La vocación cristiana como ejercicio de memoria

Es un hecho constatable que la época actual es una marcada por la intranquilidad, la incertidumbre y la crisis. Las guerras desatadas en diferentes territorios del mundo, los conflictos locales en nuestro continente, la situación ecológica, la falta de representación de las instituciones, incluidas las de las comunidades eclesiales, constituyen situaciones que desafían a la pregunta por el sentido, a la pregunta por Dios y, en particular, a la pregunta por la vocación cristiana.

Para autores como Sergio Rojas, en Tiempo sin desenlace: El pathos del ocaso, el tiempo actual se caracteriza como un momento de ruinas y restos deteriorados en el que los proyectos de sentido que alguna vez existieron ahora parecen ya no existir. En este panorama, Rojas detecta que aquello que hubo da paso a una suerte de «estética de la desilusión», la cual pone en tensión la experiencia de la subjetividad, es decir, de cómo los sujetos de desplazan a través de los avatares cotidianos.

Ideas similares las encontramos en el filósofo surcoreano Byung–Chul Han, quien reconoce que nuestro tiempo está marcado por la crisis de la narración y que lo que se potencia es más bien la información. Para Han la narración es el modo particular de contar las historias que dan a los sujetos una identidad y una pertenencia a una comunidad específica. En cambio, la época de la información, marcada sobre todo por el uso —y abuso— de las redes sociales, representa una época en que la tesitura de la empatía generada en la narración queda suspendida. En otra obra el mismo Han indica que la excesiva informatización en la que estamos imbuidos nos ha hecho alejarnos de la tierra, de sus ciclos y de la consideración de lo sagrado que resulta vincularse con ella. En palabras de Han, en su libro La tonalidad del pensamiento, «hoy estamos abandonando el orden terrestre, el orden de la tierra, debido principalmente a la digitalización e informatización del mundo. Hemos dejado de percibir la fuerza de la tierra, que tanta vida y felicidad genera».

A nuestro entender, estas situaciones de la crisis tienen como elemento común la pérdida de la memoria en tanto forma de vinculación con espacialidades, empatías y comunidades que dieron solidez a las subjetividades particulares. Para Paul Ricoeur, en Caminos del reconocimiento: Tres estudios, la memoria es aquello que mira hacia atrás, es el «reconocimiento de las imágenes del pasado», y es la pesquisa que hacemos de las huellas que, ubicándose en el presente, nos trasladan hacia lo que ya no es. En particular la narración siempre es relato de aquello que marcó una comunidad en su fisionomía y sistemas particulares o la vinculación con la tierra; es una expresión específica de cómo los sujetos reconocen en esa relación un modo determinado de estar en el mundo.

Así las cosas, es bueno preguntarse por cuál es la propuesta que la comunidad cristiana puede ofrecer en medio de este panorama sociocultural y ambiental marcado por la crisis de la memoria. Ante ello nosotros establecemos la siguiente perspectiva de lectura: el cristianismo es en sí mismo una experiencia comunitaria de la memoria, la cual nace del acontecimiento pascual. La anamnesis propia del cristianismo es una experiencia de muerte y resurrección marcada fuertemente por la incertidumbre y la crisis. Por lo tanto, el cristianismo que nace desde una memoria crítica y peligrosa —usando las categorías de Johann Baptist Metz en Memoria passionis: Una evocación provocadora en una sociedad pluralista— ofrece formas de memoria que trabajan con la crisis y en medio de la incertidumbre. En particular lo que intentaremos mostrar es que la experiencia cristiana de la memoria no desconoce la crisis o la incertidumbre, sino que es capaz de resignificarlas desde la resurrección de Jesús, y por no desconocerla y resignificarla es capaz de ofrecer un relato de sentido sensato ante la crisis de nuestra época.

Para desarrollar este trabajo se ofrecerán los siguientes apartados. En primer lugar, mostrar cómo la anamnesis cristiana fundada en la Pascua de Jesús constituye un espacio de resignificación de la crisis. En segundo lugar, y en continuidad con el punto anterior, nos ocuparemos de trabajar la cuestión de que esa memoria es un relato social y político que se enfrenta a todas las formas de violencia y de desubjetivación actuales. Finalmente, ofreceremos algunas perspectivas finales de este artículo.

