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Frente a la cuestión ecológica, “el desafío es dominar la esperanza” entrevista a François Euvé, S.J. 

“El dominio de la esperanza” es para François Euvé, jesuita francés y director de la revista de teología Études, uno de los principales desafíos en tiempos actuales, en los que la humanidad se juega su propio destino frente a la crisis climática. 

Un librero con más de 200 tomos de pasta dura, dispuesto en una pequeña oficina sobre la calle Assas del centro de París, da cuenta de la historia de la revista Études, editada mensualmente desde el año 1856. Los más de 166 años de tradición editorial están reflejados en esos números antiguos y resultan un tesoro cargado de saber teológico. Pareciera que, a pesar de los años y en un país dominado por una idea más bien laica del hombre, sigue vigente la reflexión de asuntos sociales y culturales desde la fe. 

Desde el año 2013 François Euvé, físico de formación y teólogo jesuita, dirige esta publicación; su trabajo intelectual ha hecho énfasis en las intersecciones de la teología y la ciencia. Entrevistado a propósito de su libro Teología de la ecología, una creación a compartir (Salvator, 2021), Euvé hace un repaso de la tradición cristiana sobre la cuestión ecológica y es tajante al decir que al cristianismo “le toca ampliar los márgenes de su propio humanismo”, si lo que busca es vivir en mayor armonía con la naturaleza y en concordancia con la idea de Casa Común, propuesta por el Papa Francisco en la encíclica del Laudato Si’ en 2015. 

Euvé habla de manera pausada pero con total diligencia. Sus palabras reflejan preocupación por el devenir de la humanidad y sobre el papel que desempeña la espiritualidad de cara a la ciencia. En uno de sus ensayos, publicado en la revista jesuita La Civiltà Cattolica, ha dicho que el futuro “se ha vuelto mucho más incierto, menos predecible, la caída de las grandes utopías ha hecho fracasar la esperanza de una transformación profunda del injusto orden del mundo. Peor aún, empezamos a darnos cuenta de que los sistemas adoptados para mejorar la vida, derivados del progreso científico y técnico, incluso los ideológicamente más ‘neutrales’ (a diferencia de las utopías), se tornan al final en contra de la humanidad”. 

La apuesta, entonces —dice— “se torna un desafío” desde la cancha de lo espiritual. En sentido Euvé traza, en su libro, un itinerario de aquello que, desde la tradición cristiana, se ha planteado sobre el tema de la ecología, examina la relación del hombre con su entorno y profundiza sobre el planteamiento teológico de la creación, con el que propone redescubrir la relación de la humanidad con la naturaleza.  

A decir del también profesor del Centro Sèvres, universidad jesuita de teología y filosofía en París, la esperanza en estos tiempos puede orientar la toma de decisiones: “El cristianismo debe alimentar una esperanza profunda, que no sea solamente un progreso tranquilo, sino la convicción de que otro mundo es posible”. 

¿Cuáles son los desafíos de la Iglesia Católica a la hora de encarar el tema de la ecología y la crisis climática? —se le pregunta—. 

La ecología es un tema que nos concierne a todos y a todo el mundo, en primera instancia. La otra pregunta a saber es qué ha dicho o que ha hecho la tradición cristiana a propósito de la cuestión de la ecología. 

La tradición cristiana en relación con las otras tradiciones religiosas no es la más sensible, en lo inmediato, a la dimensión de la ecología. Porque la tradición cristiana pone mucho el acento en la persona humana por encima del medio ambiente. Por ejemplo, las religiones más tradicionales o las asiáticas como el hinduismo y el budismo son mucho más sensibles a la dimensión cosmológica de la vida humana. 

Eso debe obligarnos a convertirnos, a tomar conciencia sobre que, en tanto personas humanas, nuestra existencia depende de Dios, claramente, pero también está en dependencia con otros componentes de la naturaleza. Debemos poner eso en consideración. 

La pregunta se agrava, por el hecho de que el pensamiento moderno pone el acento en el humanismo, en la persona humana y sus libertades. Y que eso que existía dentro del cristianismo, antes de la modernidad y, que tenía que ver con la relación con lo animal y lo vegetal, probablemente esté perdido. 

