¿Qué hacer frente al mal?
«Si Dios y el hombre son inocentes según el relato bíblico del Génesis, el verdadero primer problema de la responsabilidad puede plantearse de este modo: ¿cómo obrar ante el mal? ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo salir de él?», se pregunta Adolphe Gesché, en El mal. Dios para pensar I. Para si quiera intentar responder a la pregunta, es necesario redondear uno de los argumentos principales de Gesché en el libro: el mal no es una cuestión de culpabilidad, o por lo menos no principalmente. No únicamente en el ámbito del origen, que ya vimos que el primer culpable no es ni el ser humano ni Dios, sino también en cuanto al combate frente al mal.
El culpabilismo, como lo nombra el autor, ha sido una de las peores desviaciones que ha vivido el cristianismo en toda su historia. De alguna manera se está refiriendo a un aspecto del moralismo en el que ha caído la Iglesia, en ocasiones más preocupada por el uso de anticonceptivos y por dictaminar quienes se pueden casar. Pero el culpabilismo es todavía más específico. Se refiere a la patología de reducir el tema del mal a un asunto de culpa. Si la culpa fuera el mejor camino para detonar la acción frente al mal, no nos atreveríamos a decir nada. Pero ¿es realmente la culpabilidad la mejor vía para enfrentarnos al mal? La respuesta de Gesché es que no. La culpabilidad inmediata no conduce a la verdadera responsabilidad. Más aún, «uno es responsable precisamente por no ser culpable».
El culpable, como lo vimos, es el Demonio: «El mal no es de este mundo; ha entrado en él; ha venido de fuera». Partiendo de aquí, revisemos un poco la actitud de Jesús frente al mal. Parece que «el evangelio se interesa mucho menos por el culpable que por la víctima». Jesús va directamente a sanar, consolar y acompañar, sin importarle tanto si son o no culpables. No desconoce el pecado, sabe quiénes son las personas y sabe quiénes son víctimas y quienes perpetradores, o incluso quienes han cometido acciones que en mero sentido material explicarían sus padecimientos. Con todo, Jesús se preocupa sobre todo y en primer lugar por aliviar el sufrimiento, por recuperar lo que ha sido perdido. Esto es parte de la «lógica desconcertante del evangelio», dice Gesché. Recordemos que incluso Jesús en la cruz -y luego Esteban, el primer mártir, a punto de morir apedreado-, le pide a Dios que no les tome en cuenta su pecado a sus ejecutores.
Para Jesús, «es más urgente la ayuda a las víctimas que la denuncia de los culpables». A lo cual se suma un grado más a esta «lógica desconcertante del evangelio»: «para el cristianismo, en el tema de la tentación, el mismo culpable es una víctima». Si el mal no es algo propio del ser humano, sino que viene de fuera, le es impuesto a través de una seducción, entonces el culpable fue antes una víctima del mal. En el cristianismo tanto la víctima como el culpable han de convertir su corazón, de otra manera no podrán ser salvados, el segundo del mal que cometió y los efectos que tendrá en su vida, y la primera de la tentación a la cuál está expuesta toda víctima: hacer justicia con su propia mano, a vengarse, en otras palabras, a perpetuar el mal y continuar con la cadena, con el efecto dominó que ya vimos que se llama pecado original. «La víctima como el culpable, el culpable como la víctima, necesitan la salvación. En este plano no hay ninguna diferencia, sino sólo prioridades prácticas y de acción».
