«El Señor es mi pastor: nada me falta».
NOVIEMBRE
- Apocalipsis 7, 2–4. 9–14
- Salmo 23, 1–2. 3–4ab. 5–6
- 1 Juan 3, 1–3
- Mateo 5, 1–12
§ Con las bienaventuranzas Jesús transforma profundamente nuestra manera de entender la felicidad. A diferencia de una idea de felicidad centrada en el poder, en el acumular o en el éxito, Jesús nos revela que son felices quienes son pobres de espíritu, quienes lloran, quienes tienen hambre y sed de justicia, etc. Esto nos interpela y sacude muchas de las verdades que hemos aprendido en la cultura actual, ya que muchas veces se nos enseña a buscar la comodidad, la seguridad y a evitar cualquier forma de sufrimiento. Por eso, muchas veces ante el sufrimiento de otras personas surgen la indiferencia y la falta de compasión. Sin embargo, Jesús nos muestra que una vida auténticamente plena y con sentido sólo es posible cuando somos capaces de poner todas nuestras seguridades y certezas en manos de Dios y nos abrimos al dolor y llanto de nuestras hermanas y hermanos que ahora atraviesan momentos de oscuridad, pero están llamados a reencontrarse con la esperanza y la luz. Por esta razón, podemos decir que las bienaventuranzas son el corazón del Reino de Dios y nos muestran el camino para seguir avanzando, el mismo camino que Jesús ha tomado como suyo.
§ En la Primera Carta de Juan se nos recuerda que «quien tiene puesta la esperanza en Dios, se purifica a sí mismo». Tener la esperanza en Dios es poner todo lo que somos y tenemos en sus manos. Muchas veces esto significa entregar a Dios también nuestra pequeña idea de felicidad para abrirnos al modo de vivir, sentir y actuar de Jesús. Por tanto, somos también bienaventurados cuando de una vida sin sabor, sin compartir, y sin compasión, nos abrimos a una vida marcada por la generosidad, la misericordia y el amor.
¿Buscamos la felicidad por el camino señalado por Jesús? Este camino comienza aquí y en el ahora, haciendo presente el Reino de Dios entre nosotros.







