
El 15 de mayo de 2026, León XIV firmó su primera encíclica, Magnifica humanitas («la grandeza de la humanidad»), siguiendo esta tradición de su antecesor y reafirmando la necesidad de reflexionar y responder a la revolución tecnológica que las ciencias cognitivas.

La encíclica va sobre el corazón de Jesús y el desafío que Francisco lanza a toda la Iglesia –porque sí, quizá su repercusión será más ad intra– es vivir con corazón en una realidad que parece haber olvidado la capacidad de compadecerse en las lágrimas de quien todo lo pierde por el ídolo ególatra de la autoafirmación.

No es novedad que las embestidas están a la orden del día. Lo que sí sorprende es su intensidad, su fuerza destructora, su liviandad.

La historia nos coloca constantemente ante situaciones originales e inesperadas, a veces para construir esperanza, y otras veces para lo opuesto. Del 11 al 13 de abril del 2016 se dio uno de esos hechos sociales relativamente «originales», con trascendencia histórica, que nos parece podría abonar algo, si prospera en el largo proceso de la humanización de la especie, del que las iglesias, de alguna forma, han sido parte positiva y no tanto.