La anamnesis cristiana: espacio de resignificación de la crisis

En este artículo hemos escogido el lente pascual para mirar la crisis y para reconocer en esa mirada un espacio de contra–discurso resistente ante las formas del olvido, de la desubjetivación y de aquellas formas de ruptura de relación del sujeto con su ambiente. En este lente pascual un elemento basal que debemos reconocer es la presencia de la anamnesis dentro del acontecimiento mismo. El relato ejemplar de Emaús (Lc 24,13–35) nos ilumina en esta perspectiva. La salida de los discípulos de Jerusalén es signo de la crisis total. Los grandes relatos y esperanzas que Cleofás y el otro discípulo habían puesto en Jesús estaban rotas y no había nada que hacer en la capital religiosa de la tierra de Israel. Es en medio de esa crisis que el resucitado abre un nuevo espacio para decir a través de la pregunta: «¿De qué conversan?» (Lc 24,17). En ese juego de preguntas y respuestas Jesús inaugura el espacio anamnético de la Pascua al explicar las Escrituras hebreas y la asociación con su persona (Lc 24,27). Aquí quisiera hacer un vínculo con la práctica de la terapia médica. El comienzo del diálogo entre el médico y el paciente está marcado por la anamnesis, que es el primer momento de la exploración médica. Con esto sería llamativo mostrar que para que exista un verdadero proceso de sanación (salvación) o de recuperación bio–psico–social debe existir la memoria narrada como condición de posibilidad.

En el caso de Jesús resucitado podemos postular una terapia pascual que permite que los dos discípulos transiten —ahí está el paso del pesaj— desde la crisis y la angustia como incapacidad de ver hacia el sentido resignificado y con posibilidad de mirar y reconocer al resucitado. La terapia es anamnética: está fundada en la memoria y gracias a la memoria puede abrirse en una perspectiva más amplia.

La memoria pascual funda lo que Johann Baptist Metz denominó en Dios y el tiempo la «razón anamnética», que es el modo de vinculación que establecemos con la historia del sufrimiento de los miles de hombres y mujeres de la historia. Con ello la memoria que el resucitado activa en el camino de Emaús funda en la comunidad cristiana una razón más amplia, a saber, la capacidad de movernos compasivamente ante las crisis que emergen en medio de la historia. La cuestión aquí es la siguiente: esta razón de memoria, al no desconocer la experiencia real del dolor y el sufrimiento, se ubica como un claro contra–discurso ante todas las formas violentas del olvido que las potencias y poderosos del mundo buscan proponer. En palabras de Metz, «La razón anamnética, es decir, la razón que recuerda, obtiene su carácter ilustrado y su legítima universalidad precisamente por saberse llevada no por el recuerdo del dolor propio (¡raíz de todos los conflictos!) sino del dolor del otro». Con ello la existencia y la vocación cristiana son espacios de articulación y despliegue de esa memoria contracultural y subversiva que vuelve sus ojos abiertos, al decir de Metz, sobre esas historias particulares del dolor.

De esta manera la Pascua constituye el gesto que el mismo Dios abre en medio de la muerte y el dolor para desde ahí y no fuera de ellos poder ampliar los modos de ser verdaderamente humanos. Con ello el Dios de Jesús es el Dios que recuerda a los muertos de la historia y que nos invita a hacer memoria de esas historias críticas. Es el Dios de la memoria y que tiene memoria.

Foto: © mmijangos, Cathopic

«Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos» (2 Tim 2,8): la memoria cristiana como relato social y político

El acto de memoria del cristianismo, acto que se funda en la experiencia originaria misma de la resurrección, se articula como relato social y político. Este elemento fue recuperado de manera amplia y sistemática por Metz, quien postula que la memoria del sufrimiento vivida en la historia social y política —de ahí su nueva teología política— no es una nota desvinculada de la experiencia cristiana. Metz llega a proponer una verdadera mística sensible al sufrimiento o una teodicea activa en su pregunta por el dolor. Con ello, si el dolor, la crisis o la incertidumbre son elementos basales dentro de la experiencia cristiana, la mística que brota de ella no puede sino ser sensible ante la crisis. En palabras de Metz, «El lenguaje de esta mística divina no es, ante todo, una respuesta consoladora ante el sufrimiento experimentado, sino más bien una apasionada pregunta en busca de explicación que brota del sufrimiento, una pregunta dirigida a Dios, llena de tensa esperanza».

Con esto la memoria cristiana como relato social y político busca activar modos específicos de posicionamiento ante la crisis, tanto para denunciarla y desenmascarar los contra–valores que atentan contra la dignidad humana y para anunciar la otra carta de esos mismos modos de ser no–humanos, esto es, el corazón mismo del Evangelio de la compasión y de la misericordia. En Lenguaje teológico: cruces y sufrimientos, el teólogo José Vicente Vergara, al comentar estas cuestiones, afirma que

el recuerdo de la cruz levantada injustamente, de un madero en el que se crucifica al hombre y a Dios, devela también que no sólo se crucifica al ser humano, sino también a su creador con él. En este viraje, el lenguaje teológico es recuerdo de la cruz frente a todo intento de secuestro del lenguaje divino, es significación que parte de la cruz y del reclamo de una justicia ante el sufrimiento ajeno.

