El dinamismo de la mística desde una escucha radical 

El arte de hacer audible lo inaudito

Manuel Silva de la Rosa- CUI

Dejarnos llevar por el dinamismo de la mística es aprender a escuchar con atención plena la realidad de este mundo. El filósofo Raimon Panikkar define este dinamismo como la «experiencia integral de la realidad». Esta experiencia no está encerrada en un estado pasivo o etéreo, sino más bien, entiende la mística como la capacidad de hacer conciencia plena que abarca todos los niveles: el sensible, el racional y el espiritual. En pocas palabras la «Mística es la experiencia integral de la realidad; y la experiencia es el toque consciente con la realidad». Es una experiencia que nos abre la puerta para comprender nuestra vida hacia algo más que nosotros mismos. Siempre se expande nuestra conciencia, amplía nuestra mirada y se ensancha el corazón cuando salimos al encuentro con el Misterio, cuando creemos que la vida no se agota en nuestra historia. Este dinamismo vital nos lanza hacía las ganas de agudizar nuestro oído, para poder encontrar la voz que se comunica en la hondura de lo real. 

Ignacio de Loyola nos confirma que esa voz la podemos reconocer por sus efectos. Es una voz que nos mueve. Nos hace ponernos en camino. Dinamiza nuestra vida desde la confianza y con esperanza. Si nos dejamos llevar por la voz de Dios, descubrimos que nos pone en marcha con la mirada atenta y, en ese tránsito, podemos darnos cuenta, que, a través del encuentro, Dios no se le ha acabado el amor por nuestro mundo y que no está agotada su imaginación para seguir creando. Tal como afirma Benjamín González Buelta, S.J., «El gran desafío es permanecer y crear en las fronteras el don nuevo de Dios, que es el de una humanidad nueva y más justa, siempre en camino hacia la plenitud». Desde una mirada teológica, cuando creamos algo nuevo, nos unimos con Dios, nuestra propia vida se va dinamizando y se encarna el futuro que Dios nos ofrece, y va creando a partir de nuestra conciencia, nuestras pasiones, nuestros gestos y nuestras acciones. Crear implica un amor que nos conmueve, nos lanza a escuchar esa novedad que se encuentra en la realidad.   

Para poder crear el don de Dios en nuestras vidas necesitamos escuchar su novedad. Para ello requiere paciencia, humildad y disposición para dejarnos afectar por lo que resuena más allá de lo que esperamos, para atrevernos a percibir esa voz que nos desprograma del marco de sentido con los que contamos para comprender el mundo. Es una voz inesperada, cargada de novedad, de sorpresa y desconcierto. Una voz que nos descoloca, nos saca de certezas y nos hace reiniciar nuestra mirada. Nos invita a tener mayor cuidado y atención a los detalles. Aprender a escuchar desde el dinamismo de la mística es un arte que se va cultivando cada vez que nos abrimos al Misterio.  

Desde este dinamismo, reconocemos que escuchar es aprender a salir de uno mismo. Es un medio privilegiado para poder desprendernos de la tibieza o desidia, para iniciar un itinerario hacía el misterio y el encuentro con esa experiencia de lo real, y desde esa escucha radical, hacer frente a las dinámicas que nos esclavizan, que nos van paralizando y anestesiando sin la capacidad de sentir nuestra humanidad en la realidad que nos toca vivir. 

Cuando salimos de esta anestesia, es gracias a la sensibilidad de dejarnos afectar por algo fuera de nosotros mismos. En ocasiones, eso que nos toca a través de la escucha, nos puede desconcertar, otras veces nos duele, nos desborda o nos inquieta. Quizá, también, eso que estamos escuchando nos puede dejar perplejos, sorprendidos, maravillados o agradecidos. En cualquier caso, cuando uno escucha desde el dinamismo de la mística siempre nos deja marcas. Somos el resultado de lo que nos va marcando cuando escuchamos.

