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Nuestros hermanos y hermanas migrantes

A todas las personas soñadoras, resilientes y confiadas que aman la vida a pesar del dolor, la dificultad y la frustración. Las nuevas oportunidades sí son posibles.

En un mundo cada vez más desigual y golpeado por la corrupción, la violencia, la individualidad y los intereses propios, y ante naciones cada vez más inestables, existen personas que sueñan con vivir en un mundo mejor; personas que, en busca de lo que sueñan, viven las peores experiencias al viajar en un tren expuestas a fríos o calores extremos y con riesgos de caer y sufrir fracturas de huesos, adquirir enfermedades, pasar hambre y vivir atracos, secuestros y desapariciones por parte de la mafia. A estas personas las llamo nuestros hermanos y hermanas migrantes.

Emprender un camino es un ejercicio que constantemente realizamos, sin embargo, emprender un camino fuera del lugar de origen para encontrar nuevas oportunidades es una experiencia de amor por la vida, por la familia, por la nación; aman tanto sus raíces y a sus familias que, a pesar de los desafíos y las dificultades que van más allá de los motivos que impulsan su camino, se atreven a dejarlo todo para construir un futuro esperanzador.

Una de mis principales reflexiones al estar en contacto con esta realidad es que la migración es generalmente multicausal porque encierra temas económicos, ambientales y políticos; necesita de nuestra solidaridad y no podemos estar al margen de aquellas personas que tienen que pasar por momentos extremadamente crudos y dolorosos. Los migrantes tienen nombre propio, tienen familias y son personas. Por estos motivos, la migración no debe ser vista de manera pluralizada, sino que es fundamental que nos involucremos en las historias particulares y únicas de cada persona, es decir, de manera singular.

Estar en contacto con la realidad migrante significa tener una de las experiencias más enriquecedoras para la vida, porque permite abrir los ojos y entender que existen personas más vulnerables que otras. En lo personal, tener contacto directo con la migración ha implicado dejarme edificar por cada persona que conozco y por cada historia que escucho, no sólo porque me dejo afectar y eso me lleva a salir de mi confort y estar más presente en esta causa, sino porque me permite comprender mi propia historia de salvación, el sentido de mi vocación y al mundo en el que vivimos.

Las personas migrantes son personas soñadoras. Una de las grandes invitaciones y enseñanzas que nos regalan es la de no tener miedo a soñar. Tener un proyecto de vida es fundamental para tener un horizonte que seguir, aunque ese horizonte en ocasiones se puede oscurecer por factores externos a los sueños propios. Los migrantes nos invitan a soñar, no como personas dormidas, sino como personas despiertas y de ojos abiertos. Quien no sueña corre el riesgo de perder la novedad que implica vivir y se arriesga a caer en una de las enfermedades más dolorosas para una persona: vivir en un sinsentido desesperado y no ver oportunidades de crecimiento.

La resiliencia es una de las principales características de quien emprende un camino. No es novedad que, en ocasiones, la vida golpea con mucha fuerza y los contextos sociales hieren aún más, sin embargo, no he conocido a un migrante que, teniendo fuerzas y a pesar de la crudeza de un camino incierto, quiera renunciar a sus deseos y objetivos. Quien decide regresar a su país o parar su viaje es porque sus fuerzas físicas y mentales se han agotado o porque fuerzas externas como la mafia o los agentes de migración no les han permitido continuar.

Lo más bonito que he podido reflexionar ha sido la experiencia de Dios que ellos tienen y transmiten. A pesar del dolor, la enfermedad y la incertidumbre, nunca dudan de la presencia de Dios. Confían tanto en Dios Padre que esa confianza que depositan en Él es lo que les permite caminar: «Con la ayuda de Dios, vamos a llegar». Los migrantes nunca van solos, van en compañía de Dios.

Sin duda alguna, los migrantes día a día edifican el Reino: «Nos obsequian un encuentro profundo con toda la humanidad, donde existe una verdadera solidaridad. Sacuden nuestra conciencia, demandando la misma dignidad, respeto y cuidado», como lo ha dicho el padre Alejandro Solalinde en su libro El Reino de Dios. Replanteamiento radical de la vida. Y no solo eso, sino que los migrantes, al ser una población vulnerable que padece el dolor de un mundo desigual, son ocasión para que el ser humano exprese lo mejor o lo peor de sí: se solidarice con sus necesidades y brinde una ayuda, o abuse de sus derechos y de su vulnerabilidad para beneficio propio, sin embargo, ellos son una de las principales preocupaciones de Dios y es Él quien nos invita a salir de nuestra zona de confort para salir al encuentro de nuestro hermano y hermana migrante.

Hoy, como en los tiempos de Jesús, el amor sigue actuando. Los migrantes no solo ponen a prueba nuestras capacidades de acogida y de solidaridad, sino que ponen a prueba nuestra experiencia de amar a nuestro hermano y a nuestra hermana, y ponen a prueba nuestra experiencia de ser cristianos en una cruda realidad.

Estamos llamados a no ser ciegos ante el dolor de muchas personas que hoy en día buscan nuevas oportunidades, y estamos invitados a dar lo que somos para contribuir a la construcción de un mundo más digno.


Foto de portada: La flota-Depositphotos

Un comentario

  1. Este escrito nos ubica, como cristianos, dentro de la realidad personal de aquellos que, en medio de todo, buscan recuperar su dignidad; una búsqueda que a veces sufre mutaciones porque no todas las ayudas son eficaces ni todas las intenciones son rectas.

    Es imposible ignorar, pues, que la migración se ha convertido en parte de nuestro «paisaje» y que la búsqueda de sentido de vida de nuestros hermanos migrantes debe ser una causa común a la nuestra, más aun, sabiendo que tenemos un mismo destino en Dios.

    Los movimientos internos y externos de la persona siempre agitan su entorno y es allí donde nos encontramos como hermanos y donde nos afilamos como seguidores de Jesús quien en su corazón siempre tuvo presente el exilio y el éxodo del pueblo de Israel, el Pueblo de Dios.

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