En la siguiente fábula el autor ha procurado seguir el consejo de san Ignacio de Loyola, en la contemplación, de ocupar el papel de alguno de los personajes para revivir con todos los sentidos la experiencia viva de cada pasaje. Por ello está escrita en primera persona y, a medida que se avanza, se irá identificando con facilidad al personaje central. A la vez, son Fábulas —es decir, aplicación de la imaginación ignaciana— que están incompletas, que el lector puede hacer crecer, aplicar y matizar con su propia vida. Es así como se puede resaltar que quien contempla está en silencio, envuelto y activo compenetrado por la Presencia.
«Estando él muy lejos todavía…
le vio su padre y, conmovido,
corrió, se arrojó a su cuello
y se lo comía a besos» (Lc.15,20).
Aquella tarde había salido a caminar solo. La campiña ardía iluminada como un sol sin ocasos. Sin embargo, comenzó a llover. Primero suavemente. Después a cántaros. Pero cada gota que caía la sentía como si acabara de nacer, como si se hubiera desprendido del cielo para lavarme el alma. ¿Han caminado ustedes alguna vez bajo la lluvia? Todo huele a fresco y a tierra mojada. Los árboles se achican empapados y dejan escapar su olor a tronco rejuvenecido, a madera a punto de ser fecundada.
Hacia ambos lados del camino, pequeños montículos encendidos con todos los verdes dejan ver abundantes flores que brillan como un fuego multicolor surgido de la paleta viviente de Dios. Y, a medida que yo caminaba, iba inundándome una profunda, magnífica, enorme nostalgia. Nostalgia de Dios.
Y es que detrás de mí venía siguiendóme esa parábola que siempre acompaña, esa palabra que es imposible escuchar sin emocionarse y sobre la que había llorado tantas veces, esa palabra que sabe abrirse paso entre el lodazal hasta cobijarse en ese punto único, secreto, misterioso, inaccesible para los demás, pero que es donde se resguarda finalmente el corazón del hombre.
Y es que sentía yo que ésta sería quizá la única palabra de Dios que el pecador no ahogaría nunca, la que jamás arrojaría entre las zarzas y las piedras al borde del camino. Porque uno no tiene necesidad de ocuparse de ella o de llevarla a cuestas. Es ella la que se ocupa de uno y se hace llevar, es ella un tesoro que acompaña.
Sí, es una palabra que se atreve a seguir a cada hombre en sus mayores desórdenes, porque es una palabra desvergonzada que no tiene miedo; pues tan lejos como vaya el hombre, en cualquier terreno, en cualquier oscuridad, siempre lucirá como un puntito de llama que cocerá la herida de cualquier dolor. Una palabra que empieza así: «Había un hombre que tenía dos hijos…».
Pero eso era, a la vez, lo que me dolía; ésa era la nostalgia que yo jalaba. Verán, trataré de explicarme.
Yo nací con el cuerpo encadenado, con el alma encarcelada entre sábanas. Yo nací paralítico.
Al principio no entendía nada. Era sólo un niño inmóvil encerrado en una barraca de adobe apenas iluminada por una pequeña ventana. En esa habitación se cocinaba, en esa habitación se dormía, en esa habitación se guardaban las herramientas del labrador que era mi padre, en esa habitación se recibía a los vecinos, en esa habitación se concentraba todo mi mundo. Y yo sentía que mi corazón se iba asfixiando, poco a poco, como la humareda que salía del fogón y teñía de negro las cuatro paredes que me rodeaban.

A veces, es cierto, mi padre me cargaba entre sus brazos y luego me recostaba sobre la camilla que había sacado afuera, en un recodo soleado junto a un sicomoro. Entonces sentía la vida palpitar: los pájaros volaban sobre las ramas de los árboles, las nubes se estiraban con el viento en medio de un cielo azul espléndido, los perros corrían tras las ovejas rumbo al monte, los niños del vecindario saltaban, brincaban y reían a coro girando en mil círculos sin detenerse. Mientras yo únicamente podía mover los ojos, a veces dejar escapar una sonrisa solitaria, y después verme conducir otra vez a la oscuridad de la vieja barraca.
Al pasar el tiempo, el dolor se refinaba. Ya no sólo había que renunciar a los campos y a los juegos. Las voces de las chicas se clavaban dentro de mí como una belleza inalcanzable, como algo que nunca me pertenecería, como los hijos de mis amigos…, los hijos de los otros, los niños que jamás serían míos.
