la duda, de interpretar lo que se vive sin depender completamente de una estructura externa, pero tampoco sin negar lo que viene de la historia propia. Tal vez ahí está lo más profundo de todo esto: entender que la identidad espiritual no es un punto de llegada, sino una práctica. Algo que se construye en la forma en la que se interpreta la vida, en cómo se convive con los demás y en cómo se sostienen las preguntas que no tienen una respuesta clara. Y, en ese sentido, más que resolver el conflicto entre la fe heredada y la experiencia personal, lo que se logra es sostener esa tensión sin necesidad de forzar una respuesta definitiva, aceptando que no todo tiene que estar completamente resuelto para poder tener sentido.

Con lo escrito quiero mostrar que el eje para movernos en esperanza en el mundo juvenil implica ir a sus relatos, a sus conceptos débiles y a sus búsquedas. Acompañar no ocurre desde las posiciones duras, sino desde la escucha que implica mirar a los ojos.

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