De esta manera el cristianismo y su memoria peligrosa o subversiva, al decir de Metz, representa una verdadera narración de esperanza tensionada que mira críticamente el mundo y la historia. En este sentido la vocación cristiana es constitutivamente una vocación escatológica, es decir, una existencia desplegada en el mundo que mantiene la conciencia activa de la construcción de la justicia y el amor. Esto ya lo mostró el Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium et Spes cuando dice:

La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios (Gaudium et Spes 39).

Nuevamente: el cristianismo no representa una práctica intimista, sino que es un signo en medio de la historia del mundo que anuncia la plenitud de la historia. En un tiempo marcado por relatos sociales y políticos que contravienen la vida de los seres humanos, sobre todo de los más pobres, el Evangelio de Jesucristo se presenta como un relato que abre el espacio de la imaginación del futuro para cada hombre y mujer. De esta manera la crisis ya no se muestra como una cuestión insalvable o reducida al determinismo, sino que las distintas situaciones críticas son resignificadas y abiertas hacia el porvenir de la misma historia, apertura que tiene a la Pascua como su criterio fundante.

Palabras finales

A lo largo de nuestro artículo hemos intentado mostrar cómo la memoria constituye un eje central dentro de la fisionomía cristiana. Ella, la memoria, adquiere con la Pascua de Jesús un sentido y un plus cualitativamente distinto en cuanto provoca la imaginación escatológica en medio de los distintos rostros de la crisis que tienen lugar en nuestro tiempo. La cuestión que hemos mantenido a lo largo de estas páginas ha sido señalar que la crisis y la incertidumbre no son elementos accesorios o desvinculados de la experiencia con Dios, sino que ellas participan de esa misma experiencia creyente. De esta manera la óptica pascual se posiciona como el criterio hermenéutico que ayuda a interpretar el sentido de la historia.

Con los aportes específicos de la teología política de Johann Baptist Metz y de otros autores hemos recorrido las perspectivas en torno a cómo la memoria cristiana representa un relato y una práctica subversiva y contracultural en tiempos en que la memoria y la narración entran en crisis. A nuestro entender, el cristianismo tiene la capacidad de ofrecer al mundo una lectura de sentido que vuelve sus ojos siempre abiertos a las historias particulares del sufrimiento de los hombres y mujeres de manera de ver en esos rostros el rostro del Crucificado–Resucitado que ha de venir.

En este horizonte, la memoria no puede reducirse a un simple ejercicio de recuerdo psicológico o a una recuperación nostálgica del pasado, sino que se configura como una praxis teologal que irrumpe en el presente con fuerza crítica. La memoria passionis, tal como ha sido elaborada en la teología contemporánea, especialmente en la obra de Metz, remite a una forma de recordar que se hace cargo del sufrimiento ajeno y lo mantiene abierto en el tiempo, evitando su cierre o su neutralización. Así, la memoria cristiana se vuelve un lugar de resistencia ética y de fidelidad a los vencidos de la historia, gestos y prácticas que dan sentido a la vocación misma de los cristianos y cristianas.

Esta comprensión de la memoria implica también una transformación en la manera de concebir la racionalidad teológica. La llamada «razón anamnética» introduce una forma de pensamiento que no se limita a la explicación conceptual de la realidad, sino que incorpora la rememoración del sufrimiento como criterio de verdad. En este sentido, la teología no puede permanecer ajena a las heridas de la historia ni a las experiencias de injusticia que atraviesan a la humanidad. Por el contrario, su tarea consiste en mantener viva la pregunta por Dios en medio del dolor del mundo, reconociendo que la revelación cristiana se ha dado precisamente en la fragilidad de la cruz. Es ahí donde, en definitiva, radica el corazón mismo de la existencia y de la vocación auténticamente cristiana.

Para saber más:

Han, B.–C. (2023). La crisis de la narración. Herder.

Metz, J. B. (s.f.). Dios y el tiempo. Selecciones de Teología, 41(162).

Metz, J. B. (2007). Memoria passionis: Una evocación provocadora en una sociedad pluralista. Herder.

Ruz, M. O., Rosolino, G., & Schickendantz, C. (2008). Razón anamnética, sufrimiento ajeno y teodicea: Claves de lectura, logros y límites de la obra de Johann Baptist Metz. Teología y Vida, 49(4), 575–603. https://ite.so/wrq6u

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