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Cuatro sueños también para México

Los pueblos originarios en nuestra Iglesia mexicana

Como preparación para el Sínodo de los obispos en el 2023, el Papa Francisco nos ha invitado a todos los bautizados a participar para hacer “germinar sueños” ante las experiencias vividas, las necesidades y las urgencias que tenemos como sociedad.

En esta misma línea se realizó en Roma el Sínodo sobre la Amazonia del 6 y al 27 de octubre de 2019; la región Amazónica comprende varios países de Sudamérica y cuenta principalmente con población originaria. Uno de los frutos de este encuentro fue la exhortación apostólica Querida Amazonia (QA) del 2 de febrero de 2020, donde el Papa Francisco presenta en cuatro sueños las resonancias y los desafíos para esta región de América Latina. Puesto que nuestro país posee una gran riqueza cultural, y “la familia es y ha sido siempre la institución social que más ha contribuido a mantener vivas nuestras culturas” (QA 39), nos ha parecido oportuno subrayar un aspecto de cada sueño en relación a los pueblos originarios en México, y ofrecer una primera respuesta a la pregunta: ¿Qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro “caminar juntos”?

Nuestra realidad

En México, según la región geográfica, varios pueblos originarios forman parte de diferentes diócesis, en algunas de ellas esta población es mayoritaria. El último censo de población registró a 7 millones de hablantes de 70 lenguas indígenas, que representa un 7.6 % con respecto a la población total (INEGI 2020). Aunque nuestra nación posee mayoría mestiza, también está conformada por diferentes culturas indígenas que viven en regiones geográficas específicas. Son trece los Estados que concentran entre 100 mil y más de un millón de hablantes de lengua indígena. Además, cabe aclarar que el 89.7 % de esta población vive bajo la línea de la pobreza, y los municipios donde viven poseen índices muy altos y altos de marginación (Schmelkes, 2013). Una de las razones de la pobreza es el deterioro ambiental de los territorios donde los indígenas han habitado por siglos, aumentado, por ejemplo, por las concesiones a mineras principalmente extranjeras, realizadas por los gobiernos mexicanos entre 1988 y 2016 (Valladares, 2017).

1. El sueño social, recuperar el sentido profético de la Iglesia

La constatación de la devastación de las regiones naturales habitadas por personas no es nueva en la Iglesia; en 2007, los obispos reunidos en la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe declararon: “una estela de dilapidación, e incluso de muerte, por toda nuestra región […] pone en peligro la vida de millones de personas y en especial el hábitat de los campesinos e indígenas” (Documento de Aparecida, 473). En el mismo sentido, el Papa Francisco ha sido contundente:

Cuando algunas empresas sedientas de rédito fácil se apropian de los territorios y llegan a privatizar hasta el agua potable, o cuando las autoridades dan vía libre a las madereras, a proyectos mineros o petroleros y a otras actividades que arrasan las selvas y contaminan el ambiente, se transforman indebidamente las relaciones económicas y se convierten en un instrumento que mata. (QA 14)

La Iglesia mexicana no puede ser ciega ante la realidad, está llamada a ejercer su dimensión profética (QA 19). Además, desde cualquier lugar de la sociedad donde nos encontremos, todos podemos ejercer esta dimensión esencial de todo cristiano frente a nuestros hermanos indígenas.

2. Sueño cultural, respetar las diferencias culturales

La sobre-explotación de los recursos naturales – así como la pobreza, el despojo de territorios y la violencia – han provocado la migración de miles de indígenas. En la ciudad, su llegada ha desatado dinámicas de discriminación en diferentes áreas sociales e institucionales (Gracia, Horbarth 2019). Basta traer a la memoria cómo en México nos referimos a los indígenas en sentido despectivo, o acordarse de otros prejuicios y estereotipos usados por nosotros que acentúan y favorecen la franca exclusión social. En sentido opuesto, el Papa nos invita a valorar nuestras raíces culturales, porque es desde ellas

que nos sentamos a la mesa común, lugar de conversación y esperanzas compartidas. De ese modo la diferencia, que puede ser una bandera o una frontera, se transforma en puente […] La propia identidad cultural se arraiga y se enriquece en el diálogo con los diferentes y la auténtica preservación no es un aislamiento empobrecedor. (QA 37)

3. Sueño ecológico, invitación a una vida más sencilla

Nuestro planeta se encuentra en el límite del desastre ecológico. Para tratar de entenderlo nos puede ayudar el concepto de “huella ecológica”, que es el área de territorio productivo necesaria para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos producidos por una población definida. En el supuesto de que la población no aumentara, nos “harían falta tres planetas tierra para universalizar el modelo de consumo del estadounidense medio” (Foro Ellacuría, 2009). En relación al consumo, los pueblos originarios “podrían ayudarnos a percibir lo que es una feliz sobriedad” (QA 71).

La compleja problemática socio-ecológica exige que a todos los niveles sociales e institucionales se tomen medidas, a nivel familiar y personal ayuda la toma de consciencia de nuestros hábitos de consumo, pues:

mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que alguien acepte que la realidad le marque límites. […] No pensemos sólo en la posibilidad de terribles fenómenos climáticos o en grandes desastres naturales, sino también en catástrofes derivadas de crisis sociales, porque la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca. (QA 59; Laudato si’, 204)

4. Sueño eclesial, recordar la unión fe – vida

A partir de la opción por los más pobres y olvidados (Documentos de Puebla, 196), los obispos de América Latina y el Papa nos han recordado lo sustancial del Evangelio: el kerygma (el anuncio del Señor Jesucristo) y el amor fraterno – realizado en obras – son la gran síntesis que como Iglesia no podemos olvidar ante la situación en la que se encuentran los pueblos originarios (QA 63, 65, 75, 76; Evangelii Gaudium, 164, 178).

Sin embargo, cabe subrayar que en la historia de la Iglesia “el cristianismo no tiene un único modo cultural”, pues hay evangelizadores que todavía piensan que deben imponer una determinada forma cultural (QA 69; EG 116, 117). Para que la evangelización sea posible la Iglesia debe escuchar la sabiduría ancestral de los pueblos originarios para lograr una renovada inculturación del Evangelio (QA, 70). Esto no se logrará sin la formación adecuada de los presbíteros para el diálogo con las culturas (QA 90), además de fomentar una sólida organización eclesial para los diferentes ministerios laicales, entre ellos el diaconado permanente (QA 92, 94).

En resumen, en cada Iglesia particular el Espíritu nos invita a dar cuatro pasos: 1) recuperar el sentido profético; 2) respetar las diferencias culturales; 3) vivir una vida más sencilla; y 4) recordar que la fe sin obras es letra muerta (Santiago 2, 14-16). Estos son algunos pasos para “caminar juntos” porque somos sociedad donde hay diferentes culturas, y porque frecuentemente olvidamos que somos parte de la naturaleza creada por Dios.

3 comentarios

  1. El sueño de los ricos es a cuestas del infierno de los pobres, pobreza extrema a lo largo y ancho del territorio nacional, siempre el mismo discurso buscado culpables, más no buscando soluciones, la gran masa social en Mexico la confirman los más desamparados.felicidades por el artículo

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