Reorientar la mirada

Hace unos días leí el mensaje de cierre de uno de mis alumnos del Bachillerato Pedro Arrupe, S.J., que decía lo siguiente:

Hoy tenemos que partir a hacer vida y a encontrarnos con la realidad del mundo roto en el que vivimos, sabiendo que aquí aprendimos que sí se puede ir en contra de las injusticias. Somos la muestra de que cuando las cosas se hacen con amor y esperanza, se puede vivir desde otra lógica y deconstruir la forma en que nos relacionamos.

No habló de la universidad, ni de la economía, ni de oportunidades. Habló de un encuentro. Y ni siquiera de un encuentro cómodo; habló de un mundo percibido como roto, de la importancia de enfrentar las injusticias, y de la experiencia de haber sido mirado con amor y esperanza. Habló, en el fondo, de nuevas maneras de habitar el mundo. Y nada me parece más esperanzador que leer el corazón de un joven que quiere hablar sobre el sentido de habitar y vivir.

Acompañar a jóvenes ha sido una de las experiencias que más ha transformado mi manera de comprender la esperanza. Desde hace casi tres años trabajo en el bachillerato Pedro Arrupe, S.J., una obra de la Compañía de Jesús, y la fundación Dalton, que cada año ingresa 80 alumnos con beca completa y que busca ofrecerles una educación digna, integral y humana. El proyecto trabaja día a día para egresar alumnos llamados para transformar el mundo. Sin embargo, cuando entré, no me quedaba claro cómo era aquello de transformarlo.

Creo que fue cuestión de días, tal vez de semanas, cuando comprendí que transformar el mundo habita en lo sencillo, en lo que parece invisible pero que, al repetirse día a día, construye otra manera de habitar el mundo. Es el abrazo por las mañanas, recordar el nombre de cada uno de tus alumnas y alumnos, sostenerles la mirada, preguntarles cómo están, qué les pasó, por qué no enviaron lo que tocaba. Es el saludo diario en los pasillos y la comida compartida lo que hacen que lo cotidiano se viva de forma comunitaria; es la comunidad lo que transforma al mundo, y si algo hace el lugar en el que trabajo es sostenerse comunitariamente.

Desde antes de trabajar ahí y en los últimos años he sido testigo de historias profundamente distintas: abandono, violencia, migración, desplazamiento, abuso, etc. En la mayoría de ellas he reconocido una inquietud común: el deseo de encontrar un horizonte que dé sentido a la vida más allá de las prisas cotidianas, del miedo, de lo desesperanzadora que puede ser habitar la violencia. En un mundo saturado de estímulos, urgencias y promesas de realización personal, intentar comprender el modo de caminar la propia vida se ha convertido en una dificultad real.

No es que los jóvenes hayan dejado de buscar sentido; es que las condiciones en las que viven han ido estrechando el campo de su mirada. La urgencia de conseguir trabajo, responder a las expectativas, cuidar su salud, sostener una familia o simplemente mantenerse a flote ocupa gran parte de su atención. A ello se suma una sociedad que multiplica los estímulos y fragmenta la capacidad de detenernos. Poco a poco aprendemos a mirar lo inmediato, lo útil, lo urgente. Y cuando la vida se reduce a resolver el siguiente pendiente se vuelve cada vez más difícil preguntarse hacia dónde queremos caminar. La esperanza comienza a apagarse no porque desaparezcan los sueños, sino porque el horizonte deja de ser visible.

Quizá no es una crisis de esperanza, quizá es una crisis de orientación. Hay una pregunta silenciosa en el corazón de muchos jóvenes: ¿a dónde vale la pena dirigir la mirada? Es una búsqueda de algo que merezca encaminar la vida y que dé sentido y soporte a sus pasos. Y esa pregunta no puede responderse completamente solo. En medio de historias marcadas por la incertidumbre, la violencia o la migración, sigo reconociendo esa búsqueda irrenunciable que me hace pensar que tal vez la pregunta no es cómo devolverles la esperanza, sino quién puede ayudarles a levantar la mirada.

Recuerdo mucho a una alumna que me preguntaba por qué Dios, siendo tan creativo, no inventó más de dos vocaciones para las mujeres. Ser monja o ser mamá. Más allá de la risa, la conversación se tornaba en algo mucho más hondo. La vocación no es la cosa prescrita por Dios en algún papel enigmático que hay que encontrar: la vocación está inscrita en el corazón de cada persona, lista para revelarse en sus pasiones, en sus deseos, en su manera de pisar el mundo y de relacionarse con él. Yo le proponía a mi alumna una nueva pregunta: ¿en qué vale la pena gastar la vida? Así, en el dolor, en el miedo, en la esperanza, ¿dónde quieres poner tu tiempo?, ¿en qué trabajo?, ¿siendo amiga de qué gente?, ¿pronunciándote ante qué cosas? La vocación va más allá de una forma prehecha y Dios nos ha compartido su creatividad para hacerla.

Nunca olvidaré su respuesta, un gran suspiro y una mirada esperanzada: «Qué bueno que me dices eso, porque amo a mi mamá y a las monjas de mi parroquia, pero no quiero ser como ninguna de ellas».

Es verdad que en el corazón está la pregunta sobre a dónde dirigir la mirada y empezar el camino, pero he descubierto que, sobre todo, el corazón está deseoso de encontrarse con personas que le enseñen un camino transitable, uno que valga la pena, uno que sostenga el peso de sus ganas de caminar. Y eso implica discernir siempre: lo que es de ellos, lo que es de los adultos que les han acompañado, lo que es auténtico de lo que creen que es lo correcto y, sobre todo, lo que tiene que ver con sus sueños y lo que les dijeron que tenían que soñar.

