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Marcela Turati, la misionera (anti)periodista

Como equipo editorial de la revista Christus, nos complace presentar una serie de entrevistas realizadas a mujeres diversas, con contextos y creencias distintas.
Consideramos que es necesario amplificar su voz, especialmente de aquellas que han sido relegadas, para poner atención a su experiencia tal como la cuentan. Estas historias pueden ser disruptivas en algunos casos, pero es primordial enfatizar sus proyectos y militancias de vida, y recuperar relatos llenos de esperanza. Necesitamos escucharlas para conocer más profundamente el mundo en el que estamos y la misión que se nos llama a vivir como Iglesia de Jesús, quien se ha encarnado en cada uno de nosotros.

Las siguientes historias no necesariamente representan la opinión de la revista. A través de esta serie de textos, esperamos contribuir al diálogo sinodal propuesto por el papa Francisco y destacar la necesidad de incluir voces diversas en la reflexión y acción pastoral de la Iglesia.

Si algo define a la periodista Marcela Turati es su forma siempre generosa de moverse por el mundo y, en el camino, y de forma muy sutil, también mover voluntades.

No hay un mes en el que Marcela no tenga un viaje en puerta para dar una conferencia, un taller o para recibir un reconocimiento por su trabajo. A su alrededor siempre hay gente esperando escucharla: un día en Barcelona, otro día en Bogotá o en la Ciudad de México, a la siguiente semana en Guadalajara. Así, en esa ruta peregrina fue como nos encontramos con ella para hacer esta entrevista, en la que la periodista nos cuenta una faceta poco conocida de su historia personal y reflexiona sobre su hacer, a la luz de estos 17 años de profunda violencia en México.

Hace más de una década que México es el país más riesgoso para el ejercicio periodístico. Del año 2000 a la fecha han asesinado a más de 157 periodistas, sin que haya justicia para sus familiares. El periodismo en el país atraviesa un momento de crisis. Ya no son sólo los medios de comunicación que no logran sostenerse económicamente, es también la fuerte precariedad del oficio, el riesgo de informar casi sobre cualquier tema y el constante contrapunteo que se lanza todos los días, desde de la narrativa oficial, que cuando no señala como enemigos a la prensa, tilda, sin aspavientos, de mentirosos o vendidos a las y los reporteros críticos que cubren la “mañanera”.

Pero allí, en ese mismo entorno de carencias y riesgos, han surgido otras formas de ver, entender y hacer periodismo: un periodismo que Turati cataloga de “antiperiodismo”, porque rompe con la lógica de la competencia por obtener la exclusiva de cierta información y busca, en todo caso, cuidar a las fuentes, hacer equipo, protegerse entre colegas y negarse a la tentación de publicar sin investigar, sin conocer datos, patrones y sin importar las consecuencias. Un periodismo en red, capaz de actuar frente a la crisis y en el que se van articulando afectos y modos de hacer.

“Es apostarle mucho por una pedagogía. Apostarle a que las noticias no sean sólo lo que pasó, sino buscar el dato que puede servir a las personas o alumbrar el camino de lo posible. Y que, ante esto que parece que no tiene remedio, se informe sobre qué sí se puede hacer. Es cuidar a la gente, cuidar a tus fuentes, cuidarte tú y cuidar a tu equipo de trabajo, y tratar de no abonar más a la histeria colectiva, sino pensar mejor qué información se necesita y cómo hacerla”, dice Turati sobre este periodismo a contracorriente, que además tiene que buscarse sus propios medios de financiamiento.

A Marcela le gusta ser autodidacta y siempre que puede organiza grupos de aprendizaje. Lo hizo en plena pandemia de covid–19, cuando nos convocó a una veintena de reporteros de todo el país a tallerear por zoom nuestros textos y aprender más de narrativa periodística. Lo hizo también en su tiempo de reportera del diario Reforma, a principios de la década de los dosmiles cuando, a falta de capacitación, se juntó con otros periodistas a leer y estudiar más sobre crónica. También buscó hacer equipo y aprender junto a otras amigas con las que fundó la organización Periodistas de a Pie, con una propuesta seria de hacer periodismo con enfoque de derechos humanos. Y luego lo volvió a hacer cuando fundó con otros colegas Quinto Elemento Lab, en donde acompaña investigaciones de largo aliento y ayuda a la formación de otros periodistas.