La apuesta es a redescubrir esa dimensión de la existencia, que es la relación con lo vivo y que lo encontramos, por ejemplo, en Francisco de Asís, que manifiesta la importancia de lo animal y el cosmos en su conjunto.  

La crítica que hace del hombre y su relación conflictiva con el entorno, permite ir punteando un nuevo paradigma de lo humano, ¿cómo la entiende usted? 

Creo que lo verdaderamente necesario es poner el acento en la dimensión de lo relacional, es decir: desarrollar una antropología de la relación. Relación no sólo con los otros humanos sino relación de la esperanza con lo animal, lo vegetal, el cosmos y su conjunto. Realmente tomar conciencia del carácter central de la relación que lleve a la existencia humana. Es ese el eje que hay que desarrollar. Sin restar importancia a la libertad de la persona, no para refundir a la persona humana en un gran todo cósmico, sino guardar la particularidad humana de libertad y conciencia de sí mismo y llegar a articular esa libertad en una medida propositiva. 

¿Qué puede hacerse desde la espiritualidad cristiana para atajar el problema? 

La conversión debe mirarse desde dos vías; por un lado está reencontrarse con esa dimensión cósmica de la fe. Y, por otro lado, pienso que otros aportes del cristianismo, en relación con la ecología, se sitúan en el dominio de la esperanza. 

Hoy la sensibilidad ecológica nos vuelve más atentos a las posibles catástrofes y a la degradación del medio ambiente y a pensar en la próxima catástrofe, con el riesgo de perder la esperanza en el futuro. Por eso el interés de la humanidad debe enfocarse en ayudar a mantener la esperanza bajo la noción de la creación. 

Puesto que el mundo fue creado por Dios, puesto que el mundo fue creado por un buen principio, el mundo no está del todo equivocado. Éste es el corazón mismo de la idea de creación. Y puesto que el mundo no está del todo equivocado, existe una esperanza de ir más lejos. Por lo que el cristianismo, pese a sus límites, puede ayudar a conservar la esperanza, pues tiene esa capacidad de encontrar el sentido de las cosas y a desarrollar esa reflexión sobre el sentido de la existencia. 

Tal vez algunos de los implicados en el enfoque ecológico sienten que el corazón de la lucha es menos técnico que espiritual, y por eso, a menudo, se espera que las tradiciones espirituales y las religiones den sentido a la existencia humana. Esto explica por qué los activistas medioambientales recurren a la espiritualidad o a la religión en general. 

En ese sentido, ¿cómo observa el papel de la ciencia? 

La ciencia da conocimiento sobre el estado del mundo, pero la ciencia no dice en qué dirección ir. La ciencia puede decirnos las dificultades que vamos a enfrentar pero no nos va a informar de lo que debemos hacer. Está en nosotros descubrir el futuro. La ciencia no se sostiene en la esperanza, al contrario nos inquieta. 

¿Cuál sería el nuevo horizonte de ideas y acuerdos sociales pensado en el concepto que lanzó el Papa Francisco sobre la Casa Común? 

Justamente la idea, que es no propia de los cristianos pero que es importante en la religión cristiana, que es la idea de lo común. La casa común es la idea que el Papa desarrolla en la encíclica Fratelli Tutti, en la cual define que la salida es necesariamente colectiva. No salimos adelante solos sino que salimos juntos. Eso se pone en contraste con ciertas corrientes de la ecología que, a toda costa, buscan protegerse de las adversidades. Como lo hacen los survivalistas, que son esas personas que, de cara a la amenaza ambiental, van a instalarse en un lugar protegido para evitar la catástrofe, pero aislados del resto de la humanidad. 

En ese sentido el cristianismo debe desarrollar una actitud colectiva (…), se necesita primero preocuparse de las primeras víctimas de las catástrofes, volverse solidario de las víctimas potenciales de las catástrofes, en vez de refugiarse cada quien en lo suyo. 

¿Cómo ese gran argumento puede traducirse en acciones más concretas? 

No pensemos que hay acciones específicas del cristianismo sobre ese dominio. Las acciones más concretas son para todos y conciernen a la alimentación, al transporte, la energía y las vestimentas. Sobre eso no hay particularidades en lo cristiano. Los cristianos debemos ser solidarios con las acciones. 

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