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El reto para hablar de Jesús a los jóvenes 

Cuando me informaron que la etapa de magisterio, en mi formación como jesuita, la realizaría en el equipo de Vocaciones Jesuitas México, la incertidumbre paralizó mi corazón al cuestionarme: ¿Por qué me mandan a trabajar con jóvenes si no tengo experiencia en este tipo de actividades? 

Conforme el tiempo pasó comprendí que lo más importante de esta etapa no eran las actividades que debía realizar, sino el compartir mi experiencia de Dios con los jóvenes. 

Grande fue mi sorpresa al identificar que el mismo miedo de trabajar con jóvenes también lo experimentaban padres de familia, profesores de colegios y universidades jesuitas, seminaristas diocesanos y coordinadores de los grupos parroquiales donde me encuentro actualmente. Ante la potencia de este miedo paralizante, quiero compartir cinco puntos de lo que aprendí de trabajar con jóvenes, y principalmente, de cómo hablarles de Dios. Puede que estos puntos sean muy simplones, pero funcionaron para dar a conocer la Buena Noticia de Jesús, que nos dice: «No temas, soy Yo». 

No tener miedo de hablar de Dios 

Al organizar actividades para jóvenes siempre existirán preguntas que hacen dudar de nuestras capacidades y habilidades, y si le hacemos caso a este movimiento del mal espíritu nuestra Fe también será trastocada. Sin embargo, en este año trabajando con jóvenes noté mucha curiosidad de ellos ante la solidez que implica mantener viva la fe en la cotidianidad y al modo como lo aprendimos. Por ejemplo, en repetidas veces hacen referencia a los abuelos que «nunca faltaban a misa y a diario rezaban el rosario». Ese «nunca» les incomoda y les hace cuestionarse ¿por qué son fieles a su Fe? ¿Qué provoca la constancia? ¿Cómo pueden hacer para vivir con plenitud en lo que creen? Ahí radica la actitud de un buscador de fe, de alguien que tiene curiosidad por lo que otros hacen y les provoca felicidad, plenitud y paz. 

Asimismo, al cuestionarnos sobre la solidez que provoca la Fe en nuestra vida, incluso en tiempos difíciles, lo que es poco comprensible, nos encontramos con la tendencia de lo esporádico y lo momentáneo, confrontado con la Verdad que permanece: el amor de Jesús. 

Ante un ritmo acelerado de vida, en el que consumimos mucho, pero retenemos poco, la sencillez del lenguaje amoroso con el que habla Jesús hace que la Fe se encarne en rostros concretos, en proyectos que dan sentido a una vida y, por qué no, a cuestionar qué lugar ocupo en este mundo de hoy. Ahí está la importancia de hablar de Dios y de Jesús, pues al compartir nuestras experiencias de Dios con aquellos curiosos buscadores, podremos mostrar un camino distinto a lo que dicta el mundo. 

Hablar de Dios no es únicamente recitar citas bíblicas o decir citas de santos —que en ocasiones ayudan mucho— pero lo que mueve internamente a los jóvenes es cómo Dios se encarna en sus vidas, cómo lo han encontrado en su realidad, o incluso, cómo han mantenido viva su Fe al sentir «que la Divinidad se esconde» en ciertos momentos. 

Estoy convencido de que el ejemplo arrastra, y no hay mejor forma de hablar de Dios a los jóvenes que compartir la huella de su paso en nuestras vidas. Por lo tanto, háblales de cómo encuentras a Dios en las risas con tus amigos, en una sobremesa con tu familia, en la naturaleza y en los momentos de solidaridad en medio de la dificultad, pues es «el gancho» para que la curiosidad abra paso al encuentro con Dios en sus vidas. 

¿Quién es Dios? Escuchar qué escuchan, piensan y dicen 

Como adultos tendemos a dictar cómo se tienen que hacer las cosas, porque con nuestra experiencia y perspectiva sabemos lo que es un «camino correcto y bueno», sin embargo, olvidamos que la realidad de los jóvenes de hoy es distinta a la nuestra. 

