Bienvenido Isidoro, adiós, Isidoro

El 18 de julio de 2026, después de 20 años de la explosión de la Mina Pasta de Conchos, Isidoro Briseño Rios finalmente regresó con los suyos. Es el 26 trabajador que logra ser rescatado de la mina, propiedad de Grupo México, que explotó por pésimas condiciones de seguridad (los restos recuperados ahora lo demuestran), el 19 de febrero de 2006. Esta carta, que amablemente comparten con nuestra comunidad CHRISTUS, es el testimonio de lo sucedido en el funeral de Isidoro, rodeado de la familia que no dejó de pedir su rescate, y de las otras familias y personas defensoras, integrantes de la Organización Familia Pasta de Conchos, que les acompañaron. Agradecemos infinitamente que compartan con nosotros su lucha, alegría, dolor y esperanza. Todavía quedan 28 trabajadores por rescatar, siete por identificar y dos por restituir.

Ayer sepultamos a Isidoro. Terminó su turno 20 años y 5 meses después del siniestro en Pasta de Conchos. Recibieron los restos Choquito, su madre, y sus otros 3 hijos. Lo trajeron al Ejido La Mota, a la casa donde creció y vivió hasta casarse e irse a vivir a Barroterán. En una habitación con salida al enorme patio fue puesta su caja. Poco a poco llegaron muchos ramos y arreglos florales. Siempre estuvieron cuando menos cincuenta personas acompañando, para alegrarse por su regreso y lamentarse, llorando, por tanto sufrimiento, y despedirse, ahora sí, de frente.

Por la tarde, permanecimos un rato en ese cuarto acompañando a Isidoro: su madre Choquito, Yola, otra madre que recuperó a su hijo hace un año, Trini, que aún espera la recuperación del suyo, Elvira, que espera la de su esposo, Blanca, que irá por el suyo en dos semanas, y yo. Ellas hablaron de la edad que tenían sus familiares aquel terrible 19 de febrero: el mayor tenía 32 años. El rostro dulce y sonriente de Trini luce ya muy cansado, aunque su cuerpo se resiste a la inmovilidad pese al dolor en la cadera y las rodillas. Para ella y para Elvira la espera continúa sumida en la incertidumbre y el dolor. Aún así sonríen, y le sonríen a Choquito porque Isidoro ha vuelto. La situación de Blanca, en cambio, es diferente. Sigue esperando pero ya le notificaron que se ha identificado a su esposo e irá a recogerlo en dos semanas. La veo y también le sonríe a Choquito, con la complicidad que da el hecho de que su esposo Gilberto es primo hermano de Isidoro.

Sí, Choquito perdió a su hijo y a su sobrino, que llegará en un par de semanas, y eso significa, otra vez, que Choquito volverá a velar y a sepultar a un familiar. Las identificaciones se dan ahora en ese pedazo de tierra entre Villa de Esperanzas y Ejido la Mota. Hasta ahora han sido notificadas 4 familias en esa tierra tan pequeña, tan olvidada, tan de ellas, que nos explican que todos ellos estaban juntos porque trabajar juntos les hacía sentirse más seguros. Y, sí, los mineros prefieren estar con sus familiares o amigos muy cercanos. Sin embargo, esta necesidad de seguridad de los mineros multiplica el dolor y el sufrimiento de las familias a veces hasta el extremo, como sucede con Choquito o la familia Rosales que perdieron a tres miembros de su familia en Pasta de Conchos. Pero a veces, además, tienen la muerte de otros familiares en otras minas. Otra vez Choquito, que pierde a su hijo y un sobrino en Pasta de Conchos, perdió luego a un primo y otro sobrino en dos tragedias en las cuevas de Rancherías. Por eso en el velorio de su hijo Isidoro, hay otras viudas, otros huérfanos, otros hermanos, otras tías, otras madres.