María del Rosario Acosta, filósofa colombiana, lanza una inquietud, en su libro reciente: Gramáticas de la escucha: hacer audible lo inaudito, que quizá nos puede ayudar a profundizar en la reflexión sobre esta escucha radical que proporciona la mística. Ella se pregunta el ¿cómo escuchar lo inaudito de la violencia traumática? ¿cómo escuchar apropiadamente desde el lugar del trauma? Lo que ella hace en este libro, es plantear la importancia de retener esas experiencias desgarradoras de las que las personas sobrevivientes comparten y dan testimonio, sin traicionar lo que nos dicen. Sin omitir «la quebradura del lenguaje, las borraduras y las ausencias que son también constitutivas de aquella historia que busca contarse». 

Foto: Cathopic.

María del Rosario, durante su libro nos alerta que las violencias traumáticas no se limitan, simplemente a borrar las historias de los sobrevivientes, sino que secuestran los marcos de sentido con los que contamos para comprender lo que estamos viviendo. En este sentido, para poder hacer audible lo inaudito hay que reconocer la importancia de poder comprender que «las gramáticas de la escucha determinan de antemano no solo qué se hace audible, sino incluso qué se registra como audible en el interior de cierta distribución de lo sensible». 

Nuestro oído está colonizado por esos mecanismos para poder construir una coherencia narrativa de lo que nos comparten las personas sobrevivientes. Y el dinamismo místico comienza partiendo de algo concreto: desaprender a escuchar. Podríamos decir que es una ascesis auditiva, donde empezamos a renunciar nuestros saberes previos, pues no se trata de oír para entender desde nuestras categorías sino de escuchar para que, entre el misterio de la voz de la otra persona, dejar que entre, así como es su historia, tan otra persona libre de mis prejuicios. 

La escucha mística parte de algo sumamente importante: suspender esa pulsión hermenéutica de querer traducir el dolor a nuestro idioma. Es necesario salir de nosotros mismo para poder habitar el borde del abismo de la persona sobreviviente de la violencia traumática. Sin querer tapar ese abismo con consuelos ya prefabricados. El trauma se puede manifestar de múltiples maneras, están cargados de silencios, murmullos, lagunas, repeticiones somáticas. Es ahí donde el dinamismo místico se convierte en una escucha resonante: donde es fundamental no forzar hacia una narrativa lineal y coherente, hilada a los marcos de sentidos ya establecidos. Sino dejarnos tocar y dejar que resuene lo que cuenta esa persona en nuestro interior. 

Así, podemos decir que la gracia de Dios se encuentra en la resistencia del monopolio sensorial. 

Que Dios habita, no en un contenido doctrinal que explique el sufrimiento, sino en la condición de posibilidad de la apertura. La gracia que sana, repara y restaura es una fuerza que nos sostiene desde una escucha que es justicia, pues está entrelazada con la responsabilidad que nosotros, los escuchadores desde la mística tenemos, frente a todas aquellas personas que sobreviven a la violencia sistemática y que pueden o no contar sus historias. Es una forma concreta para poder hacer justicia hacia aquellas personas que el sistema pretende silenciar sistemáticamente. 

En estos tiempos que vivimos, es imperativo crear espacios de escucha, pues haciendo esto estamos encarnando el evangelio, vamos abriendo grietas para que nazca la buena noticia. Esta escucha radical requiere un talante de humildad, apertura, una mística con una disposición de cuestionar certezas y dejarnos afectar por lo que no esperábamos. Y así, tal como afirma María del Rosario Acosta:

«Desactivar los mecanismos que reproducen en el presente la operación de silenciamiento como operación fundadora de historia». 

Para saber más: 

  • Panikkar, R. (2008). De la mística: Experiencia plena de la Vida (1ª ed.). Herder. 
  • González Buelta, B. (2009). Tiempo de crear: polaridades evangélicas. Sal Terrae.  
  • Acosta López, M. Del R. (2026). Gramáticas de la escucha: hacer audible lo inaudito. Colección contrapunto. Herder. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *