La religión en medio de la guerra 

Las guerras no sólo se enfrentan con armas, sino también con ideas, creencias y símbolos. En ese contexto, la religión atraviesa el conflicto e influye en la forma en que se vive y se entiende. En una región como Medio Oriente, donde lo religioso forma parte de la vida cotidiana y de la historia misma, su papel dentro de la guerra resulta complejo y, en muchos casos, fundamental.

Pero también es importante entender cómo se construyen las narrativas sobre la guerra: quién las cuenta, desde dónde y con qué enfoque. En ese cruce entre imagen, discurso y poder la mirada de quienes trabajan con lo visual permite construir sentidos, atmósferas y lecturas sobre la realidad, así como observar cómo ciertos conflictos se presentan y se transforman ante el público.

Para profundizar en el tema de la religión en medio de la guerra, entrevistamos a tres especialistas provenientes de distintas disciplinas, a fin de que sus conocimientos y experiencias nos permitan entender y analizar la relación entre religión, conflicto, poder y sociedad desde diferentes perspectivas.

Entrevistamos al académico Arturo Navarro, profesor del Departamento de Formación Humana del ITESO. Su trabajo se centra en la relación entre religión, sociedad y educación, así como en los vínculos entre las creencias religiosas, la moral y la política, lo que lo convierte en una voz clave para analizar el papel de la religión dentro de los conflictos humanos.

Por otro lado, entrevistamos a José Luis Villacañas, historiador y filósofo español especializado en filosofía política, historia de las ideas y de las mentalidades. Su trayectoria académica aporta una visión histórica y filosófica sobre cómo las religiones han influido en las guerras, las estructuras de poder y las formas de pensamiento a lo largo del tiempo.

También hablamos con Carlos Valencia, cinefotógrafo y director, licenciado en artes visuales y apasionado de la geopolítica. Su mirada desde el cine, la imagen y el análisis geopolítico permite explorar cómo los conflictos y las creencias religiosas también se representan, interpretan y comunican en la cultura contemporánea.

«La guerra religiosa es la narrativa principal»

Antes de comprender el conflicto únicamente desde una dimensión geopolítica, José Luis Villacañas plantea que existe un componente histórico y cultural mucho más profundo, en el que la religión sigue funcionando como una estructura central de poder y de identidad. Para el historiador y filósofo español, el hecho de que Estados Unidos e Israel recurran a narrativas religiosas para explicar el conflicto con Irán no es casual, sino el resultado de una lógica histórica que se ha construido durante siglos.

Villacañas explicó que existe lo que denomina «el síndrome de los enemigos en el espejo», es decir, que «cuando hay una enemistad de larga duración, los dos enemigos tienden a evolucionar de una forma completamente simétrica». En este sentido, señaló que durante siglos el enfrentamiento entre la cristiandad y el islam configuró formas similares de entender la guerra y la religión.

«El islam genera una teoría de la Guerra Santa desde el propio nacimiento del Islam», apuntó Villacañas, y explica que se trata de una religión «enfocada a la ampliación de la Umma, de la comunidad de creyentes mediante una guerra santa», decretada por una figura que al mismo tiempo es «líder militar y líder religioso». Frente a ello, agregó que el cristianismo medieval reaccionó desarrollando también «una teoría de la Guerra Santa», particularmente a través de las Cruzadas.

Sin embargo, para Villacañas, la diferencia central aparece en la manera en que ambas culturas evolucionaron históricamente. Mientras Occidente atravesó procesos de secularización, racionalización y transformación política después de la Edad Media, «el mundo islámico no conoce, no tiene noción de la Edad Media», por lo que «la íntima conexión entre religión y guerra sigue operando».

Desde su perspectiva, se trata de «un mundo cultural que está afincado en la fidelidad extrema a la propia fundación», manteniendo vigente una relación estrecha entre fe, poder y conflicto.

