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Sus ojos quedaron abiertos en una dirección que se perdía entre las nubes. Aun cuando lo pusieron en la tierra seguían así, tal vez porque se habían quedado fijos por la sangre, el polvo, el sudor y el rictus de dolor que se quedaron pegados a su piel. Había gritado un poco antes de morir y había hecho el esfuerzo de levantar la cabeza un poco, sólo para poder mirar allá. ¿Esperaba ver a alguien que viniera a recibirle? ¿Estaba elevando una plegaria que esperaba ser escuchada? ¿O, al contrario, era Él quien recibía a quien venía, a su Padre, cargado de tanto dolor y todas las heridas, por tanto dolor y tantas heridas infligidas a sus hijas e hijos?

Estas tres preguntas hoy me reflejan el misterio que el perdón me plantea. Un misterio que, con sus preguntas, tiene una sola certeza: esos ojos que quedaron abiertos trazando hacia el cielo, hacia el Padre, una vía, un camino, que no sé si es de ida o es de vuelta, o tal vez los dos y al unísono.

Ése es el camino del perdón.

«Un misterio que, con sus preguntas, tiene una sola certeza: esos ojos que quedaron abiertos trazando hacia el cielo, hacia el Padre». 

Por él sube la oración del que dice «En tus manos encomiendo mi espíritu», lo mismo que del que clama «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». En la misma vía y con la misma dirección parecen moverse ambas plegarias, marcadas una y otra de tan distinta emoción. La mansedumbre y completa confianza de la primera no contradice ni discute la audaz esperanza de la segunda que espera que quien le abandona, sin embargo, le responda. Una y otra se dirigen a la misma persona, y esperan de ella su acogida, su respuesta, su presencia. Saben, ambas, que sólo de ahí viene la vida, la de a deveras, la que nadie puede darle o quitarle al que así espera, sino aquél a quien espera. En esas plegarias el perdón se vuelve libertad, liberación de todo sistema que prometa, a cambio de sacrificios, la vida, porque queda patente su absoluta impotencia de cumplir esa promesa.

Los ojos abiertos en la dirección de esos gritos dan testimonio de la ruta, entonces, de la esperanza. Es esa misma dirección de la mirada donde se pueden colocar nuestros ojos, deseosos de la misma libertad que ahí se ostenta, para poder llevar adelante nuestros esfuerzos porque llegue y se comparta la vida de a deveras. En el camino que esos ojos abren podemos localizarnos: localizar este gesto que también dice: «En tus manos encomiendo mi espíritu», pues nada más sino el Padre puede asegurarnos su fruto, cuando está rodeado de tan terrible violencia y parece ser condenado a la impotencia; localizar estas palabras que intentan consuelo, al tiempo que repiten en silencio ese «¿Por qué me(nos) has abandonado?», porque no se ve por dónde pueda llegar este consuelo en circunstancias tan tremendas; localizar ahí el sacramento celebrado en circunstancias desesperadas: cuando se levanta el cáliz, el mismo que se levantó unas horas antes de que los ojos quedaran fijos hacia el cielo, o se unge con aceite el cuerpo moribundo o ya muerto; cuando la oración de una madre, un hermano, un amigo, pide que el victimario renuncie a su violencia y pueda liberarse de ésas sus cadenas para encontrar una manera de traer y vivir la paz («Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen». «Señor, no les tomes en cuenta este pecado»). En el camino abierto en esos ojos se colocan estos gestos, estas palabras y encuentran un lugar donde, con Él, pueden esperar también acogida, presencia, respuesta. Su lugar se vuelve entonces infinito, estando enraizado y colocado en estos cuerpos, en esta tierra, en estas heridas tan profundas, en oscuridades e impotencias. Paradoja del perdón que libera.

