Magnifica humanitas: edificar hoy en el bien

El siguiente texto es el prólogo contenido la publicación Magnifica humanitas editado por Buena Prensa, se reproduce con su autorización.

Edificar hoy en el bien:
el desafío de sostener la dignidad humana en la revolución tecnológica

El 15 de mayo de 1891, el Papa León XIII promulgó la encíclica Rerum novarum (en latín: «las cosas nuevas») con la que inauguraba un estilo de magisterio papal que reflexionaba sobre las novedades que iban cambiando el modo de organizarnos, social, económica y políticamente, en el mundo. El 15 de mayo de 2026, León XIV firmó su primera encíclica, Magnifica humanitas («la grandeza de la humanidad»), siguiendo esta tradición de su antecesor y reafirmando la necesidad de reflexionar y responder a la revolución tecnológica que las ciencias cognitivas, la robótica y el complejo entramado de dispositivos y sistemas que llamamos Inteligencia Artificial (IA) han iniciado y que está transformando nuestra vida en todas sus dimensiones.

El Papa propone la encíclica como un ejercicio de discernimiento espiritual y moral de la nueva situación. Para ello, desde la introducción y acompañada de dos imágenes que representan dos modos opuestos de construir la sociedad, pone delante la vocación que reúne a toda la humanidad en un mismo camino: edificar en el bien. Ésta será la brújula y estrella que guía todo el discernimiento y constituye también la invitación para quienes quieran unirse a ese diálogo, dentro y fuera de la Iglesia, reiterando, en diferentes momentos de la encíclica, la importancia de que sea éste un diálogo compartido, respetuoso de la particularidad de cada persona, ciencia, cultura y disciplina, centrado en el cultivo de las cercanías personales para comprendernos no sólo desde los datos y la eficiencia del proyecto, sino también en la capacidad de compartir afectos, dolores, esperanzas e intentos. Para abrir este diálogo, León XIV pide con vehemencia: detengamos la construcción de esta «enésima Babel», para buscar el espacio y la ocasión de unir las fuerzas y edificar en el bien.

Para lograrlo, el Papa propone cuatro ejes que dan tono y orientación al resto de su encíclica. Destaca la formulación del segundo eje por su claridad y novedad: aceptar los límites y la fragilidad humana sin considerarlos un error a corregir. Frente a los proyectos que alimentan la construcción de Babel, transhumanistas y poshumanistas, sostenidos en una pretensión de optimización de la humanidad, León propone reconocer en el límite la posibilidad de la cercanía y la solidaridad, de la necesidad y la acogida, de la gratitud y del anhelo de la construcción conjunta. El límite no es para ser superado o corregido, pues la prisa que acompaña esa pretensión oscurece la verdadera realidad de las personas y de la convivencia que podemos formar. La gran tentación es creer que esa prisa es necesaria y que la capacidad técnica para atender a su exigencia es razón suficiente para considerar que es ése el mejor modelo para nuestras sociedades, evitándonos el farragoso trabajo de construir espacios para un diálogo que pueda detenerse, considerar las aristas de las situaciones, hacer entrar en la conversación a los más débiles y cuestionar las posibles soluciones y el camino necesario para incluirnos a todas las personas como agentes activas en ese itinerario de humanización. Se trata de presentar la «grandeza de la humanidad» que, a imagen de Cristo, es relación y comunión, capaz de crear sus propias relaciones y la lógica que las rige, desde el anhelo del cuidado mutuo y el florecimiento de todas las otras personas en el mismo mundo, nuestra Casa Común.

Portada de la encíclica editada por Buena Prensa

Aunque la encíclica propone abordar los grandes desafíos contemporáneos, distintos ciertamente a los que ha habido en otras épocas, el Papa no quiere dejar de reconocer la herencia que late en la entraña de su enseñanza. Por eso se inserta, y nos inserta si aceptamos participar también en ese diálogo, en la tradición ya centenaria de la Doctrina Social de la Iglesia, reconociendo en ella un ejercicio constante y dinámico de reflexión. Mientras recoge sus fundamentos y principios básicos, a la luz de la historia que ha podido hacer desde finales del siglo XIX y hasta hoy, la reconoce como un «camino de discernimiento comunitario» (27), donde participan diferentes personas con funciones, vocaciones, culturas y tradiciones diversas para, apoyándose y enriqueciéndose mutuamente, identificar «lo que realmente promueve la vida de las personas y de las comunidades» (23). El ejercicio hace necesario el reconocimiento de la autonomía de las realidades terrenas, sin embargo, susceptibles de ser iluminadas por los anhelos y búsquedas que el amor ha puesto en los corazones de las personas. Como apuntará al final de la encíclica, la recuperación del corazón para poder mirar más integralmente todas estas realidades es uno de los pasos fundamentales en este camino que inicia con el derecho a preguntarnos «¿qué estamos construyendo?», para que los creyentes reconozcamos que «debemos y podemos elegir en qué proyecto trabajar y con qué estilo, para custodiar y valorar la magnífica humanidad que nos ha sido brindada como don» (90).

