Sostener lo cotidiano: comunidades jóvenes ignacianas

Patricia Villarreal Torre -Centro Universitario Ignaciano

Introducción: Preguntar por la vida que se sostiene

Hoy abundan las opiniones sobre lo que sucede con las y los jóvenes. Se dice que no tienen reglas, que se la pasan en las redes, que su sentido de vida está en riesgo, que se viven solos y solas, etc. Sin embargo, desde mi experiencia acompañando a jóvenes en contextos universitarios quiero dar fe de algo muy profundo: entre ellos y ellas se sostienen, se hacen comunidad, se hacen familia, y en ese tejido cotidiano se recuerdan —una y otra vez— el sentido de la vida.

Este texto parte de una pregunta: ¿cómo es que, en medio del cansancio, la autoexigencia y el aislamiento, las comunidades jóvenes logran sostener la vida? Estas comunidades no solamente funcionan como redes de apoyo, sino como espacios donde el sentido se reconstruye y donde, desde una clave ignaciana, puede reconocerse la presencia activa de Dios en lo cotidiano.

En los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, Ignacio afirma que Dios «habita en las creaturas» (EE 235) y que «se comunica con su creatura» (Anotación 15). Esta intuición no es abstracta: propone una forma de leer la realidad. Dios no irrumpe desde fuera, sino que ya está presente, actuando en la vida concreta. La pregunta, entonces, no es si Dios está, sino cómo reconocer su acción en estas comunidades jóvenes que, aun fragmentadas, siguen buscando sostenerse unas a otras.

Benjamín González, S.J., nos invita a ser místicos de ojos abiertos, «dándose cuenta de las señales de Dios, que llena todo lo creado con su acción incesante» (en Solano et al., p.37). El jesuita sostiene que «el mundo no es sólo un escenario donde Dios se manifiesta de vez en cuando», sino que Dios trabaja en todo momento, desde lo profundo, con «amor e imaginación inagotables» (ibid.). Las comunidades juveniles son un claro retrato de este amor e imaginación. Por ello, el objetivo de este artículo es ofrecer pistas para descubrir las señales de Dios en estas comunidades y cómo posicionarnos como acompañantes que cuidan «de reojo» la vida y se dejan sostener por ellas también.

El cansancio contemporáneo y la autoexigencia juvenil

No podemos negar que habitamos tiempos complejos. El filósofo Byung–Chul Han (2024) describe nuestra época como la «sociedad del cansancio»: una transición de la disciplina al rendimiento, en la que la valía personal parece medirse por lo que hacemos, producimos o logramos. Nos convertimos —dice— en un animal laborans que se explota a sí mismo, que no se detiene, que vive en función de expectativas que nunca terminan de satisfacerse.

Esta lógica desgasta. Y las juventudes no son la excepción. Viven muchas veces en una autoexigencia desbordada que las lleva al límite: a querer responder a lo que esperan sus familias, sus amistades, y a lo que el mundo les presenta —de forma incesante— en plataformas digitales. En medio de esa presión emerge una sensación persistente: no ser suficientes.

¿Qué ocurre cuando el valor personal se mide únicamente desde el rendimiento? ¿Qué lugar queda para la fragilidad, para el error, para el proceso? En este escenario, el cansancio no es sólo físico, sino existencial. Se trata de una fatiga del sentido, donde la vida parece reducirse a cumplir, alcanzar y demostrar.

Salud mental y desolación: una lectura ignaciana

En este contexto, el lenguaje de la salud mental se ha vuelto cada vez más frecuente. Nos encontramos con juventudes atravesadas por experiencias de ansiedad, depresión y agotamiento emocional que, en ocasiones, son rápidamente etiquetadas sin atender a su complejidad.

Desde la espiritualidad ignaciana, estas experiencias pueden ponerse en diálogo con lo que Ignacio llama desolación en los Ejercicios Espirituales (EE, 317). Ignacio la describe como un estado de oscuridad, inquietud y tendencia al aislamiento. No se trata de reducir lo psicológico a lo espiritual, sino de ampliar la comprensión: reconocer que hay experiencias humanas en que la persona se siente desconectada, sin horizonte, atrapada en sí misma.

Lo relevante aquí es que, para Ignacio, la desolación no implica ausencia de Dios. Por el contrario, incluso en estos estados, Dios sigue habitando y trabajando en la persona, aunque no sea percibido. Esta afirmación tiene implicaciones profundas para el acompañamiento: no se trata sólo de intervenir, sino de sostener, esperar y confiar.

Desde esta mirada, la fragilidad juvenil no es tan sólo un problema que resolver, sino un lugar donde puede acontecer un proceso más profundo de sentido. La pregunta no es únicamente cómo salir de la desolación, sino cómo acompañar sin abandonar, cómo sostener sin invadir, cómo confiar incluso cuando no hay claridad.

El aislamiento y la mirada que sostiene

El aislamiento aparece hoy como una respuesta frecuente ante la presión y el cansancio. En las juventudes, muchas veces es también una forma de esconderse: de no mostrarse desde la vulnerabilidad, de no exponerse al juicio, de no habitar las propias fracturas.

Cuando alguien se retira, se priva —sin saberlo— de algo profundamente sanador: la mirada de los otros. Esa mirada que no juzga, que acoge, que abraza la imperfección.