En los últimos cuatro años también ha coordinado el equipo de investigación periodística de A dónde van los desaparecidos, un medio de comunicación cofundado en colectivo y enfocado en la investigación sobre lógicas de desaparición de personas, y en el que participa un grupo amplio de periodistas de diversas regiones del país.

Marcela se describe a sí misma como “una mujer de fe”; una “apasionada del tema de derechos humanos”, que ve al periodismo como “una misión” y en el que, a pesar de las circunstancias, ser pregonera de la buena nueva siempre es posible.

“Es la forma que tengo o que existe para anunciar que otras formas pueden ser posibles; que otros mundos pueden ser posibles. Es un periodismo en el que se puede ayudar, donde se pueden cambiar cosas y que es una opción por los que sufren. En mi caso, es una opción por las víctimas de las distintas violencias y específicamente por las familias de las personas desaparecidas. Siento que es mi trinchera, desde donde intento cambiar el mundo, pero también es una misión”, dice.

Le pregunto qué balance hace como periodista, como mujer y, de alguna forma, también, como activista, de este tiempo de mucha oscuridad.

—Como periodista siento que la violencia cambió mucho al periodismo.O sea, nos cambió mucho, nos delineó nuestra identidad, nuestra forma de hacer periodismo.  Reconfiguró una forma súper diferente de lo que pensábamos en el periodismo y nos hizo tomar bandos.

”Hoy es muy claro los que están a favor de la propaganda oficial y los que estamos más preocupados por las víctimas o por las consecuencias de esto.

”Al principio de la guerra era muy difícil entender qué estaba pasando. Hicimos lo que pudimos con las pocas herramientas que teníamos. Y tratamos de contar lo que estaba pasando sin saber qué estaba pasando y con el lenguaje que tuvimos.

”Hoy ya es más claro, y es obvio que esta guerra contra las drogas no era tal, o sea, que no era como una guerra contra los cárteles, sino que estamos en un Estado que no sólo fue capturado, sino que hay redes criminales de las que forma parte, junto con empresarios, políticos y crimen organizado, lo que sea que eso sea. Y que ha sido una guerra entre todos por disputarse el mercado, por disputarse el control del territorio y a la población. Cada vez tenemos más evidencias de eso y abruma demasiado. Ahora implica tener mucho más conocimientos que antes. Ya no podemos hacer una nota muy sencillita porque implica tener bases de datos, observar patrones, investigar más. Ya sabemos más cosas, pero también cada vez más peligroso contar, entonces eso nos obliga todavía más a trabajar en colectivo y buscar otras formas de hacer.

Una adolescencia “editada”

Marcela se ríe cuando recuerda su infancia y adolescencia en Chihuahua, en plenos años ochenta. Hija de un matrimonio católico y muy conservador, fieles al Movimiento de Cristo Rey, de siete hijos, Marcela fue la única mujer. Estudiaba en un colegio de religiosas, le gustaba pregonar sobre el evangelio, sobre la virginidad, sobre las apariciones de la virgen en Medjugorje, Yugoslavia, y sus milagros.

—Desde niña yo quería ser religiosa. Fue algo que me marcó desde muy chica —confiesa—. Me gustaban mucho las clases de religión. Yo siempre quería ser misionera, era como mi sueño. Leía Esquila Misional, leía la revista Aguiluchos. Y me tomaba al pie de la letra todo lo que decía el evangelio. Lo que me enseñaban que decía el Evangelio. Me acuerdo que yo predicaba —hoy me da risa—, a las demás alumnas, que teníamos que hacer ayuno y oración. Y que teníamos que dejar de comer en el recreo y mandar dinero a las misiones. Era mucho de lo que veía en mi casa y de lo que yo iba leyendo.

A los 18 años, cuando terminó la preparatoria, Marcela le pidió a las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado si podía irse de misiones con ellas. Su primera parada de seis meses fue en la sierra Tarahumara.

“Acaba de fallecer el obispo [José] Llaguno y empecé a escuchar sobre él, que era piloto aviador. También cononocí al jesuita [Ricardo] ‘Ronco Robles’, descubrí que [Javier] el Pato Ávila era amigo de mi papá. Era como que un rollo bien diferente, como de libertad.”

Su camino misionero la llevó también a Estados Unidos: primero a San Antonio, Texas, en donde trabajó con hijos de migrantes indocumentados mexicanos. Luego en San Luis, Missouri, con las hermanas de la Madre Teresa.

