
Camino despacio pero con prisa, con ansiedad pero sin fuerza; con la urgencia de llegar a lugares que evitaré una vez que los tenga enfrente. Lugares a los que me presentaré con las manos vacías y con los pies cansados. Camino de forma incongruente, anhelando un abrazo, pero queriendo andar por mi cuenta.


El amor sin límites de Dios es el único capaz de sanarnos las heridas del desamor que se hallan en la base de nuestra identidad enferma, egocéntrica.

«La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Aleluya»

Tenía miedo y ansias de encontrarte, Señor; también desolación y un deseo de sentirme viva. Eso era todo lo que, según yo, quería cargar en mi mochila. Ese miedo a convivir con personas nuevas, ese miedo a estar sola en momentos de oración, ese miedo al cansancio físico, el miedo al frío y a pasarla mal.

Una inquietud en la fe que siempre tuve, fue querer saber un poco más acerca de la Resurrección de Jesús, debido a que es un dogma de nuestra fe y en el que durante los estudios teológicos quise poner especial atención.


«La misericordia del Señor es eterna. Aleluya»

Con 29 años de edad, Íñigo nunca imaginó que aquella mañana de mayo cambiaría para siempre su vida. Se reconocía vanidoso, terco, galán, fiestero; con hambre de comerse el mundo, sobresalir en los negocios y en el ejército, y escalar a un buen lugar social, o quizás al mejor.

El yoga es un camino ancestral de liberación, una disciplina de transformación que traspasa lo personal y lo comunitario a través de prácticas, textos, enseñanzas y rituales que comprenden una sabiduría extensa y compleja, pero también iluminadora. Sin embargo, ésta no es la imagen del yoga que se ha abierto paso en nuestras sociedades.