Localizados ahí se liberan nuestros intentos, y desde ese lugar se puede volver a frecuentar el gozo de la plegaria compartida, del canto que mira delante, de la proclama que anuncia nuevos pasos que dar, de la historia que recuerda los sueños, de la que se atreve a soñarlos de nuevo. El perdón no es sólo resistencia. Es también ocasión de recibir la fiesta, porque ésta, más que hacerse, se recibe de la alegría que nos la demanda en el corazón; es ocasión para armar la comunidad, para buscar los acuerdos, para organizar la vida en común, para iniciar el rosario, para levantar la mirada, para descubrirnos mirando hacia el mismo lugar, y luego, unos a otros, también, porque es lindo mirarse cuando nos amamos tanto y así. Es el lugar en que se fraguan los niños, cuando tantas personas dicen que es irresponsable traerlos a un mundo de tanto dolor, y también es el lugar donde se esfuerzan en cuidarlos, atenderlos y enseñarles a soñar, a rezar, a esperar vida, amigos, fiesta, trabajos… vida de a deveras.

Hasta aquí sólo dos preguntas he abordado. Ésas de las que ya había experimentado, gracias a Dios y a la comunidad que me ha recibido, muchas veces en su vía y su esperanza de respuesta. Gracias a los pobres que me han ayudado a soñar con ellos, caminar con ellos, trabajar y celebrar la fiesta con ellos. Gracias a los enfermos, a Evi, a Lulú, a Ilse, a tantas y tantos que me han enseñado el valor de su lugar, donde duele, pero también donde esperan hacer la vida, con todo y su dolor. Gracias a quienes los acompañan, haciendo por cuidarlos con todos los deseos y las debilidades de su cuerpo y su corazón. Gracias a quienes aman, cuando amar parece muy difícil, cuando se han apagado las luces claras de los primeros tiempos y se esfuerzan por encontrar nuevos motivos para no abandonar las ilusiones y los caminos que un día dieron alegría y esperanza. Con ellos, con ellas, siento esos ojos abiertos y espero, en esa misma dirección, que el Padre se haga presente, que responda y que venga.

Hoy, al decidirme a escribir estas líneas, me sorprende la otra pregunta. La tercera. La de un Jesús que no solamente tiene los ojos abiertos expectantes, buscando que el Padre venga a perdonar y a dar a este mundo y a él mismo la vida de a deveras, la que tanta falta nos hace. De pronto, contemplo a Jesús con sus ojos abiertos, mirando, no nomás quedando como signo de un camino abierto por su mirada que se pierde entre las nubes, sino mirando al que viene entre esas nubes, desde el cielo, o desde lo más profundo de la Tierra, cargado de un dolor infinito, de heridas sin cuenta, de todas los dolores y las heridas de sus hijas, de sus hijos, incluso las que no puede ni siquiera prever o imaginar el que así le mira. Viene pidiendo ser recibido por aquél que está en la cruz: pidiendo un lugar en su corazón, todavía amante, todavía vivo, todavía deseoso de recibir a todo doliente, a todo el que sufre, a todo herido, para atenderlo, sanarlo, cuidarlo y regalarle tiempo, atención y cariño. «El amor no es amado», decía Francisco, pero aquí, en la cruz, sí lo fue, y esa historia puede repetirse una y otra vez en nuestra Tierra. Fue esa repetición la que Francisco, que decía que «el amor no es amado», quiso intentar. Y otros lo siguieron también.

Veo al Padre que viene cargado de heridas, pidiendo al Hijo que le abra la puerta. Pidiéndole reconocer que, aun en la cruz, todavía tiene ese deseo de recibir, de darle entrada, de atenderlo cuando lo encuentra herido, de subirlo a su montura y de llevarlo a la posada más cercana, para curarlo, para darle su vida entera. Es el deseo samaritano del Hijo, que movió su corazón todos esos años, y del que el Padre viene ahora a decirle que no se ha perdido y no ha de perderse, que puede seguirlo deseando y haciendo realidad, con él, con sus hermanas, con sus hermanos, con todo herido, con todo doliente, con toda persona que haya sido abandonada a la vera del camino. Y es que ese deseo se necesita tanto, y todas las heridas que el Padre carga, todos los dolores que por sus hijos e hijas le aquejan, reclaman que exista ese deseo de cuidar, atender, proteger, amar.