Lo que para nosotros puede ser «complicado o incomprensible» ellos lo pueden solucionar con un click; lo que nos da pudor hablar, porque de eso no se hablaba, para ellos forma parte de su realidad y no se conflictúan tanto como yo (que tengo 30 años). En efecto, Dios forma parte de su realidad, pero de un modo distinto al nuestro. 

En un ejercicio que realicé con señoritas y jóvenes recién egresados del bachillerato les pregunté: ¿Quién es Dios? ¿Qué hace? ¿Qué han escuchado de Dios? Y yo simplemente permanecí en silencio mirando las palabras y las frases que plasmaban en papeles: «Dios te castiga si no vas a misa o si te divorcias». «Dios es conservador, estructurado y el centro de todo». «Es amor al prójimo». «Dios es confundido con la institución que habla de él». «Tenemos que servirle a Dios». «Dios es maestro, protector y moldeable». «No te acepta si eres diferente, etc.». 

Era evidente mi sorpresa por la diversidad de opiniones recibidas, pero, más allá de calificarlas como «buenas o malas», mi deseo era que reconocieran y expresaran lo que sienten de Dios y de la Iglesia. 

Frente a la rigidez y el alejamiento que les representa la tradición de la Iglesia, también hay grandes palabras que representan lo que está fuertemente arraigado en su corazón: apertura, diálogo, solidaridad, respeto, deseos de quererse como Dios nos quiere. Dios está en sus vidas, pero no se logran identificar completamente con el Creador de todas las cosas porque no nos damos tiempo de escucharles y explicarles cómo encontramos a Dios; incluso, tristemente, preferimos evadir discusiones sobre temas religiosos para no apalabrarnos en una conversación que no podemos manejar. 

¿Cómo hacer para que se identifiquen con el Dios que nos creó? La respuesta es sencilla: miremos a Jesús de Nazaret. 

Hablar del Dios – Hijo: Jesús de Nazaret 

Parece anticuado hablar de Jesús a los jóvenes que cuestionan la existencia de Dios y a la Iglesia, sin embargo, al preguntarme ¿dónde estaría hoy Jesús en nuestro mundo herido?, lo siento cerca de las realidades que a los jóvenes también les duelen. Al decir que Dios se hizo humano en Jesús es importante enfatizar en nuestra humanidad, en nuestra sensibilidad, en nuestros sueños, deseos y anhelos más profundos, porque ahí es donde Dios quiere «hacer redención del género humano». 

El reto para hablar de Jesús a los jóvenes implica conocer internamente a Jesús: un Jesús que es hermano, amigo, compañero, maestro, vecino, colega, o como cada quién lo sienta más en su interior. Esto es una invitación a pasar muchas horas y momentos de oración afectiva y afectuosa con Jesús en las que le preguntemos lo que pasaba en su corazón al escuchar los Evangelios: ¿Qué sentimientos invadían tu corazón al saber que Lázaro murió? ¿Por qué no te enojaste con Pedro? ¿Cómo es tu mamá, María? ¿Cómo escuchas la voz de Dios? 

Para hablar de Jesús ahora somos nosotros quienes debemos ser curiosos con el Señor, que nos invita a conocerlo, a sentir como él lo hace, a amar incondicionalmente, a escuchar amorosamente, a vivir con cercanía entre los más necesitados, etcétera. 

Únicamente con este «conocimiento interno de Jesús» podremos evidenciar que Dios se hizo humano, y comparte nuestros dolores, confusiones, tristezas, alegrías y esperanza. Al hacer de nuestra oración un hábito que transforma nuestra vida interior también podremos compartir la Buena Noticia de Jesús a nuestros jóvenes con el simple hecho de hacerles ver y recordarles que Jesús también está con las personas refugiadas, con quienes sufren de violencia y abandono, con quienes son discriminados por su orientación o identidad sexual, con quienes viven distintas enfermedades, con quienes sienten que su vida no tiene sentido, etc. Al tocar lo delicado de nuestra vida Jesús es quien se acerca para sanar, redimir e invitarnos a hacer lo mismo con las demás personas que sufren como todas y todos nosotros. 

