
Desde mi punto de vista como cristiano, la pureza consiste en actuar por y con amor, de forma leal, libre, sin utilizar a los demás, buscando su bien y favoreciendo su crecimiento como personas.

«Piensa en tu fin y deja de odiar».

Los sacerdotes, religiosos y religiosas, somos hijos de nuestro tiempo. La Iglesia, en sus veintiún siglos de existencia, ha pasado por diferentes momentos como persecuciones, guerras y grandes cambios políticos, económicos y sociales, sin embargo su finalidad sigue siendo la misma: El seguimiento de Cristo y el anuncio del Reino de Dios.

«Cumplir perfectamente la ley consiste en amar».

Sin embargo, aunque tenemos estas máximas por ciertas, muchas veces no terminamos de aceptarlas. La incertidumbre del camino hasta que la muerte ocurra nos mueve, precisamente, a querer asegurarnos la vida. Ésta ha sido durante un buen tiempo, desde que dejé la seguridad de la Orden religiosa, mi lucha espiritual: encontrar el justo medio entre contar con la seguridad básica para vivir y querer asegurarme la vida «de más».

«No lo permita Dios, Señor; eso no te puede suceder a ti».

Con sus reglas de discernimiento, san Ignacio nos quiere dar una colección de “leyes” válidas en toda ocasión y que nos ayuden para decidir si una moción es buena, para llevarla a cabo, o mala, para desecharla. También están encaminadas a proteger mi libertad de corazón

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

«También los perritos se comen las migajas que caen».

la clave de esta propuesta es la entrega o el darse: Dios creó el universo por medio de su Palabra (Jn 1,3) que luego, ese mismo Verbo (el logos de Dios) se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14) en la Persona de Jesús quien en la cruz entregó su Espíritu (Jn 19,30) de nuevo al Padre, para que en Pentecostés lo recibamos nosotros de parte del Padre y del Hijo glorificado.