No se trata, dice Gesché, de minimizar la culpabilidad ni de excusar a los culpables, o de prohibir la justa denuncia y el castigo social. Tampoco es un llamado dedicarse exclusivamente a curar llagas, lo cual es insuficiente ante las claras reformas sociales que necesitamos. El problema, dice el autor, es que en realidad no hacemos ni uno ni lo otro, sino que lo que entendemos por «justicia» se ha reducido a perseguir culpables. En el libro comentado se ofrece una amplia e interesante crítica a la justicia, la cual primeramente contrapone a la caridad para mostrar como hemos privilegiado la primera en detrimento de la segunda. En un segundo momento afirma que tendría que haber una justicia con caridad y una caridad con justicia. La gran crítica de fondo radica en que, únicamente desde la perspectiva de la justicia humana (la más difícil de las virtudes), seguimos reduciendo al mal a un tema moral y a un tema de víctimas y culpables. Además, se pregunta Gesché, si «algún día se acusará a los cristianos de principios del siglo XXI de haber superado la hipertrofia de la moral sexual para caer en otra fijación, estructuralmente idéntica, la de un justicialismo exclusivo y culpabilizador, que en definitiva no serviría para la causa que se quiere justamente defender».
El mal no es solo culpabilidad, es decir, moral, sino que a veces es mera desgracia. Es un drama que devino inesperadamente y causa estragos. ¿Cómo posicionarnos en dicho drama? ¿Cuál es nuestra responsabilidad? En la parábola del buen samaritano, es responsable el que actuó responsablemente. No fue ni el culpable ni los que pasaron de largo, sino el que ayudó. El «que ofrece su ayuda. Esa es la manera de ser responsable que nos propone el evangelio y que rompe claramente con la mera consideración de la responsabilidad».

Desde el punto de vista evangélico, solo hay una manera de derrotar al mal: «el mal es derrotado, mas no por un acto mágico y exterior, sino con la bajada a su propio infierno». Se nos propone entonces una dinámica entre tres actantes. El actante 1 es aquel o aquello por el que ocurre el mal, es decir, el culpable. El actante 2 es la víctima, quien padece la desgracia y, dice interesantemente Gesché, «en él se libra el combate y se decide la resolución (o no) del mal». El actante 3 es el tercero, el otro, el buen samaritano que se hace responsable y asume la carga. La responsabilidad que no es como tal suya en el sentido de que no es su «culpa», pero sí es su responsabilidad porque estamos todos y todas juntos en este drama. En esto Jesús es el gran maestro, por lo que vale la pena citar ampliamente las tres actitudes de las que habla Gesché teniendo en cuenta a Jesús:
(1) Con Cristo, y con el samaritano, atendiendo ante todo con sus hechos y sus gestos a la víctima (actante 2), sean cuales fueren las razones de su situación (incluso la de ser posiblemente culpable). (2) Con Cristo y como Él, denunciando luego la culpabilidad fundamental en donde ésta se encuentra, en eso que el lenguaje bíblico llama seducción, en todo eso que hace que nuestra sociedad sea objetiva y estructuralmente tal como es, con sus ladrones, sus asesinos y sus opresores (actante 1 del mal), más bien que situándolo demasiado rápidamente en las conciencias individuales. (3) Finalmente, con Cristo siempre y como Él, intentando, sobre todo, como Terceros no culpables ni víctimas, hacernos responsables (actante 3) para participar en lo que sin duda es la única y auténtica solución del mal: la salvación.
Esta no es la manera en que normalmente pensamos ni la justicia, ni la retribución ni el fin del mal. Con todo, es la manera propuesta por el Evangelio: asumir el mal del mundo, ese misterio que nos precede y del cual no somos culpables, pero sí consentidores; para cargarlo sobre nosotros, haciéndonos responsables para aligerar a otro de dicha carga. No tenemos que irnos tan lejos, pues todas y todos hemos probado un poco de este amor que vence al mal cuando escuchamos a una persona querida que sufre y algo de su sufrimiento se queda en nosotros, mientras que la otra persona termina más ligera, como si efectivamente asumiera en mí algo de su carga para cargarla en compañía.
