Éste es el cuarto de una serie de ocho cuentos que se irán publicando cada dos meses, cuyo hilo conductor es Filo, un personaje originario de un barrio bravo de Tijuana: cholo, converso, y buscador, quien eventualmente llegará a vivir a un país musulmán. A través de Filo podremos sumergirnos en un personaje que trae dentro de sí una manera fronteriza de ser y entender la vida, la cual le irá facilitando transitar con cierta soltura entre tradiciones culturales diversas y experiencias espirituales diferentes. Al llevar más a fondo sus experiencias, Filo nos enseñará que el llamado divino puede surgir en cualquier lugar y que la dimensión social de los sacramentos —de la que mucho nos habla el teólogo Victor Codina, S.J. en sus libros— puede revelarse a través de gestos cotidianos en un contexto marcadamente musulmán, haciendo coincidir lo que aparentemente no debería de coincidir.

—Paso por ti en diez minutos. Voy en el carro. Te veo en frente de la casa del portón negro, el que tiene los letreros de «no estacionarse», dijo Sóstenes por el celular.––Simón, simón, salgo de volada —respondió Filo, todavía tirado en la cama, mientras veía que ya casi daban las diez de la mañana.

Con un suspiro guerrero, se levantó: «¡Ámonos!»

Mientras salía se puso su gorra pensando: «Así nadie se va a dar cuenta de que no me peiné, y tampoco me bañé… ¡Ámonos!»

Ese día habían quedado de ir al Centro de Capacitación Profesional para Universitarios. Era la primera vez que Filo visitaba ese lugar, y justo coincidía con la entrega de diplomas a uno de los grupos que terminaban su curso de informática administrativa.

––¿Desayunaste?, preguntó Sóstenes mientras Filo se subía al carro.

–– Nel, ando en blanco. Pero no hay bronca, ahorita me aviento unas galletas con una soda, con eso me aliviano.

Mientras avanzaban por la ciudad, Filo iba recargado en la ventana del carro, mirando con atención a los vendedores del mercado, a los señores con barbas largas que caminaban en las calles, a las mujeres vestidas con sus ropas tradicionales.

Finalmente, después de casi 30 minutos, Sóstenes detuvo el auto frente a un edificio con muros color arena y ventanas blancas.

—Ya llegamos. Ahorita vas a ver, los estudiantes van a estar bien contentos. Terminaron su curso. Para ellos, hoy es un día de fiesta en serio. Ya verás que vienen bien elegantes todos. Prepárate, porque seguro te van a invitar para entregar diplomas —dijo Sóstenes.

Filo nomás lo miró de reojo.

––¿Yo? ¿Entregar diplomas? Cálmala, si yo soy cholo guadalupano, no presidente. Además, ni me bañé, ni me peiné… ¡Naaaa! —pensó Filo en silencio.

Apenas entraron, Filo comenzó a caminar entre la gente, quedándose maravillado por la elegancia y el gran ambiente de celebración.

––¡Eh, vato! Hasta parece que vienen a una boda. ¡Guacha, hasta andan bien enjoyados y todo el chou! —le dijo Filo a Sóstenes.

––Claro. Aquí los logros se celebran con todo. Vestirse elegante es una forma de mostrar respeto por el momento —respondió Sóstenes, mientras Filo se volvía a acomodar la gorra, asegurándose de que no se viera que no se había peinado ni bañado.

Sóstenes, en confianza y comenzando a usar algunas palabras cholas, siguió explicándole.

––El centro funciona como un espacio de transición. Los jóvenes ya terminaron la universidad, pero aún no están listos para ir a jalar en alguna empresa. Aquí perfeccionan idiomas, computación, habilidades personales… pero, sobre todo, agarran confianza. Aquí se atreven a soñar un futuro que, especialmente para las morras, parecía imposible…

Sóstenes continuo su explicación elevándose aún más.

––Para las estudiantes este paso es decisivo. Es más que una capacitación. Es como atravesar una frontera que las excluía. Por primera vez van a ser reconocidas como profesionistas, listas para el mundo laboral. Mira, Filo, esto que te digo es una bella y simple irrupción contra las costumbres que inferiorizan a ciertos grupos sociales aquí y en cualquier parte del mundo, incluida Europa y el gabacho —explicó Sóstenes usando un vocabulario que dejaba ver la formación que había adquirido en los años que estudió su posgrado en Londres.

Filo asintió sin entenderle todo, pero sospechó que algo fuerte estaban viviendo. Prefirió mirar todo lo que pasaba en el lugar. En un momento, se quedó contemplando con los ojos del corazón cómo una estudiante con vestido azul cobalto recibía su diploma, y su jefecita lloraba emocionada entre la gente. Y, en medio de todo eso, Filo volvió a sentir que una vela se le prendía en el pecho.

Entendió que, en ese contexto, las estudiantes, al recibir su diploma, estaban entrando a una nueva vida. A un barrio nuevo. A una clika respetada. Ya no caminaban solas, ahora eran parte de una comunidad más grande: la de los profesionistas. Una comunidad donde no sólo se saben capaces, sino independientes y también necesarias.

Ahí, entre aplausos y flashes de celular, Filo entendió que lo que se celebraba no era solamente el fin de un curso, sino el inicio de otra vida. Por eso la elegancia al vestir, el orgullo en la cara y la fiesta. Las puertas del mundo se abrían y el cholo guadalupano era testigo de eso.

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