¿Quién nos enseña a mirar?

No nacemos sabiendo qué es lo que vale la pena mirar, perseguir y mucho menos amar. La mirada se aprende, la mirada se educa y por eso nadie aprende a mirar solo. La mirada delata y dice de nosotros más de lo que podamos decir. Mirar va más allá de ver; es detenernos, es contemplar, es orientar y atender lo mirado. En nuestra mirada está lo que hemos aprendido a mirar y están también quienes nos han educado para hacerlo.

Hay muchos educadores de la mirada: las experiencias, nuestros familiares, la gente que nos ha amado, lo que nos ha lastimado, lo que admiramos; el miedo, las redes sociales, etc. Sin embargo, aunque todos ellos compiten por convencernos de lo que merece nuestra atención, son pocos los que nos ayudan a discernir la mirada.

Discernir aquello que merece ser mirado es probablemente el reto más esperanzador y poderoso que le he aprendido a la gente que me permitió acompañarle en el camino. La importancia de nombrar aquello que somos y que reclama nuestra atención es una posibilidad para distinguir y elegir la dirección de nuestro caminar. Discernir la mirada es desear ante la desesperanza, poder vivir en otra lógica.

Acompañar es revolucionario no porque el acompañamiento sea una fórmula secreta para redirigir la mirada. No se trata de decirle a la otra persona qué mirar o de entregarle un proyecto y horizonte de vida que «valga la pena caminar»: acompañar es pura presencia, es mirar y dejarse mirar, y en ese mirarse es como la otra persona puede levantar la mirada hacia lo que verdaderamente le da la fuerza para orientar la vida en su dirección.

Hay experiencias que cambian la dirección de una vida no porque resuelvan todos los problemas, sino porque transforman la manera en que una persona se mira a sí misma y al mundo. Levantar la mirada no es un ejercicio de voluntad; casi siempre comienza cuando alguien nos ha mirado primero.

Recuerdo la mirada de mi papá cuando disfrutaba hacer las cosas que en mi infancia «eran de niño», recuerdo la mirada de mi entrenador de futbol cuando metí un gol de larga distancia y también la mirada de mi madrina de confirmación cuando le pedí serlo. Y así como ésas, muchas otras más. Mi vida propia es una serie de miradas, sobre todo en mi adolescencia y juventud, que me posibilitaron elegir lo que quería caminar.

Levantar la mirada

He descubierto que la esperanza, al menos la esperanza en la que se puede sostener la vida, no comienza en las certezas que muchas veces podemos creer: certezas económicas, menor cantidad de problemas, certezas laborales, familiares, etc. La esperanza comienza, muchas veces, en una experiencia mucho más profunda: en la experiencia de que la vida es algo que vale la pena ser mirado con atención y amor. Es nuestra vida mirada por otros con dignidad lo que nos encuentra indudablemente con la posibilidad de levantar la mirada en búsqueda de un horizonte mayor.

Y así es como vienen sobre mí tantos rostros y vuelvo al alumno que un día rompió en llanto al descubrir que la insistencia de los adultos en comprenderlo no era rechazo, sino una forma de decirle: «Nos importas». Vuelvo a Alina y Amara, dos hermanas migrantes que comenzaron a recuperar la esperanza cuando dejaron de ser vistas como «las gemelas» para ser escuchadas en su singularidad. Y vuelvo también a mi propia historia, a mis veinte años, cuando un acompañante me hizo experimentar que todo lo que yo era; mis preguntas, mis miedos y mis búsquedas cabían en aquel espacio sin necesidad de esconder nada.

Foto: © Sergi Canal, Cathopic

La esperanza no nace cuando cambia la realidad, sino cuando cambia la manera de habitarla. Y esa transformación suele comenzar cuando alguien nos mira de una forma distinta a la que estábamos acostumbrados.

Acompañar, al menos en mi experiencia, es un acto que transforma al mundo. El o la alumna se acerca con aquello que trae en el corazón; uno lo escucha y lo refleja, y el acompañado encuentra sentido en ello y encuentra al Dios esperanzador que sostiene todo ese movimiento. El acompañado vuelve a ese espacio en el que se sintió visto y sostenido, y eso, a su vez, provoca que otras y otros puedan acercarse a encontrar algo en el espacio. ¿Qué es más transformador que el deseo de compartirnos vulnerables y sabernos necesitados de compañía?

¿Por qué mi alumno pudo escribir sobre esperanza en un mundo roto? Porque se sabía parado en una comunidad en la que aprendió otra manera de mirar el mundo. Su mensaje no es fruto de un optimismo ingenuo, sino de una experiencia de reconocimiento con otras y otros que le posibilitan un horizonte esperanzador.

Tal vez el reto de acompañar a los jóvenes hoy no consiste en mostrarles un camino perfectamente trazado, sino en caminar con ellos el tiempo suficiente para que puedan descubrir un horizonte. Eso significa que no es qué hacemos con ellos y su mirada, sino en preguntarnos si nuestro caminar les transmite esperanza. Así, el reto no tendría que ver con construirles una vida más fácil, más plana, más clara, sino en hacernos de herramientas para aprender a transformar nuestra propia mirada.

Quizá entonces comprendí mejor aquellas palabras de fin de ciclo. Habitar el mundo desde otra lógica no consiste en ignorar que está roto, sino en aprender a mirarlo desde la experiencia de haber sido mirados con amor. Tal vez ésa sea la esperanza que hoy podemos ofrecer a las y los jóvenes: no un camino sin incertidumbre, sino una comunidad que, al caminar con ellos, les recuerde que siempre existe un horizonte por el cual vale la pena levantar la mirada.

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