Esto puede ser particularmente dramático, contraintuitivo y, según cierta definición de justicia, injusto. Pero esta es la apuesta del Evangelio: los terceros, las personas que ni la deben ni la temen, están invitados e invitadas a asumir la responsabilidad y transformar la realidad de sufrimiento y pecado en el mundo. Mientras que las víctimas están invitadas a convertirse en perdonadoras, es decir, las víctimas que, pudiendo actuar desde el impulso lógico y «natural» de la venganza y la reivindicación -totalmente comprensible y muchas veces justificable según los estándares humanos-, deciden asumir el mal en ellas mismas y no seguir propagándolo. Son estas víctimas perdonadoras de la historia las que nos muestran el aparentemente imposible per-dón (continuación del don) que rompe la cadena del mal en el mundo. Por eso dice Gesché, como lo expusimos más arriba, que en las víctimas es donde se libra el mayor combate y se decide la resolución (o no) del mal. Todo depende de su perdón. El culpable, por su lado (no el mal radical sino el que ha consentido), está invitado a convertirse, a perdonarse y recibir el per-dón de la víctima y de Dios, único modo de ser transformado por completo y aceptar las consecuencias de sus actos, pero desde otro lado, convirtiéndose quizá en un «tercero» para otras personas.
Nos encontramos de nuevo con la «lógica desconcertante», con la «inversión de valores» que implica el Evangelio. Resulta que para Dios es más importante salvar que condenar, reconstruir a las personas que destruir al enemigo, recuperar a los malvados que destrozarlos. Esto solo es posible vivirlo desde el exceso que es Dios. No es posible desde un simple estoicismo que cultiva la virtud. Como ya se dijo, no es una cuestión ética, se requiere de la salvación que no es otra cosa que la invitación siempre presente a recordar quiénes somos, invitación que nos viene en el encuentro con Quien es el exceso, y más en concreto, en el encuentro con Jesús, el gran inocente cuya cruz desarma todas nuestras reivindicaciones y justificaciones. En el encuentro con el inocente nos damos cuenta de otro camino, de otra posibilidad distinta al drama del mal o a nuestras aspiraciones de justicia.
Dios como objeción al mal
Entonces, ¿es el mal la mayor objeción en contra de Dios? Desde la perspectiva cristiana, «el mal es aquello contra lo que no hay más respuesta que la oposición». Y ya vimos que el primero en entablar este combate y el primero a movilizarnos para ello, es Dios, el primer preocupado y afectado por el drama del mal. El cristianismo no justifica ni niega ni minusvalora el mal, sino que lo combate de frente y con todas sus fuerzas, solo que con las fuerzas del amor, al modelo de Jesús (como ya lo presentamos en el apartado anterior).
La experiencia cristiana es la de la desfatalización de la historia. La historia no es una fatalidad, una aceptación sin más del mal. Ciertamente no se le explica, lo cual de alguna manera lo justificaría porque le daría racionalidad, un lugar en la estructura del mundo, un rol en el plan divino. El mal es misterio, y con todo, la actitud frente al mal es la oposición radical. Si el mal tuviera alguna justificación (cosmológica, política, filosófica o divina) no podría ser combatido. El cristianismo sin rodeos condena al mal y lo combate, porque este no forma parte del proyecto de Dios.
En pocas palabras, «Dios se manifiesta como el Aversario radical del mal». No un Dios filosófico cuyo honor tiene que ser salvado por alguna teodicea para explicar racionalmente porqué existe el mal y a la vez Dios. El Dios cristiano, el Dios de Jesús, el Dios de la fe que se experimenta en el seguimiento, en la oración, en la vida comunitaria, la entrega a los demás; este Dios es un Dios que escucha el grito del contra Deum. Pero ya vimos que el error de esta tan común objeción en contra de Dios es que piensa que grita contra Dios, cuando en realidad es un grito en contra del mal. ¡Y Dios es el que grita más fuerte! Pasamos del «del malum contra Deum (…) al Deus contra malum». En otras palabras: «El mal no es, pues, una objeción contra Dios; al contrario, es más bien Dios el que se convierte en una objeción contra el mal».