Entonces yo sentía que algo en mi interior se rebelaba, que protestaba con gritos que nadie escuchaba. «¿Por qué yo? ¿Por qué yo?», me repetía sin cesar. Y buscando una liberación me refugiaba en mis sueños. Llevaba ya tantos años soñando…
Primero soñaba en que algún día podría sentarme. ¿No era mucho pedir, verdad? Despúes soñaba que mis dedos se abrían, que ya no necesitaría que mi padre depositara el alimento entre mis labios. ¿Y luego? Esa energía enorme de la imaginación me impulsaba a caminar por las calles hasta la fuente del pueblo, y a correr al aire libre o a trabajar empuñando el arado, rompiendo los surcos en infinitos trozos de ilusión con la fuerza de mis brazos. ¿Y después? Después… regresar, al caer la tarde, al hogar —¡mi hogar!—. Un hogar que tendría ventanas por todas partes, en donde depositaría como una ofrenda la cosecha de mi vida en los ojos luminosos de mi esposa y de mis hijos.
Tampoco esto era mucho pedir, ¿verdad? Pero nada sucedía, y yo seguía en la asfixiante oscuridad de la barraca. Por eso comencé a soñar sueños grises…, sueños turbios que me llevaban a donde la parálisis y el recato no podían conducirme. Era una especie de venganza interior. En ese mundo construído por mi mente podía alejarme de la casa paterna para vivir, siete días a la semana, siete mil descarríos que sólo yo paladeaba.
Y, sin embargo, el hueco se hacía más hondo y, al entrar la noche, crecía la asfixia. ¿Saben, saben ustedes lo que es el pecado? Porque hemos convertido el pecado en una simple e insignificante transgresión de una ley que arbitrariamente resulta más o menos importante. Y lo hemos despojado de todo lo que tiene de llama negra que destruye, que divide, que lastima y hace sangrar. Y es que la compasión por el pecador nos ha hecho olvidar la magnitud hiriente del pecado, su entraña de abuso e injusticia, su rostro de ofensa y agresión a Dios, a uno mismo y a los demás.
Y, sin embargo, también tengo que decir que aunque el pecado había puesto su guarida en mí —sólo Dios sabe hasta qué profundidades—, la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura había podido experimentar plenamente la llaga del mal de tanta luz como Él mantenía a mi lado. En la misería seguía siendo de Él, añorando el regreso a la casa paterna. Y hasta me parecía que el amor de Dios era tanto más tierno cuanto más paralizaba yo mismo mi alma.
En esos momentos, poco a poco lo iba descubriendo, ese insomnio doloroso iba despertando mi vida. Sin saber qué pedir, esperaba, anhelaba, deseaba que la alegría regresara, que se purificara, que se encendiera con más calor que antes. Porque iba comprendiendo que, a pesar de todo, bajo la sombra de mi padre había sido feliz, lejos de la negrura que luego me había invadido. Casi sin darme cuenta, lágrimas de rabia comenzaron a salir. Tenía hambre. Me moría de hambre. Había que regresar a casa.
Y es que yo había huido por debilidad y por cobardía. Tal vez todo podría explicarse por la pasión, por el afán de novedades y hasta por carencias insatisfechas. Pero seguía siendo una huida y un desperdicio de la herencia paterna que me había entregado todo lo que tenía y era mi vida.
Entonces comencé a pensar en mi padre ocultando su dolor por mi dolor, contándome historias y haciéndome reír, sembrando canciones en mis labios y flores en la cabecera de mi corazón. Tal vez no era mucho, pero era todo, y era sólo para mí y por mí. Y también empecé a pensar un poco menos en mi dolor y un poco más en su dolor.
Porque esa barraca paterna de barro ahumado era de amor. Y ese amor paterno ensanchaba el alma, la abría hacia afuera, la proyectaba hacia arriba, la multiplicaba hasta convertirla en ofrenda; pues la felicidad que daba ese amor era el gozo de saber que el amor no existe para beneficio propio, sino para engendrar el júbilo de vivir para entregarlo todo, aunque muchas veces se comprendiera tan poco.
Y también comencé a ver a mi padre con otros ojos. Lo veía regresar del trabajo sudando copiosamente, sacudido por la vida sin dejar de creer en el amor. Jamás una queja ni una desesperanza, caminando por los campos de Dios con la certeza de que nunca perdería nada quien hubiera amado de verdad. Y le miraba acercarse a mi catre, besarme con su sonrisa maternal y alguna broma que nunca faltaría al cerrar el día.