El filósofo también sostuvo una postura crítica frente al peso de la religión islámica dentro de estas estructuras políticas y culturales. «Es un mundo cultural que está clavado con la religión», afirmó, describiéndola como «una forma de opresión y de dominio y de carencia de libertad y destrucción de la conciencia humana».

¿Cómo utilizan los Estados Nación la religión para justificar sus intereses políticos y sus discursos de guerra? Le preguntamos al académico Arturo Navarro, quien explicó que los Estados–nación recurren constantemente a imaginarios religiosos para sostener proyectos políticos y legitimar disputas territoriales. Navarro señaló que, particularmente en Occidente, tanto el cristianismo como el judaísmo han utilizado el relato bíblico como un mecanismo de legitimación histórica y política.

«El texto bíblico se convirtió en un punto de referencia central para decir: ésta es mi propiedad. Ésta es la propiedad de los judíos. Dios nos la regaló», explicó Navarro. Sin embargo, aclaró que estos relatos también nacen «desde la convicción de un pueblo que está disminuido» y que busca presentar su territorio como una posesión atribuida directamente por Dios. «Al ser atribuida a Dios, entonces se gana en poderío y autoridad frente al pueblo, para invitarles a defender eso que se considera suyo», agregó.

Navarro también contextualizó históricamente la disputa territorial en Medio Oriente, señalando que tras distintos vacíos de poder en la región otros pueblos terminaron ocupando esos espacios. «Hay un vacío del territorio. Alguien lo va a llenar», explicó. En este sentido, recordó que el mundo islámico surgiría siglos después, cuando pueblos árabes a quienes describió como «parientes de los judíos», siguiendo la tradición bíblica y semita terminarían asentándose en esos territorios.

Asimismo, el académico sostuvo que muchas naciones occidentales asumen una responsabilidad política y moral con ciertos pueblos, pero no necesariamente con otros. «Las naciones que tratan de defender o que ganan la guerra se sienten responsables de este pueblo, pero no se sienten responsables del mundo musulmán o del mundo palestino», señaló Navarro, agregando que, desde esa lógica, «les quitan el territorio y se lo asignan a otros».

Estas posturas permiten observar cómo la religión no solamente funciona como una creencia espiritual dentro del conflicto, sino también como un instrumento político, histórico e identitario que moldea narrativas de pertenencia, legitimidad y poder.

Foto: Cathopic

El Gran Israel

Por otro lado, se ha discutido la idea del «Gran Israel», una idea basada en el Talmud, que habla de la «tierra prometida» como un territorio judío que va desde el mar Mediterráneo hasta el río Éufrates, abarcando países como Siria, Irak, Arabia Saudita, Jordania, Palestina, Turquía, Egipto, el Líbano y el Cairo; «su plan es expandir Israel a toda esa tierra que se supone que es la que Dios les dio, la famosa tierra prometida», dijo Valencia, dejando en claro que sí es un conflicto religioso, porque ellos «ideológicamente se sienten dueños de esa tierra… por esa fe religiosa que tienen».

Asimismo, el entrevistado añade que Israel tiene «pueblos enemigos, como en este caso Irán». «Los iraníes son persas y los consideran enemigos, porque a todos los pueblos que no son Israel en el Talmud se les llama goy» explicó Valencia, señalando que el término suele traducirse como no judíos y que algunas interpretaciones lo utilizan de manera despectiva.

Valencia sostuvo que existe una deshumanización hacia quienes son considerados ajenos al pueblo de Israel. «Para ellos, todos los que no pertenezcan al pueblo de Israel son goyim; no son seres humanos», afirmó el entrevistado. A partir de ello, relacionó esta visión con la violencia ejercida contra el pueblo palestino y líbanés; «es por eso que no les cuesta matar, hacer el genocidio en Palestina y ahora en el Líbano, porque ellos ven a los otros como bestias, como animales», apuntó Valencia.

