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Sobre Dios, bolsas azules y vidas inquietas 

A mi compañera de clase, a quien dedico estas letras sobre migración y espiritualidad y quien me enseñó que, “migrar significa despedirme de la gente que amo y conocer a personas que no sabía que estaba por amar.” 

Hace unos días platiqué en El Refugio, casa del migrante en Guadalajara Jalisco, con dos mujeres migrantes cuyos nombres nunca olvidaré, mas reservaré por seguridad. Ellas me platicaban con detalle cómo es que vivieron su paso migratorio por la selva del Darién, la frontera entre Panamá y Colombia, y su entrada sin documentos a México.

«Cuando estábamos en el Darién, la única certeza que teníamos es que si encontrábamos una bolsa azul, por ahí era el camino, en eso se nos jugaba la vida.»

Quedé marcada por aquella bolsa azul. Una bolsa azul de plástico, amarrada a un árbol cada cierta distancia dentro de la selva, una bolsa azul que les indicaba que iban por el camino correcto, porque cuando las personas a quienes les pagaron un dineral las dejaron por su suerte en la selva, les prometieron que estarían bien siempre y cuando no perdieran de vista las bolsas azules.

Desde aquel momento no pude dejar de imaginar las ocasiones en que no las veían, lo eterna que podía ser la espera hasta el siguiente árbol que indicara el camino correcto, la paz pasajera de acercarte a una de ellas. Y también puedo imaginar que, a ratos, entre la corriente del río y lo resbaladizo de la selva, la única certeza era ir por el camino correcto, porque la bolsa azul les indicaba que por allí era.

«El terror de esa selva te invade y cruzas Centroamérica para descubrir algo que nadie te ha contado: que la selva que es México da más terror y es más grande.»

Terminé de romperme al escuchar esas palabras, escuchar que mi casa es la pesadilla de alguien, de tantas, de tantos. Sentir que daba más terror encontrarte a migración que resbalar de una piedra gigante; escuchar que era más incierto subirte a un autobús que dejar que la corriente de un río te arrastre. Pensé, por un momento, que el Darién y su monstruosidad al menos tienen algo que en México no parece asegurable: unas bolsas azules, que les dan certeza, aunque sea por instantes.

Ahora que tomo distancia de aquella conversación me encuentro con las semillas que quedaron de ella; más allá del horror de las circunstancias, descubro que junto a ese dolor dejaron en mí semillas de esperanza. Pienso también en cómo la vida se va jugando en esos contrastes: decisiones gigantes, momentos de miedo, pausas de respiro y caídas más grandes, y en medio de ellas algunas esperanzas y certezas movilizantes.

Éste no es un escrito sobre la complejidad de la migración, lo injusto de la violencia o la importancia de poner rostros y nombres a cada persona que migra en condiciones que las violentan, aunque quiero dejar claro que esas luchas son la brújula que me orienta. Éste es un escrito sobre lo que una vida en movimiento genera: terrenos resbaladizos, corrientes intensas, duelo, incertidumbre, esperanzas y apuestas. Éste es también un escrito sobre lo que en mi vida he encontrado y que me ayuda a mantenerme en ella: silencio, encuentro, confianza y paciencia.

Cuando pienso en mi vida y las decisiones que he tomado pienso en las personas que he conocido y los lugares donde creí poder pasar la vida entera; personas que ahora veo con menos frecuencia, lugares que hoy son sólo planes de reencuentro en mi agenda. Pienso en mi familia y los largos tiempos que pasan entre cada encuentro, pienso en mis amistades y la distancia que separa su casa de mi nueva residencia.

El movimiento nunca ha sido fácil, pero siempre ha sido humano, en circunstancias innumerables, todos los seres humanos migramos. Mi historia de movimiento me ha enseñado que el duelo es el mejor compañero, nos duele movernos porque comprendemos que hemos decidido soltar tierra firme para embarcarse en lo nuevo. En cada duelo hay una esperanza, un sueño, el anhelo de que haya valido la pena seguirnos moviendo.

Cada vez que me enfrento al movimiento una parte de mí me pide no volver a empezar de cero, echar raíces profundas y llenar el silencio. Cada vez que me enfrento al movimiento descubro que el camino es paciencia, decisiones y seguros tropiezos. Veo mis recuerdos: allá dolió llegar, allá amé y allá dolió partir. Y así, de cada lugar nuevo, parece que la soledad y el encuentro siempre serán mis mejores maestros.

Aprendí y sigo aprendiendo, siempre hay algo que me sostiene a través del movimiento, un ancla segura, un punto de encuentro, ahí a donde puedo ir cuando necesito algo cierto. Aquello que me recarga en la soledad y me prepara para el encuentro, es un amor libre y entregado, una bolsa azul en medio del miedo, que me recuerda que a donde vaya puedo amar, porque ha sido el mismo amor el que me va sosteniendo.

Quiero cerrar esta historia con lo que concluía la conversación con aquellas dos mujeres migrantes. Una de ellas decía:

«Y si algo aprendí de esta experiencia es que siempre hay bolsas azules que nos orientan, una mujer que abre la puerta de su casa, una botella de agua cuando no traía monedas, un traslado de Morelia. No puedo dejar espacio en el corazón para el miedo y el dolor, cuando gracias a que migré me encontré con otras tantas cosas que me salvaron la vida y de agradecimiento me llenan.»

Si algo he encontrado en mi vida es ese sostén en el movimiento, un Dios que ha sido en mi vida como una bolsa azul, de ésas que no dejan que te pierdas y que, en ocasiones, doy por hecho que está a lo largo del viaje y otras tantas en que me parece eterna la espera.

Dios, como aquella bolsa azul, han sido cientos de personas que me abren la puerta, ha sido silencio acompañado, paciencia en el miedo y en el camino, fuerza. El Dios al que me he confiado durante todo este movimiento es el Dios que me invita a hacer más espacio en el corazón para agradecer las cosas que por amor me llegan.


Foto de portada: Depositphoto

2 comentarios

  1. Al platicar con mi nieta Camila hace unos días, me di cuenta que yo también soy un migrante que regresó a la tierra donde mis abuelos, mis padres, tías y tíos nacieron y todos emigraron a U.S.A. Mi bolsa azul fué el vientre de mi madre Guadalupe que me dió su amor y seguridad toda su vida. Mi gratitud eterna por esa migración de familia que buscando una mejor oportunidad de vida hicieron hasta lo imposible para que no perdieramos nuestras costumbres Mexicanas y por eso sigo aquí en mi México querido.

  2. La vida se vive caminado, gracias por tu reflexión tan hermosa de estas migrantes que nos invitan a estar en movimiento, y nos recuerdan que la vida está llena de luchas y sacrificios pero sin perder de vista la esperanza que trajo Cristo y la invitación de poner la mirada hacia arriba en el destino eterno en donde ya no seremos migrantes sino ciudadanos del reino en donde por fin descansaremos en la casa de nuestro Padre.

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