Desde esta perspectiva, propone ir más lejos de paradigmas convencidos de que la lógica de la eficiencia, del control y de maximización de beneficios son el único destino marcado en la naturaleza humana. Es la absolutización de estos paradigmas lo que nos convence de entregar el control a los agentes económicos y tecnológicos que determinan hoy las condiciones de acceso, las reglas de la visibilidad y las posibilidades de participación que se imponen en los ámbitos de nuestras relaciones interpersonales y sociales. Es ahí donde, en la encíclica, aparece el riesgo de la IA, que se reconoce como instrumento potentísimo de manejo de datos que permite amplificar la facilidad en la obtención de resultados, supuestamente objetivos y que simulan la comunicación humana, pero señalando el riesgo de su seducción cuando nos persuade de conformarnos con sus resultados y evitar el cuestionamiento crítico de los sesgos escondidos en su programación (que ni siquiera los programadores pueden reconocer totalmente) y la reelaboración de lo obtenido desde nuestras propias experiencias, que pueden integrar variables de compasión, curiosidad, inclusión de los que no se ven, etc. Por ello es necesario construir una ecología de comunicación que nos transparente los criterios de visibilidad y selección de contenidos, protegiendo la personalidad en la comunicación y el fortalecimiento del trabajo de investigación y crítica de la academia y de la prensa, así como organismos intermedios locales y globales para favorecer un verdadero cuidado de la verdad y la confianza que es fundamento necesario para la auténtica comunicación y la necesaria comunión.

Pero la encíclica no se queda en la mera consideración de la herramienta, sino que también avanza en la evaluación crítica del mundo que con ella se produce, particularmente sus consecuencias en la producción de los mundos del trabajo, los visibles marcados por la imposición de decisiones y prioridades invisibles que rigen la construcción de todo dispositivo técnico. Son estas decisiones y prioridades las que tienen que hacerse visibles y revisables, para poder reparar las dificultades que esas decisiones implican, por ejemplo, en la implementación de sistemas de trabajo, y para poder recuperar el dominio sobre los límites y ritmos que tenemos que imponer a los procesos para atender a la inclusión y la participación de todas las personas, para que todas puedan florecer en nuestras sociedades. También hace presente el trabajo invisibilizado de tantas personas que sostienen el funcionamiento de los sistemas que hacen posible la IA (y que da lugar a formas contemporáneas de esclavitud, como la trata de personas), y la carga medioambiental que nos impone a las personas humanas y las criaturas no humanas, y que no suele ser discutida cuando se propone su uso. El reconocimiento del trabajo como espacio de dignificación, y no como mero instrumento en los procesos productivos, exige una alianza de actores, donde la participación de los mismos trabajadores y sus organizaciones es fundamental, exige cuidados que permitan prevenir y reparar la erosión de la capacidad de obrar, creatividad y participación de las personas por el privilegio de los ritmos tecnológicos.

La encíclica nos pone finalmente en la agustiniana disyuntiva sobre lo que queremos construir: una cultura del poder o una civilización del amor. La segunda habrá de superar la dependencia que se impone a los pueblos, para formar y promover personas y comunidades capaces de decidir cómo se utilizarán los datos que se extraen a través de estos dispositivos tecnológicos, lo que implica un cuidado de mantener una atención libre y no dirigida, una comprensión creciente de la cadena de mediaciones que está detrás de toda respuesta de la IA y la ampliación de espacios donde se puedan cuestionar, especialmente en nombre de las personas más invisibles, las generaciones futuras, la Casa Común y los ámbitos que les permiten florecer. Se trata de transformar «la interdependencia padecida en una solidaridad deseada y elegida» (187) como criterio fundamental de discernimiento en esta sociedad tecnológica que ahora vivimos.

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