¿Por qué es importante Jesús como persona histórica en la fe?

La sensibilidad de nuestro tiempo es una que le da suma importancia a las verdades científicas. Se cree lo que se ha probado o, cuando menos, se cree lo que ha sido argumentado por medio de investigaciones científicas. De hecho, si acontece algo para lo que no hay explicación científica posible, antes de creer que sea un «milagro», asumimos que no tenemos aún las herramientas teóricas necesarias para explicar el fenómeno; sin embargo, confiamos en que, en el futuro, podremos encontrar una explicación. Ciertamente, las teorías científicas, con su método crítico, nos han aportado mucho: una mejor comprensión del quid de las cosas, de cómo funciona nuestro mundo, y han tenido gran repercusión en nuestro estilo de vida, al punto de que nos han dado la posibilidad de prolongar nuestra vida por una buena cantidad de años.

Ahora bien, este afán socrático de preguntar por qué muchas veces ha sido considerado contrario a la fe. Tenemos grandes exponentes ateos como Russell o Nietzsche, quienes, desde perspectivas distintas, cuestionaron las pretensiones de verdad del cristianismo. No obstante, creo que esa misma curiosidad por cuestionar, por no dar nada por sentado, por ir a la raíz de las cosas mismas, es un camino, si bien no usual, sí bastante fecundo para el encuentro con el Otro. En esa misma búsqueda surge la cuestión más básica y que quiero poner en el centro de la reflexión. Antes de preguntarnos por la afirmación de que Jesús es el Hijo de Dios, es importante preguntarnos si de verdad existió y qué implicaciones puede tener esto para nuestra fe o, mejor aún, si eso es de algún modo relevante.

Para responder a esta primera pregunta podemos recurrir a la investigación histórica, que, aunque tiene métodos distintos de los de las ciencias naturales, también examina críticamente las evidencias disponibles. Veamos primero algunas referencias que nos permiten sostener históricamente la existencia de Jesús de Nazaret.

Pablo, en sus cartas, en especial en Gálatas 1:18–19, explica que viajó a Jerusalén, donde pudo conocer a Pedro y a Santiago, este último identificado como hermano del Señor. Estas cartas fueron escritas unos veinte o treinta años después de la muerte de Jesús. Sin embargo, este primer argumento es muchas veces poco valorado, pues se dice que Pablo ya era creyente y que su testimonio procede del interior de la comunidad cristiana. Aunque esto no invalida su testimonio, sí hace necesario examinar otras fuentes que no procedan de esa comunidad.

Flavio Josefo, en sus Antigüedades judías, escritas hacia el año 93 o 94 d.C., narra, en el libro XX, la ejecución de Santiago, a quien identifica como hermano de Jesús, llamado Cristo. Esta referencia historiográfica tiene un valor particular, pues Josefo no escribe para defender el cristianismo, ya que él mismo no pertenecía a esa comunidad. Asimismo, el historiador romano Tácito escribió en sus Anales (XV, 44), al narrar la persecución de los cristianos bajo Nerón, que Cristo había sufrido la pena capital durante el reinado de Tiberio, a manos de Poncio Pilato. Si bien existe la dificultad de no saber de dónde obtuvo Tácito esa información, su escrito resulta una fuente importante para corroborar que la ejecución de Jesús era conocida también fuera de las comunidades cristianas.

A partir de estas evidencias, y de acuerdo con el consenso ampliamente compartido entre los investigadores del cristianismo antiguo, se puede llegar a la conclusión de que existió un judío llamado Jesús, relacionado con un movimiento religioso en la Palestina del siglo I, que reunió seguidores y fue ejecutado por crucifixión bajo Poncio Pilato, probablemente alrededor del año 30 d.C. Esto es de suma importancia para nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, pues tenemos evidencia histórica sólida de que aquel a quien seguimos verdaderamente existió. Nuestra fe se refiere a una persona real y no sólo a un conjunto de ideas o especulaciones. Ahora bien, el hecho de que Jesús haya vivido en la Palestina del siglo I tiene además implicaciones profundas para nuestra forma de creer.

Foto: Cathopic.

Quisiera poner solamente dos consecuencias para su consideración:

En primer lugar, Jesús, al ser plenamente humano, nos enseña a relacionarnos con Dios, nos enseña quién es Dios y cómo podemos comprenderlo. Contemplar a Jesús de Nazareth en su contexto concreto nos enseña quién es Dios. Pensemos, por ejemplo, en su crucifixión. Jesús no fue crucificado simplemente por enseñar a amar al prójimo o por hablar acerca de Dios. Su muerte tuvo causas históricas concretas. Jesús entró en conflicto con los poderes políticos y religiosos de su época, cuestionó a determinadas autoridades y anunció el Reino de Dios en una sociedad sometida al dominio romano. Su manera de vivir y de anunciar este Reino tuvo consecuencias que lo llevaron finalmente a ser condenado a muerte. Al mismo tiempo, los evangelios nos muestran a un Jesús que se acercó a los pobres, a los enfermos y a quienes eran excluidos de la sociedad. Si creemos que en Jesús se revela Dios, entonces debemos tomar en serio estas acciones para comprender quién es Dios, qué significa relacionarnos con él y, sobre todo, como paradigma de nuestro actuar concreto.

