La sociedad actual se presenta de múltiples formas y de manera sumamente compleja. En palabras del papa Francisco, a quien recordamos con gratitud, él decía que, más que una época de cambios, estamos viviendo un cambio de época, lo que hace que nuestro contexto sea muy desafiante. Esto exigirá una práctica auténtica y coherente de la forma de ser y actuar como cristianos en la actualidad, en el entendimiento de que el mundo no debe ser conquistado y moldeado en el horizonte de la fe —como una nueva colonización religiosa—, sino que debe ser escuchado e interpretado, amado y transformado en la armonía del Reino de Dios que fue inaugurado por Jesús, donde habrá espacio para todos, siempre en un tono inclusivo. Esto va de acuerdo con lo que se proyectó en el Concilio Vaticano II, con la Constitución Pastoral Gaudium et spes: «Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres [y mujeres] de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez alegrías y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (GS 1). Es ante esta nueva sociedad como la Iglesia —¡todos nosotros!— debe expresar su fe, siempre con ardor y alegría en el anuncio de la esperanza que lleva, con la intención de dialogar y construir un mundo en el que reine el amor, la paz y la justicia.
Dentro de una esfera moderna de comprensión de la sociedad se observa que la búsqueda del desarrollo técnico–industrial–tecnológico–biocientífico ha traído grandes avances y ha estrechado los lazos entre las personas. Es un hecho que no se puede negar. Hoy en día se tiene más acceso a la información que circula sobre nuestra existencia y convivencia que en cualquier otra época. Hoy en día se tiene la capacidad de prever crisis y grandes catástrofes, locales o globales. El mundo y lo que se proyecta a partir de él surgen rápidamente ante la mirada atenta o no de las personas. Todo parece más rápido y, al mismo tiempo, más vulnerable y frágil, por lo tanto, desechable. Hay una mutación constante. Sin duda, hay avances en estas áreas, y todos ellos merecen atención, incluso para comprenderlos y discernir en ellos el bien común. Sin embargo, éste es sólo un lado de esta interpretación. Es solamente una muestra parcial de esta sociedad que ha olvidado la centralidad de la persona, que debería ser lo que caracteriza a la sociedad y para lo que está destinada y se desarrolla. La centralidad de la persona humana es algo esencial también para la fe cristiana, ya que parte de la comprensión de un Dios que se hizo humano, que descendió a la humanidad para encontrarla en el amor, y en el amor presentarla a su destino, junto a Dios (cf. Fl 2,6–11), fuente de toda vida, fuente del amor. Es también lo que ya se atestiguó en el Concilio Vaticano II, también en la Gaudium et spes, que afirma que el ser humano es el centro y el destino de todas las cosas (cf. GS, n. 12). Se afirma también que este ser humano es un ser social y que, por esta razón, debe vivir para y con los demás, junto a los cuales se desarrolla y crece (cf. GS, n. 12d). Aquí se ve la importancia de rescatar las culturas y todo lo que caracteriza el ser y el hacer de las personas, su ir y venir, aspectos necesarios para una amplia comprensión de la realidad.
Lo que se pretendía, en el lenguaje del Concilio, era afirmar que el centro de la sociedad lo ocupa la persona, que a su vez se desarrolla y amplía nuevas condiciones. También se dice es la persona la que hay que salvar, y que es la sociedad humana la que hay que renovar (cf. GS, n. 3c); es decir, que se construye y transforma la sociedad en el mismo horizonte salvífico al que se destina el ser humano, donde deben reinar el amor, la justicia y la paz, donde la armonía forma parte y en todo se ve el resplandor de Dios, el salvador. El Concilio no proyecta una salvación más allá de este mundo, totalmente separada de él, sino que concibe una salvación humana que se hace presente y sensible ya en este mundo (cf. GS, n. 39), que se entiende en una esperanza colectiva, con todo y con todos, a partir y con este mundo en el que Dios vino e inauguró su Reino y donde está clavada su cruz, que en su verticalidad apunta a lo que la trasciende y que en su horizontalidad atrae hacia sí toda la realidad del mundo, rescatando a todo y a todos de manera solidaria y transformando todo y a todos en la esperanza de la resurrección, cuando se produce la vida, y la vida plena (cf. Jn 10,10). Así, lo que se quiere con los textos conciliares es afirmar que este mundo es importante y que también está destinado a la salvación.
Para conocer al ser humano es necesario comprender, entonces, de manera profunda, su entorno, con todos sus límites y proyecciones. Es lo que propiciará una fe cristiana encarnada, que se apoya en Cristo, que por amor asumió la condición humana y su historia, liberándolas en la verdad y para la vida. Comprender la centralidad de la persona en esta sociedad es algo necesario para lo que se proyectará con ella y a partir de ella. Es un paso importante para comprender la Iglesia en el mundo y el mundo en la Iglesia, esto es, la Iglesia como sacramento universal de salvación.
Esta concepción de la sociedad, en el sentido moderno del término, tiene sus avances, pero también trae consigo una nueva postura humana que se ve rehén de toda la tecnología, el desarrollo, la ciencia, la política y la economía que ha creado, esclavizándola congrilletes psíquicos y comportamientos sin sensibilidad prohumana, ya que la vida y la dignidad de la persona, a menudo, pasan a un segundo plano. Se ha creado una especie de cosificación humana, para la que hay un centro y este centro no es la persona; es un centro volátil y frágil, que crea una cultura dependiente y poco solidaria; todo se vuelve pasajero y superfluo, especialmente las relaciones humanas, condicionadas por el transcurso de esta sociedad y por las intenciones y los intereses que ella despierta. Es importante mirar que estos sentimientos, que se perciben en superficialidad y pasajeros, también se hacen presentes en nuestras prácticas religiosas, lo que nos pone un desafío constante.

