
Este Cuaderno lo consideramos especial, pues conllevó un trabajo colegiado y colaborativo, durante varios meses, entre el equipo editorial de CHRISTUS y seis expertos en formación de jóvenes, que proponen modos de hacer y mirar la realidad de las juventudes desde la esperanza, la comunidad y el dinamismo del Espíritu.

Despertar movimientos interiores y dinamismos comunitarios mientras se presenta la persona de Jesús no es una tarea fácil. Es un arte que se hila fino; una labor de siembra, gratuidad y de una constante renuncia a nuestros esquemas adultocentristas que creen saber lo que las y los jóvenes necesitan.

En este texto, en primer lugar, propongo una serie de reflexiones que ayuden a recuperar el valor espiritual de esta experiencia y, en segundo, presento algunas claves que, para mí, han sido de ayuda en el acompañamiento a jóvenes, desde la noción y el valor de la amistad espiritual.

Un día, hablando con una estudiante universitaria sobre la maternidad, me dijo: «Yo no pienso tener hijos, ¿para qué? Si el mundo se va a acabar en 2050». Yo le respondí que obviamente eso no era cierto, que cómo podía asegurarlo…

En la encrucijada de la juventud los y las jóvenes se encuentran inmersos en un viaje hacia la comprensión del sentido de la vida, ¡y bueno!, no sólo pasa en la juventud, creo que es el principio de una búsqueda que nos acompaña toda la vida.

Educar en la esperanza —o educar a través de ella— resulta una máxima seductora para todos los que participamos de la educación, pues el propósito de esperanzar a quienes acompañamos en el aula se muestra no sólo pertinente, sino propiamente esperanzador.

Ellos siguieron a Jesús, el cual, al darse cuenta de que venían detrás de Él, les preguntó: «¿Qué buscan?». Ellos le respondieron con otra pregunta: «Maestro, ¿dónde vives?». Jesús les dijo: «Vengan y lo verán».

Mi nombre es Diego Enrique Suárez Suárez, pero todos me conocen como «Diego Suárez». Tengo 25 años, soy ingeniero civil y músico.

La ola de calor que azota a la ciudad trae por víctimas a seres que buscan desesperadamente un lugar donde sobrevivir: una esquina, una mirada, al menos una minúscula hendidura entre los sueños que cambien la vida amarga, por el alado verdor de los días felices.

A una década de la desaparición de los 43 normalistas, la “verdad histórica” que tanto daño causó a las familias regresa en las acciones del actual gobierno que, lejos de resolver lo ocurrido, falsifica pruebas para cerrar el caso, se entromete hasta dinamitar el proceso judicial, protege a los militares para que no sean culpados ni den la información que ocultan.