El velorio transcurre entre sonrisas por la vuelta de Isidoro, pero también con la rabia contenida por estos más de veinte años de sufrimiento, incertidumbre, miedo y años de vida dedicados a luchar para que se le devolviera a su familiar.

Imagen: Organización Familia Pasta de Conchos

Ricardo Hernández Rocha, fue restituido hace unas semanas. Era el hermano del Güero Martín que como siempre que va a la mina y a las reuniones, en estos más de 20 años, trae un rico pan para el café. El Güero es increíble. Tiene uno de los huertos más bellos que cuida con otros mineros jubilados. Es la sonrisa personalizada y siempre está solícito para ayudar a caminar a doña Trini y cuidar los pasos vacilantes de Yola a quien siempre está vacilando. A doña Trini no la bromea, aunque ella se ría de lo que le dice a Yola. Hay mucha agua, jugos de sabor, café y cerveza. Conforme avanza la tarde y gana color y presencia la noche, llega más cerveza. Nos vamos cuando ya Choquito va al comedor de su casa a merendar algo. Se ve el cansancio en su andar, pero no dejará solo a su hijo en la última y única noche que podrá estar con él.

Hoy, casi a la hora en que ya saldremos al panteón, Choquito nos coloca un paliacate negro en el brazo a sus hijos y a mí, y Vero, su hija, hace lo mismo con los hijos de otros, con las madres de otros, con todas las personas que la estamos acompañando. Todos y todas iremos con ese paliacate que guardaremos en el alma.

Choquito se ve profundamente agotada y llora mucho más que el día anterior. Aferrada a una toalla blanca, que presiona contra su rostro, clama: ¡Ay, mi hijo del alma! La toalla apaga su grito. Aun así, el lamento se escucha hondo, grave y contenido porque la toalla le impide salir.

Había visto llorar a Choquito infinidad de veces. Pero hoy se escucha diferente. No se escucha como antes, cuando lloraba por la injusticia: cuando Grupo México, protegido por el PAN de Felipe Calderón y del PRI de Peña Nieto literalmente se robaba los restos de los 63 mineros para no ser señalado por las condiciones en las que mantenía a los trabajadores de la mina. Tenía que llegar la izquierda de AMLO, y luego de Claudia Sheinbaum, para poder pactar y permitir que fuera el mismo gobierno el que hiciera el rescate, pagado con nuestros impuestos (sin que la empresa aportase nada) y, más todavía, protegiendo a Grupo México para que no se le tocase ni con el pétalo de una rosa.

Choquito llora finalmente por su hijo del alma, por la terrible manera de morir bajo una viga que, sin separadores que debían de estar ahí por ley, le partió el cráneo. Hoy por fin puede llorar por su hijo del alma, por Isidoro. A él no había podido llorarle estos más de 20 años porque no estaba así, en una caja cargada por 4 hombres que lo llevan a la carroza fúnebre. Otra vez sale de su casa, pero no para vivir la vida, sino para enterrar su muerte.

Es el mismo llanto de María frente al hijo de su alma colgado de un madero. Ya no llora por la injusticia de su muerte, ni por la perversión de fariseos y judíos, ni por la indiferencia del pueblo. No, María llora por su hijo del alma. Y sin duda, en ambas mujeres que claman por su hijo, está el clamor de Dios por todos sus hijos e hijas.

Sentada junto a Choquito, poniendo mi mano en su cabeza y su hombro para tratar de animarla a levantarse para irnos al panteón, no puedo dejar de recordar internamente ese modo de ser de Dios que clama por sus hijos e hijas del alma. Ahí, en Choquito, en su clamor está el llanto de Dios por sus hijos del alma de Pasta de Conchos, Ayotzinapa, la guardería ABC, por las más de 130 mil personas a las que han desaparecido, por las de Gaza, Ucrania o Irán. En cada una de esas terribles situaciones, se escucha el clamor de Dios por sus hijas e hijos del alma.

Hoy vi llorar a Dios en Choquito, que lloraba por su hijo del alma.

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