Foto: © Lucía Ceballos y Spina, Cathopic

Ahí también el perdón libera. Porque perdón significa dar en demasía, dar más de lo que había y parecía que se agotaba, renovando la fuente de la que eso brota. Así se renueva aquí el aliento con que el Hijo desea recibir al Padre en sus hermanos y hermanas, en los heridos del camino, en los que pasan hambre, sed y añoran justicia y paz. Es ahí donde el Padre le ha visitado antes cargado de heridas, cuando todavía no le imponían la cruz, y ahí también donde ahora lo visita en esta hora postrera que ya no ha de pasar. Las heridas del Padre reconocen que en ese cuidado el Hijo gastó, en vida, todos sus alientos. Y ahora, es precisamente en el último aliento (en ese que no termina porque las heridas del Padre lo necesitan tanto que reclaman que exista) donde quiere recibir al herido que se acerca. El Hijo recibiendo al Padre, cargado de heridas y dolores, cuando el Hijo se encuentra también cargado de heridas y dolores. Las heridas piden el aliento que sostiene la vida de quien las pueda y quiera recibir. Esa petición es resurrección, otra palabra para decir perdón, porque da un poco más de vida, un poco más de fuerza, para que no se pierda la oportunidad de curar la herida (oportunidad que en griego se dice kairós, tiempo bueno), es decir, para que se abra otra vez, una y otra vez, la ocasión de atenderla. Las heridas del Hijo llaman al Padre a cargar con ellas, recibirlas y curarlas en cuanto pueda; las heridas del Padre llaman al Hijo a también acogerlas y hacer lo que siempre ha querido: curarlas en cuando pueda. Uno y otro se dan tiempo para este encuentro, uno y otro se piden curación, uno y otro se reciben, se atienden y se ponen a la tarea de curarse, uno al otro, y en el otro a todas las personas que ahí se encuentran.

Foto: © natilanfranqui12_, Cathopic

No es un encuentro desigual entre un fuerte y un débil condenado por su debilidad; es el encuentro amoroso de dos débiles, lastimados por la debilidad que comparten con todos los débiles de la Tierra (único principio que nos hace comunidad), unidos en esa estructura de petición y acogida, que es la estructura del ejercicio del perdón y otro nombre de la paz, cuando se piensa como actividad y no como un estado primero o final.

«En ese aliento se encuentran el Padre y el Hijo, y en ese aliento también nosotros nos encontramos en ellos». 

El perdón es aquí aliento, que se comunica de persona a persona, de boca a boca. Aliento, Ruah, comunicador. El perdón se hace presente en cada comunicación que imita y recrea ésta del Padre y del Hijo, fuente profunda de todo lo bueno. Ahí aparece el perdón alentando, dando luz para que brille el gesto, y que todos los corazones que sepan captar su luz, su brillo, su gloria, tan distinta a la que se anuncia con trompetas de poder y lamparones, puedan ahí animarse y descubrirse hechos del mismo amor, de la misma carne, de la misma madera. Descubren que son corazones también de una carne vulnerable, frágil, con heridas y con capacidad de todavía ser herida más. Es la misma carne del Hijo, la misma carne del Padre, la que nos comunica. Carne que llama a carne, y en el llamado que comunica las carnes dolientes y heridas se está fraguando el gozo y la fiesta de la comunión, que empieza cuando una carne responde, con todo y sus heridas, a las heridas de la otra, para consolarlas y ungirlas con aceite, para darles otro destino y quitarles su condena.

En ese aliento se encuentran el Padre y el Hijo, y en ese aliento también nosotros nos encontramos en ellos. Nosotros, que somos fruto del aliento que abre una y otra vez la oportunidad de poder y querer curar las heridas. Nosotros, que somos el Hijo, repitiéndose una y otra vez, en cada uno de los gestos que atienden a quienes han quedado, lastimados, lastimadas, a la orilla del camino, cuando también los que atienden cargan y se duelen de sus propias heridas. Nosotros, que también somos recibidos y curados por otras personas, igualmente heridas y lastimadas, que pueden y quieren recibir el llamado del Padre y del Hijo. Ahí reconocemos nuestro verdadero nombre: perdonados. Recibidos en una vida que abunda en aliento, porque se renueva siempre, una y otra vez, cuando el amor, cargado de heridas, puede ser amado. Y como ese poder lo demuestra para siempre la mirada del Crucificado, que también pide ser recibido, que también pide ser acompañado, podemos confiarnos en que también podremos nosotros recibir poder de amar al no amado, para ser muy de deveras lo que somos: los perdonados. 

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