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El Camino Ignaciano, una experiencia espiritual 

Peregrinar nos es natural. La humanidad ha venido caminando desde sus orígenes (y quizá, también, hacia sus orígenes). Cada paso abre camino y teje, a su vez, la historia. Hemos rayado el planeta con el vestigio de nuestras huellas, siempre únicas y aparentemente efímeras. En nuestra genética están los infinitos pasos de la humanidad entera que nos ha parido.  

A su vez, caminar, además de dejar el rastro de lo sucedido y de construir derroteros por donde otros harán sus propios caminos, refiere a una búsqueda. Lo que se busca en el camino, más allá de un lugar seguro para habitar, la alimentación o el bienestar, es, sin lugar a dudas, un retorno al manantial infinito del que mana la vida verdadera (Jn 4, 7 ss). De allí que haya una identificación entre el camino exterior y el interior, pues detrás de cada motivación que nos mueve a la acción hay un deseo profundo de eternidad que se explicita (y a veces se desvirtúa) en aquello que buscamos. 

Se camina por deporte, por entretenimiento, para buscar respuestas, por miedo o por ilusión. Hoy caminan las víctimas de los conflictos, huyendo (de un país a otro o dentro del mismo país) de la barbarie. Caminan los comerciantes, los exploradores y los cazadores. Caminan políticos y campesinos. Caminan los ateos, los creyentes, los jóvenes y las mujeres… ¡Caminamos! 

Sin embargo, en todo lo que podemos entender como ‘caminar’ hay un modo muy específico de hacerlo: la peregrinación. Hombres y mujeres a lo largo de la historia, y en diferentes tradiciones culturales y religiosas, han caminado kilómetros para celebrar su espiritualidad, para buscar lo más hondo de sí mismos o para disponerse a dejarse encontrar por Dios. Como diría el conocido canto de Taizé: “De noche iremos, de noche, para encontrar la fuente. Sólo la sed nos alumbra, sólo la sed nos alumbra”. Pareciera que el camino es sabio y nos abre a la experiencia esencial. 

En España se tiene la tradición antigua de peregrinar haciendo el ‘Camino de Santiago’ o ‘Camino Jacobeo’; sin embargo, desde hace unos buenos años la Compañía de Jesús, junto con las administraciones públicas de las diferentes regiones, ha venido trazando y recorriendo el llamado ‘Camino Ignaciano’. Este camino es el sendero que recorrió san Ignacio de Loyola desde su casa natal en Azpeitia (país vasco) hasta Manresa (Cataluña). Fue este el itinerario que tomó el santo y que le fue disponiendo en su camino de conversión, cuyo punto más alto en experiencia mística lo vivió durante su estadía en la ciudad de Manresa. 

Se trata de un camino de más de 650 km, dividido en 27 etapas, donde cada cual decide con toda libertad cuáles puede hacer, en qué modo y tiempos. Se cuenta con una página web en la que se explica cada etapa; allí se pueden encontrar mapas, fotografías, contactos, descripciones, indicaciones, etc. Ha sido un trabajo serio y dedicado de varias personas lideradas por el P. José Luis Iriberri, s.j., y, ciertamente, es la mejor guía para hacer el camino ignaciano (www.caminoignaciano.org). 

Ahora bien, más allá de lo práctico (que siempre es importante, aunque no totalmente determinante) y después de haber tenido el privilegio de transitarlo personalmente, considero que no es un camino en el que solamente se ande por los lugares por donde pasó san Ignacio de Loyola. Es más que eso: se trata de ir construyendo, con la compañía de Ignacio, el propio camino. 

La experiencia de sentirse acompañado por el santo peregrino es de gran significación para quienes hacemos parte del universo ignaciano. Estar en su casa paterna en Loyola y tener contacto con el paisaje que le vio crecer, así como estar en lugares especiales de su peregrinaje, como en Navarrete o en el camino donde muy probablemente se encontró con aquel ‘moro’ que describe en su autobiografía, permite oler aún sus huellas, sus búsquedas, sus sueños y sus heridas. En este mismo peregrinar, la visita y ofrenda de vida ante la Madre de Dios en Aránzazu y, especialmente, en Monserrat, dispone el corazón para la ofrenda generosa de la propia vida. Y, por último, la llegada a Manresa y el recorrido no sólo por la Cueva, sino por lo que se ha denominado como la ‘Manresa Ignaciana’ (los lugares que el santo frecuentaba), es la apertura a un mundo de transformación en múltiples niveles. Todo este itinerario es, con certeza, un derrotero maravilloso. 