La radicalidad de Jesús yace en su amor que libera, y al saber cómo transmitir la Buena Noticia de Jesús hay una pregunta que marcó el corazón de una chica: ¿Cómo quiere Jesús que trates a las demás personas?, su respuesta fue simple: «Con el amor más humano que no había encontrado en nadie, más que en Jesús». Repito, lo importante de hablar de Jesús con los Jóvenes nace desde la oración y la contemplación, que nos mueve a la conversión personal, y luego grupal. 

Acompañar, estar ahí 

El cuarto punto, que puede ser el más difícil para nosotros los adultos, es saber acompañar a las y los jóvenes y estar ahí en todo momento. Suena fácil decirlo, pero cuando nos buscan para platicar de temas delicados, nos conmueve verles sufrir y no saber si nuestras palabras serán suficientes. En estos momentos la presencia amorosa y una escucha activa puede ser la primera gran respuesta. 

Asimismo, cuando decimos que los más jóvenes son una «generación de cristal» por la dificultad con la que se enfrentan al mundo, me viene a la mente: ¿Cómo me enfrento a las realidades que para ellos no son conflictivas? Es entonces cuando encuentro en nuestros jóvenes signos de resurrección que me invitan a cambiar: la aceptación incondicional de la diversidad sexual; hablar con apertura de lo que sienten y lo que piensan; el compromiso por el cuidado mutuo en un mundo lleno de violencia; la conciencia socio–ambiental con la que ya crecieron, etcétera. 

Lo que pensamos los adultos que sería bueno para ellos ahora nos cuesta a nosotros aceptarlo y adoptarlo en nuestra vida. En efecto, el signo de Dios que encuentro en las y los jóvenes que desean entregar un año de su vida haciendo un voluntariado «es el deseo de hacer el bien en acciones concretas que cambiarán su vida». 

Nuestro trabajo como adultos es acompañarles en este tiempo de decidir cómo hacer el bien mayor, cómo elegir correctamente entre lo que el mundo —o sus familias— esperan de ellos y lo que su corazón dictamina. El papa Francisco en su catequesis sobre el discernimiento en otoño de 2022 nos invita «a conocernos internamente: sentimientos, pensamientos, sueños y deseos» e intentar encontrar la voluntad de Dios para cada persona. Para esto necesitamos gastar tiempo con nuestros jóvenes y hacer oración, mucha oración por ellos. 

Fidelidad creativa al evangelio 

Por último, y a modo de conclusión, es importante aprovechar cada oportunidad para compartir lo bueno que es Dios con nosotros y hacer buen uso de todo lo que nos ha dado para llevar su Buena Noticia a los lugares que no conocemos. 

Esta «fidelidad creativa» es la actitud de un cristiano que, al saber «en quién ha puesto su esperanza» (2 Tim, 1:12), se deja moldear, aprender y llevar el Evangelio en lugares y situaciones que parecen complejas, pero que se vuelven signos de esperanza en nuestro mundo. 

No tengamos miedo de usar redes sociales para compartir nuestra experiencia de fe, de narrar cómo Dios nos ha arrebatado el corazón en un encuentro íntimo y sencillo, pues al compartir esas experiencias los jóvenes encuentran la fortaleza, la seguridad y la Fe que tanto buscan y, sin darnos cuenta, también nos convertimos en buena noticia para las y los demás. 

Doy gracias a Dios por mandarme a trabajar con jóvenes y le pido que nos ayude a trabajar con ellas y ellos en la creación de un futuro esperanzador. 


Foto: lespinosalc-cathopic

3 comentarios

  1. Buenísima explicación, gracias!
    Yo no soy joven y ya soy abuela, pero me hubiera gustado muchísimo que en mi juventud me hubieran hablado así de Dios

  2. Me gusta mucho tu reflexión y me hace voltear a mirar mi fe en Dios y también a identificar qué admiro hoy de los jóvenes.
    Tienes razón sólo se puede compartir a Dios desde la propia experiencia.

  3. Tocar la vida de cada joven se convierte en una experiencia profundamente sagrada, en la que nosotros somos invitados a contemplar, escuchar, acompañar; como bien lo mencionas, allí compartimos la vida misma y Dios actúa en gestos sencillos y llenos de fraternidad y generosidad. Ojalá que muchos jóvenes logren encontrarse con este Jesús.

    Gracias por compartir. 😊👍🏼

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