El entrevistado explica que la idea del gran Israel es «un proyecto a largo plazo» hoy liderado por Netanyahu, destacando lo «peligrosa que es esta guerra», ya que «es un fanático religioso que está convencido y que la está llevando hasta sus últimas consecuencias», agregando que esta guerra «ya tuvo que haber parado».

Valencia apunta que existe también un proceso de formación ideológica dentro del Estado israelí, en el que a los soldados «los meten a una cuestión dogmática, de la cuestión religiosa sionista, de que esa es su tierra, ellos son los elegidos por Dios y es su destino estar ahí».

Por eso recalca que el conflicto es religioso y menciona que «la guerra ha escalado a un nivel donde Trump ahorita está atrapado, se ve sometido por la cuestión israelita».

«Trump pensaba que iba a ser fácil, como lo que hizo en Venezuela, de matar al líder e irse rápido… y resulta que no, pensaban que matando al ayatolá el pueblo se iba a unir e iban a estar felices, y fue todo lo contrario, provocando que Irán se uniera en una sola identidad contra un enemigo invasor». Valencia explica en este sentido que «no sólo mataron al líder religioso de Irán, era el líder de los chiitas, y fue como si mataran al papa», lo que provocó una reacción de union dentro de esta comunidad.

El anticristo y la inteligencia artificial

José Luis Villacañas advirtió que una de las dimensiones más delicadas dentro de la relación entre religión y poder político aparece cuando las figuras de gobierno intentan apropiarse de símbolos, discursos o incluso de la autoridad moral de las instituciones religiosas. Para el filósofo español las recientes tensiones entre Donald Trump y el papa León XIV reflejan una puesta en escena cuidadosamente construida alrededor del poder y de su legitimación simbólica.

«Para mí lo más peligroso de esa diatriba han sido dos escenas», señaló Villacañas, afirmando que ambas fueron «muy importantes» y «muy elegidas desde esta escenografía que necesita». Sin embargo, explicó que la escena más preocupante ocurrió cuando el vicepresidente de Estados Unidos sugirió que el papa «tendría que tener más cuidado en cuestiones de doctrina». Para Villacañas, esta declaración resulta especialmente grave porque implica que una figura política pretende colocarse en una posición de autoridad frente al líder de la Iglesia católica.

«Lo que viene a decir es que él es sucesor de la doctrina del papa», advirtió el historiador, y que por ello «está en condiciones de hacer un llamamiento de atención al papa». Desde su perspectiva, este tipo de discursos representan «una posición cismática», ya que implican disputar quién posee la verdadera ortodoxia religiosa. «Si alguien está en condiciones de ser sucesor del papa respecto de cuestiones de fe y doctrina, está en condiciones de decir que él tiene la ortodoxia», explicó Villacañas. Además, alertó que este tipo de mensajes funcionan como «un llamamiento a la desobediencia» y «a la desautorización», cuyo peligro aumenta debido al alcance global de las estructuras de poder desde donde se emiten.

«El fin de los tiempos»

Dentro de este panorama, también han surgido lecturas religiosas que interpretan el conflicto como parte de un escenario mayor, donde aparecen conceptos como el «Anticristo» o «el fin de los tiempos»; en ese sentido Villacañas menciona que «hay un sector de esta gente religiosa que quiere provocar el apocalipsis, o acercar el fin de los tiempos, para el regreso de su mesías», lo que genera una crisis más amplia.

En medio de estas interpretaciones, el conflicto deja de ser únicamente una disputa territorial o política y se transforma en una lucha en que la fe, la identidad y la historia se entrelazan de forma compleja. Más allá de quién tenga la razón, lo que queda en evidencia es que cuando la religión entra en la guerra no sólo se disputan tierras o recursos, sino también verdades, creencias y formas de entender el mundo.

En ese escenario, el riesgo no sólo está en la violencia visible, sino en la manera en que se justifica. Porque cuando una guerra se sostiene desde la convicción de que se actúa en nombre de algo superior el límite entre lo humano y lo inhumano se vuelve cada vez más difuso.

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