En segundo lugar, el hecho de que Jesús se haya encarnado en un contexto sociocultural concreto nos muestra que también nosotros, desde nuestros propios contextos históricos y culturales, podemos relacionarnos con Dios y con los demás. Pensemos, por ejemplo, en nuestro propio contexto: nuestra iglesia aquí en Friburgo, nuestros trabajos y los espacios en los que convivimos diariamente. ¿Qué podemos hacer en esos lugares para parecernos más a Jesús? Podemos contemplar a Jesús en su manera de relacionarse con personas de otras culturas, como lo hizo con la mujer samaritana; podemos contemplar su manera de responder a las necesidades de los demás; podemos contemplar cómo se relacionaba con quienes, en su tiempo, eran considerados los «indeseables». Y aquí surge una pregunta que deberíamos hacernos: ¿quiénes son los «indeseables» de nuestro tiempo? ¿Cómo nos relacionamos nosotros con ellos? Finalmente, podemos volver a los evangelios y preguntarnos por la vida cotidiana de Jesús: cómo compartía la mesa con otros, cómo cultivaba sus amistades, cómo buscaba momentos de oración y descanso. Y, a partir de ello, preguntarnos cómo vivimos nosotros esos mismos momentos de nuestra vida.

Quisiera terminar regresando a nuestra pregunta inicial: ¿por qué es importante para nosotros saber que Jesús verdaderamente existió? Creo que no se trata solamente de tener evidencias históricas de su existencia, sino también de comprender que aquel a quien seguimos fue un hombre concreto, que vivió en un tiempo y lugar determinados, que tuvo dificultades, que se relacionó con otros y que enfrentó los problemas de su propia sociedad. Y si creemos que en Jesús Dios se nos ha revelado, entonces conocer su vida nos ayuda también a comprender mejor nuestra relación con Dios y con los demás.

Por eso, creo que es importante que no dejemos de cuestionarnos acerca de Jesús en todas sus dimensiones. En su dimensión histórica, preguntándonos quién fue, dónde vivió y qué hizo; en su dimensión humana y concreta, tratando de comprender cómo se relacionaba con los otros, cómo vivía y cómo respondía a las dificultades de su tiempo, y, por supuesto, en su dimensión de fe, preguntándonos qué significa para nosotros creer que Jesús es el Hijo de Dios. Creo que necesitamos seguir investigando, profundizando y, sobre todo, haciéndonos preguntas. No debemos tener miedo de cuestionar aquello en lo que creemos, pues cuestionar nuestra fe no significa necesariamente alejarnos de Dios. Por el contrario, puede ser también un camino para conocerlo mejor.

Quisiera terminar con una reflexión de Francis Bacon, quien decía, en otras palabras, que un poco de filosofía puede alejarnos de Dios, pero profundizar en ella puede acercarnos a la religión. Creo que esto nos invita precisamente a no quedarnos con lo primero que sabemos o que nos han enseñado, sino a seguir buscando, cuestionando y tratando de comprender.

Finalmente, para quienes quieran seguir profundizando en la vida de Jesús, quisiera recomendarles un libro de José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica. Es un libro muy accesible que nos ayuda a comprender quién fue Jesús, cómo era la sociedad en la que vivió, cómo se relacionaba con las personas y cuáles fueron las circunstancias concretas de su vida y de su muerte. Creo que puede ser una buena lectura para volver a los evangelios con otras preguntas y, sobre todo, para preguntarnos qué significa seguir a ese Jesús aquí y ahora.

Para saber más

Ehrman, Bart D. Jesus: Apocalyptic Prophet of the New Millennium. Nueva York: Oxford University Press, 1999. https://doi.org/10.1093/oso/9780195124736.001.0001.  Oxford Academic

Hansen, Chrissy M. “Familial Brother(s) of the Lord? On Recent Disagreements on Galatians 1.19 and 1 Corinthians 9.5.” The Expository Times 136, no. 11 (2025): 483–493. https://doi.org/10.1177/00145246251346748.  Chrissy M. Hansen, 2025

Meier, John P. A Marginal Jew: Rethinking the Historical Jesus. Vol. 1, The Roots of the Problem and the Person. Nueva York: Doubleday, 1991.  WorldCat.org

Sanders, E. P. Jesus and Judaism. Philadelphia: Fortress Press, 1985.  catalog.library.camdencc.edu

Schmidt, T. C. Josephus and Jesus: New Evidence for the One Called Christ. Oxford: Oxford University Press, 2025. https://doi.org/10.1093/9780191957697.001.0001

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