«No lo permita Dios, Señor; eso no te puede suceder a ti».
AGOSTO
- Jeremías 20, 7–9
- Salmo 62
- Romanos 12, 1–2
- Mateo 16, 21–27
§ Las lecturas de este domingo son dramáticamente humanas. En la primera lectura, Jeremías le reprocha a Dios, se declara víctima de una seducción que le ha llevado a ser el hazmerreír de la gente por denunciar aquello que no camina conforme al deseo de Dios para su pueblo. El salmo canta una súplica que nace de la necesidad, de sentir la sequedad en el alma y en el corazón. El evangelio nos muestra a Pedro desafiando la palabra de Jesús, su reclamo nace, probablemente, del temor a la decepción; no se puede permitir que su esperanza, su Señor, sea asesinado.
§ Esta primera constatación es una buena noticia para nosotros. Estas palabras, tan humanas, están en la Biblia, palabra de Dios. Él se vale justo de lo más humano para revelarse en nuestra vida y nuestra historia. Así, retoma nuestro reproche, nuestra súplica y nuestro desafío no para castigarnos, sino para mostrarnos su amor y fortalecer el vínculo que tenemos como sus criaturas. Valdrá la pena preguntarnos ¿hace cuánto no abro mi corazón al Señor para contarle lo que me pesa en el alma?
§ Ciertamente Dios escucha, pero no sólo, Él también nos habla. Jesús reprende a Pedro y le muestra el camino para seguirlo. Pedro quería huir de la muerte y del dolor pero Jesús le muestra que, si lo hace, no podrá estar con Él. Lo fundamental no es la vida larga o corta, el honor o el deshonor, lo que en verdad importa es mantener el vínculo que los une con el Padre.
Seguir a Jesús implica cargar con las consecuencias de amar radicalmente, pide una constante apertura, para que seamos transformados internamente, como lo expresa el apóstol Pablo. Pidamos al Señor, con la aclamación, luz para «comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento».