Las misiones religiosas fueron su primera aproximación al mundo lejos de casa. “No había tantas normas —dice—, descubrí que había otro tipo de espiritualidad. Ahí descubrí todo lo que había pasado con Monseñor Romero. Recibía la revista Maryknoll. Conocí monjas que querían ser sacerdotisas. Obispas. Feministas. Y también eso me cambió mucho.”

Marcela cuenta que en su casa solamente había libros de política y religión, pero mucho de la historia de México estaba “editada”. Fue hasta la universidad cuando cursó la licenciatura en Comunicación, en la Ibero de la Ciudad de México, que supo del movimiento estudiantil del 68, también de las Leyes de Reforma de Benito Juárez, al que odiaba sin saber por qué.

“Yo venía como de otro planeta”, dice de nuevo entre risas, cuando recuerda que para ella era muy extraño escuchar malas palabras, conocer sobre drogas o ver películas con escenas de sexo. “El shock cultural fue muy fuerte”, reconoce.

Su último semestre de universidad lo hizo a distancia, en la comunidad de Chinameca, Veracruz, trabajando en una radio indígena. En ese tiempo se hacía fuertes cuestionamientos sobre su futuro: ser monja, ser defensora de derechos humanos o periodista.

“Ganó mi ala periodista”, dice con seguridad. Pero, a la luz del tiempo, la promesa de esa Marcela se torna cada día más densa. Hoy la periodista se resiste a normalizar la violencia y procura, pese todo, mantenerse en la línea de la esperanza y “sostener viva la indignación”.

Horizonte de audibilidad

Marcela dice que está contenta. Hace dos semanas entregó la última versión de su libro que trata sobre las masacres a migrantes indocumentados en San Fernando, Tamaulipas, en el año 2011. Ese caso lo reporteó de cerca. De hecho, cuenta que tiene una maleta llena de libretas, apuntes, recortes e información sobre las fosas clandestinas en donde se hallaron los restos de más de 190 personas. La experiencia con ese caso ha sido agridulce; escuchar y transmitir tantos relatos de dolor también ha tocado otras fibras.

—Te acostumbras a la violencia y más, escuchando a tantas víctimas —dice—. De repente sí hay momentos en que siento que ya no puedo escuchar tanto dolor, que son tantos años. A veces yo noto en mí que ya no me conmuevo, que siento que ya lo escuché todo y de repente me siento saturada, pero constantemente estoy buscando qué hacer para seguir escuchando y para de eso aprender.

”Agradezco mucho todos estos años cubriendo a familiares de personas desaparecidas, acompañando, escuchando, porque yo digo que las mamás con hijos desaparecidos me han humanizado y me cambiaron mi biografía; me han enseñado mucho. Me enseñan lo que es el amor, me conmueven y siento que son la luz hoy en México de lo que se puede cambiar. Ellas van hacia adelante, están poniendo el cuerpo para hacer los cambios que se necesitan, para recordarnos que hay una guerra contra el pueblo. Quiero estar a la altura de diferentes formas, no siempre puedo estar igual, a veces sí me saturo, y pues bueno, resisto a eso, a no normalizar.

Le pregunto a Marcela en dónde está puesta su esperanza y su respuesta no tiene filtros: “En el trabajo periodístico”, porque en ese hacer cotidiano, que a veces siente que “no vale la pena, que parece repetitivo, que parece que nadie nos lee, que a nadie le importa, para las víctimas es importante —explica—, porque para ellas es importante que toda la sociedad sepa lo que les pasó”.

Marcela está convencida de que el periodismo que hoy hace en colectivo “es una especie de comisión de la verdad en tiempo real”. Y que cada pieza y cada nota que hacen bien “es un ladrillo para el futuro”, para que cuando pueda haber justicia “las notas puedan ser el ladrillito para reconstruir lo que pasó, para explicar un periodo o para devolverle la identidad a una persona desaparecida”.

Turati apuesta a que en ese futuro anhelado exista un “horizonte de audibilidad”, que explica como ese momento, surgido de la memoria colectiva, “en el que la gente pueda escuchar sobre todo esto que estamos viviendo (…) y ese día se pueda tomar conciencia, cambiar el futuro, hacer justicia, o al menos conocer un poco de la verdad que hace tanta falta. A eso es a lo que le tiro”.


Foto de portada: Rafael del Río-FIL Guadalajara.

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