Éste es el quinto de una serie de ocho cuentos que se irán publicando cada dos meses, cuyo hilo conductor es Filo, un personaje originario de un barrio bravo de Tijuana: cholo, converso y buscador, quien eventualmente llegará a vivir a un país musulmán. A través de Filo podremos sumergirnos en un personaje que trae dentro de sí una manera fronteriza de ser y entender la vida, la cual le irá facilitando transitar con cierta soltura entre tradiciones culturales diversas y experiencias espirituales diferentes. Al llevar más a fondo sus experiencias, Filo nos enseñará que el llamado divino puede surgir en cualquier lugar y que la dimensión social de los sacramentos —de la que mucho nos habla el teólogo Víctor Codina, S.J., en sus libros— puede revelarse a través de gestos cotidianos en un contexto marcadamente musulmán, haciendo coincidir lo que aparentemente no debería de coincidir.     

Esa mañana Filo llegó muy temprano a la biblioteca. Los estudiantes aún no llegaban. El sol pegaba suave contra los ventanales y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa.

Caminó entre los estantes como si fueran las calles de su amado barrio en Tijuana. Mirando con detalle los lomos de los libros. Oyendo en su mente las voces de los morros que preguntaban cómo se decía tal o cual palabra en inglés, o que le enseñaban a decir cosas básicas en árabe.

Se sentó en una de las mesas de madera, sacó de su mochila una libreta donde garabateaba frases, oraciones, ideas. Y ahí, sin querer, se le vino encima todo.

El cholo comenzó a hilar recuerdos: su vida de antes, los grafitis, la fiesta, el correr sin saber hacia dónde. Luego la iglesia de los cholos guadalupanos, las veladoras, los compas, las confesiones raras pero sinceras. El vuelo a Vietnam que nunca llegó a su destino. Túnez, la escala que se volvió camino. El primer día enseñando inglés sin saber si lo hacía bien. Los musulmanes alivianados que le ofrecieron té y lo trataron como uno más. Rima con sus preguntas filosas. La graduación en el Centro de Capacitación Profesional para Universitarios.

De pronto se descubrió como buen cholo guadalupano misionero, al otro lado del mundo, haciendo el bien sin mirar a quién.

Ahora estaba allí, entre libros en árabe y universitarios que querían aprender inglés. Entre musulmanes que le decían hermano sin saber su historia completa. Había algo (una fuerza, un soplo, una guía) que lo había ido llevando sin que él lo notara. Algo que no se veía, pero que le abría camino.

Fue entonces cuando entró Sóstenes, con ese paso tranquilo y seguro que traía siempre.

—Oye, Filo… —dijo con voz baja, como si supiera que lo interrumpía en algo elevado—. Quiero proponerte algo. Ya hablé con mis jefes. Si tú estás de acuerdo, puedo comunicarme con don Lupe en Tijuana. Quiero decirle que te necesitamos en Túnez. Que mande a alguien más para Vietnam. Tú te quedas aquí. Alivianas mucho. Y a estos jóvenes les ayuda tu presencia.

Filo no contestó de inmediato. Nomás levantó la vista, tragó saliva y sonrió. No dijo que sí. No dijo que no. En sus ojos brillaba una luz nueva. La certeza de que se estaba formando un tercer barrio, el cual abría horizontes diferentes. Uno que no era cien por ciento tijuanero, ni cien por ciento tunecino. Este barrio nuevo estaba hecho de mezcla, fe y sentido humano; al cual Filo nombró como el «Musulupano».

Sobres.

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