«Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen».
JULIO
- Isaías 55, 10–11
- Salmo 64, 10–11.12–13.14
- Romanos 8, 18–23
- Mateo 13, 1–23 (o versión corta: 13, 1–9)
§ Seremos dichosos si sabemos mirar y escuchar, si tenemos un corazón menos duro. Por ello, dejemos que el Señor nos hable en parábolas. Las lecturas de hoy nos inundan con imágenes tan cotidianas que, si las sabemos contemplar, se revelan como llenas de Dios. Hay tres imágenes con las que podemos sentir y gustar de qué manera Dios se nos hace presente.
§ Quizá nos sentimos como una tierra seca que ya está sintiendo la lluvia, que se deja empapar por la palabra que sale de la boca del Señor; como nos presenta el profeta Isaías. Al contemplarnos así, miramos a Dios como ese sabio labrador, que cuida de nuestra tierra. Él sabe prepararla con ternura y quitar aquello que no necesitamos para albergar vida.
§ Puede ser, también, que nos identifiquemos con la creación que gime hasta el presente de la carta a los romanos. Y es que, dejando de lado las imágenes románticas, vemos que los dolores de parto son eso: sufrimiento, sudor, cansancio, esfuerzo y desespero. Tal vez en nuestras vidas hay situaciones, personas o problemas que nos duelen, que no sabemos cuándo acabarán y que nos llevan a sentir el anhelo de que, finalmente, llegue el momento en que la Vida se abra paso.
La semilla carga en su interior toda la fuerza vital necesaria para crecer y alimentar a todas las personas. Quizá estamos llamados a ser semilla, a habitar la oscuridad y la humedad. A morir para dar vida, porque sabemos que es el Señor el que vivifica nuestra existencia y nos llama a ser alimento. Cristo se entregó, murió y mostró que es así como se obtiene la Vida verdadera.