Desde una clave ignaciana, esta experiencia puede leerse de manera más profunda. Si Dios habita en las creaturas, entonces esa mirada compasiva no es solo humana: se vuelve mediación de una presencia mayor. Es en la mirada del otro en la que, muchas veces, se transparenta una forma de cuidado que sostiene la vida. Y es en esa mirada en la que la persona se siente validada, arropada, sostenida y aceptada en su vulnerabilidad. Benjamín González, S.J., dice que «sobre nuestros límites se posa la mirada de Dios» (en Solano et al., p.28) y ahí nos «ama como somos, no como pensamos que debiéramos ser» (p.26).

Y justo en los gestos sencillos —un mensaje, una pregunta, una espera paciente— se encarna una forma de presencia que recuerda la manera en que Dios actúa: sin imponerse, sin forzar, respetando los tiempos. Una presencia que no invade, pero tampoco abandona. Así, incluso en el aislamiento, la comunidad permanece como posibilidad. Como lugar al que se puede volver. Como espacio donde la vida puede ser nuevamente acogida.

Foto: Cathopic.

Comunidades jóvenes: espacios de consolación compartida

Para muchas y muchos jóvenes, la comunidad no es una estructura formal, sino un grupo de amigos y amigas con quienes compartir la vida. Surgen en lo cotidiano: en la universidad, en encuentros casuales, en espacios que poco a poco se vuelven significativos.

He visto comunidades que nacen sin pretensiones y que, con el tiempo, se vuelven profundamente significativas. En ellas hay algo que no siempre se nombra, pero que se experimenta con claridad: la acogida. No importa de dónde vienes o qué traes contigo, hay lugar.

Desde la espiritualidad ignaciana, estas experiencias pueden leerse como espacios de consolación. En los Ejercicios Espirituales, Ignacio llama consolación (EE 316) a todo aquello que abre a la vida, que genera paz, que conecta, que ensancha el corazón. No es sólo bienestar emocional, sino una experiencia en la que la persona se siente más plenamente viva.

En estas comunidades, la consolación no es individual, sino compartida. Se construye en la risa, en la conversación, en la presencia. En la posibilidad de ser uno mismo sin temor. En la experiencia de pertenecer. Si Dios habita en las creaturas, entonces también habita en estos vínculos. No sólo en cada persona, sino en la relación que se teje entre ellas, en ese «entre» donde la vida se comparte y se sostiene. En estas comunidades donde, aun sin nombrarlo, acontece algo profundamente espiritual: la vida se sostiene.

Acompañar comunidades jóvenes: una práctica ignaciana

Frente a estas comunidades, la pregunta es inevitable: ¿qué nos corresponde como acompañantes?

La primera respuesta es desinstaladora: reconocer que ya está ocurriendo algo valioso. Que no somos nosotros ni nosotras quienes llevamos el sentido. Que, como afirma Ignacio en la Anotación 15 de los Ejercicios Espirituales, es Dios quien se comunica directamente con la persona. El acompañante no sustituye esa relación, la cuida.

Acompañar implica, entonces, una disposición contemplativa. No se trata de analizar desde fuera, sino de dejarse afectar por lo que acontece. Ignacio utiliza el término «reflectir» para expresar esta actitud: dejar que la realidad se refleje en uno, sin manipularla. Como señala Chércoles, S.J., no es un ejercicio de control, sino de apertura, permitiendo «despertar en nosotros lo más sano, lo más espontáneo de nuestro ser» (2012, p.5) dejando que la luz actúe.

Esto transforma profundamente la práctica del acompañamiento. Nos invita a estar sin invadir, escuchar sin dirigir, sostener sin controlar.

Acompañar no es conducir, es caminar al lado. Es confiar en los procesos. Es reconocer que Dios ya está obrando en medio de esas relaciones, incluso cuando no es evidente.

Esta forma de acompañar requiere humildad y confianza. Humildad para no colocarse en el centro. Confianza para creer que la vida —y Dios en ella— tiene una fuerza que no depende de nosotros ni de nosotras.

Acompañar comunidades jóvenes es, en el fondo, dejarnos también acompañar por ellas. Aprender de su manera de vincularse, de sostenerse, de resistir. Reconocer que ahí hay una sabiduría que no depende de nosotros, pero que sí podemos contemplar.

Conclusión: reconocer la vida que florece

Al final, quizá lo más esperanzador de este tiempo no está en los diagnósticos ni en las preocupaciones que tanto se repiten sobre las juventudes, sino en estos pequeños espacios donde la vida insiste en brotar.

En la lógica de los Ejercicios Espirituales, quien acompaña está llamado a confiar en que la persona ya está siendo acompañada por Dios. Esta certeza cambia la mirada: no se trata de sostener desde fuera, sino de reconocer y cuidar un proceso que ya está en marcha.

Ahí, en lo sencillo de una conversación, en la fidelidad de una amistad, en la paciencia de quien espera al otro, a la otra, se transparenta una presencia mayor que sostiene y recrea la vida.

Tal vez nuestra tarea sea aprender a mirar ahí. A reconocer que Dios ya habita esas tramas de encuentro. Y a dejarnos enseñar por ellas.

Porque donde hay comunidad que acoge, que espera y que ama, la vida no solamente se sostiene… florece.

Para saber más

Chércoles, J. M. (2012). Las Bienaventuranzas. Centro Loyola Iruña.

De Loyola. I. de. (1970). Ejercicios Espirituales. Sal Terrae. 

Han, B.–C. (2024). La sociedad del cansancio. Herder. 

Solano, O. y Romero, A. (2025). La “Contemplación para alcanzar amor” como fuente de inspiración de la mística de ojos abiertos en la obra de Benjamín González Buelta. Forum Teologiczne, XXVI, 23–44.

* Académica y acompañante espiritual del CUI.

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