Si la sociedad actual ve todo con superficialidad, también será así como se formarán las relaciones. Esto afectará a las esferas laborales, entre quienes emplean y son empleados, entre quienes dan órdenes y las reciben, y en todo el corporativismo de las grandes empresas; lo mismo ocurrirá en las esferas familiares, entre cónyuges e hijos; en el descuido de los más débiles y vulnerables, que son víctimas del sistema; en el empobrecimiento de las periferias y los nuevos focos de pobreza; en la falta de atención a la realidad, en la indiferencia; en la falta de respeto hacia las mujeres, los dependientes químicos, los enfermos, los ancianos y todos aquellos/aquellas que sufren exclusión y prejuicios, ya sea por condiciones sociales, ideológicas o incluso por su orientación sexual.
Una sociedad que no pone al ser humano en su centro no concibe las innumerables variantes que identifican al ser humano, por lo que no entiende lo diferente y lo que lo identifica, lo que le da un concepto de sí mismo; de esta manera, no se ve el todo, sólo una parte. Esta sociedad, por miedo a la fragilidad, se vuelve ella misma frágil y, por lo tanto, peligrosa. Una sociedad que no pone al ser humano en su centro se siente con derecho a descartar lo que para ella es sobrante, sobre todo cuando estos «sobrantes» no producen ni contribuyen a sus avances económicos y aspiraciones tecnológicas, conforme se encuentra en la Exhortación Evangelii Gaudium (cf. EG 53). Surgen los «desechables»: personas desechables, triste y presente realidad, como también en el Documento de Aparecida (cf. DAp 65). Se retiran los espejos que podrían mostrar un nuevo rostro, se esconde lo viejo y se camufla lo nuevo. Estas condiciones exigen un nuevo pensamiento y una nueva postura crítica ante la realidad.
Es entonces cuando la sociedad demuestra que no ha absorbido a todos, expulsándolos como un estorbo o un obstáculo para ella. «Los excluidos no sólo son “explotados”, sino “superfluos” y “desechables”» (DAp 65; 402). El papa Francisco llamó la atención sobre este problema cuando acusó a un sistema económico de exclusión y habló de la globalización de la indiferencia: «Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera» (EG, n. 54). Esta nuestra incapacidad, que denuncia Francisco, es un reflejo del contexto actual, en el que lo que importa es el bienestar individual —o incluso, podríamos decir hoy, el bienestar de un grupo privilegiado, de una élite o incluso de una nación— y aquello y aquellos que contribuyen a que esto ocurra. La idea de acercarse al otro porque nos importa sigue existiendo —como un buen samaritano—, pero sin duda no es la fuerza motriz de esta sociedad. Esta actitud existe como resistencia y profecía; podríamos decir también como un signo de esperanza: que nos hace creer que otro mundo es posible.
Éste es un punto al que la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) llama la atención desde hace mucho tiempo, que es el respeto a la vida humana, especialmente en sus condiciones más vulnerables —o vulnerabilizadas—, que son reflejo de una sociedad que excluye. El Reino de Dios debe hacerse presente ahí, por lo tanto, ésta debe ser la misión de la Iglesia.
Éste es, a nuestro entender, el papel que debe asumir la Iglesia, es decir, todos nosotros como cristianos y cristianas. La dimensión social de la fe está totalmente ligada al proceso de evangelización, como hemos visto en el Magisterio reciente, especialmente con Francisco, y ahora también con León. Esto tiene que ver con el carisma de cada vocación y ministerio que asumimos, en las inquietudes iniciales de cada llamado frente a las vulnerabilidades, que se acercan a la realidad de Cristo, del Cristo pobre, vulnerable y excluido, y que hoy se reproduce en diversas realidades que nos interpelan y que están al mismo tiempo cerca y lejos de nosotros. Así, la dimensión de la fe se interioriza y se actualiza en su fuente mayor, en Cristo, y él nos invita a un seguimiento auténtico y encarnado. La Iglesia debe ser así, porque es su esencia; debe ser así, porque es su misión.
Bien, frente a las nuevas urgencias y desafíos que reclaman la fe cristiana y el compromiso social, preguntamos: ¿Es posible tener esperanza? Creo que el Jubileo [de la esperanza] que hemos vivido en el último año nos ha acercado ante estas realidades y exigencias humanas y sociales. Entonces, nuestra respuesta es: sí, es posible. Si miramos todo esto, considerando el tiempo en que vivimos, los muchos dolores y sufrimientos que acompañamos, podemos encontrar personas que dedican su vida a una causa de vida y justicia, que se entregan a sí mismas, en una ofrenda continua en favor de la libertad, los derechos, la educación, la salud, en la construcción de algo nuevo, con la intención de ser la voz de quienes ya no pueden hablar, los ojos de quienes ya no pueden ver y la esperanza de quienes ya no pueden esperar. Esto se hace para que algún día todos y todas puedan esperar y vivir esta esperanza —como sujetos de su propria historia.
Que se pueda tener esta atención, pues la dimensión social y su compromiso son constitutivos de la fe cristiana. De forma reciente, es lo que insiste en decir el papa León, con la Exhortación Dilexi Te, al afirmar que la caridad es «núcleo incandescente de la misión eclesial» (DT, n. 15).
Cesar Kuzma es un teólogo laico, casado y padre de dos hijos. Doctor en Teología por la PUC de Río de Janeiro/Brasil. Actualmente es profesor–investigador del Programa de Posgrado de la PUCPR, en Curitiba. Actúa como miembro del Consejo del Centro de Gestión de Conocimiento del CELAM, de la Comisión Teológica Asesora de Cáritas América Latina y el Caribe, del Consejo Editorial de la Revista Concilium, y del Foro Mundial de Teología y Liberación.