Tuve el privilegio de compartir en algunas etapas con un grupo de peregrinos y, en otras, de caminar solo: son dos tipos de caminos muy diferentes y válidos. Muchas veces es maravilloso tener el apoyo de los otros, sobre todo en momentos de dificultad, cuando la maleta pesa más, cuando los pies arden o cuando el sol o la lluvia arrecian inclementes. Sin embargo, también es invaluable la experiencia de la soledad y del silencio, de la escucha del propio cuerpo que está lejos de ser sólo un recipiente del espíritu.  

Los paisajes son bellísimos y de una diversidad exuberante: se camina dentro de las durísimas montañas vascas, con sus piedras fuertes y sólidas que permiten vislumbrar las cumbres y los valles con asombro y alivio. Se recorren los viñedos maravillosos de la Rioja. Se transita junto al sabio río Ebro. Se atraviesa el inclemente y hermoso desierto de los Monegros. Es posible también encontrar cultivos de olivas, frutas y trigo. Finalmente, la presencia de la imponente montaña de Monserrat, antes de llegar a Manresa, lleva la peregrinación a un nivel de gracia sublime. Estos enormes paisajes, así como el encuentro cotidiano con pequeñas flores, mariposas blancas, hormigas, conejos y aves hacen de la experiencia un placer para los sentidos. Sin embargo, uno reconoce, con el ‘paso de los pasos’, que la hermosura de estos paisajes no está fuera del peregrino, sino que en cada uno habita la infinitud que se atisba en ese aparente ‘afuera’. Es preciso seguir aprendiendo de la creación, pues nuestra distancia citadina nos ha alejado considerablemente de esta sabia maestra. 

Asimismo, hay que decir que el peregrino nunca camina solo, por más que no lo acompañe nadie físicamente. Llevamos, en nosotros, a nuestras familias, nuestros amigos, aquellos que han ayudado a la modelación de esta vasija que somos; también están, por supuesto, quienes han generado sus grietas y sus límites. Caminamos con lo que somos, caminamos como somos y caminamos para ser. A su vez, encontramos muchas personas locales que, con su saludo o su atención, nos acompañan en el camino y nos guían también al encuentro con el Fundamento. Entre estas compañías y las de los templos, santuarios y ermitas que hay en el camino se cuece una sagrada peregrinación comunitaria. 

Debido a que gran parte del camino se comparte con el ‘Camino de Santiago’ (en sus versiones del camino Francés y del camino del Ebro, aunque en dirección opuesta) es posible encontrar no solamente peregrinos, sino la infraestructura propia de la peregrinación: restaurantes, bares, albergues de peregrinos, hostales, etc. Hay personas que hacen el camino a pie y otros en bicicleta, por tanto, los servicios que se prestan son múltiples. Se puede encontrar desde albergues gratuitos hasta hoteles de mediana y alta categoría. Las posibilidades de dormir en un sleeping en el campo abierto también están dadas, lo cual hace que sea el peregrino quien escoja qué tipo de peregrinación quiere vivir. No hay peregrinación mala, pero se está en la libertad de elegir según lo que cada cual necesite. Finalmente, cada decisión dentro del camino responde a la escucha integral de cada persona, a sus resistencias, cansancios, miedos, esperanzas, riesgos y deseos. 

En esta experiencia nadie es más que nadie; todos somos peregrinos y cada cual carga con el peso que ha decidido llevar en sus espaldas. Quien camina tiene la posibilidad de poner su atención en los dolores o miedos que lleva consigo, quejarse y lamentarse por ellos, haciéndolos así más pesados, pues los pone en el centro de su vida; o puede caminar con ellos (y consigo mismo, tal como es) y abrirse a poner su atención en aquello que le excede y que, al tiempo, le habita y configura: un Señor sorprendente, majestuoso en su simplicidad cotidiana y fiel. Así, el camino ofrece preguntas y permite que emerjan las cosas que hacen ruido, pero también abre horizontes de respuestas que, en esencia, no son más que Él mismo, en su encarnación concreta y presente. 

Por mi parte, estoy profundamente agradecido por haber tenido el privilegio de vivir esta experiencia que es, sin dudar, una lección de vida.  

Que los pasos de Ignacio nos sigan dando luz para tejer nuestro propio camino e imaginar los nuevos y múltiples escenarios y modos en los que juntos podemos peregrinar en la misión que se nos ha encomendado.  

¡Buen camino! 


Foto: Rafaelcruzdp-Cathopic

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