
La ola de calor que azota a la ciudad trae por víctimas a seres que buscan desesperadamente un lugar donde sobrevivir: una esquina, una mirada, al menos una minúscula hendidura entre los sueños que cambien la vida amarga, por el alado verdor de los días felices.

Los Ejercicios Espirituales (EE) llegaron a mi vida como un rayo de sol en medio de una tormenta, justo en un momento cuando la imagen que tenía de Dios estaba distorsionada por el dolor, el odio y el miedo.

Camino despacio pero con prisa, con ansiedad pero sin fuerza; con la urgencia de llegar a lugares que evitaré una vez que los tenga enfrente. Lugares a los que me presentaré con las manos vacías y con los pies cansados. Camino de forma incongruente, anhelando un abrazo, pero queriendo andar por mi cuenta.

Desde antes de subir al camión rumbo a Ejercicios Espirituales sentí gran consolación, gratitud y gratuidad, porque te escuché en la generosidad descarada, en la paz que habita mi hogar, en el amor paciente de mi hermana, en el poema de mi madre y en la experiencia espiritual de otras personas.

Hace unos días platiqué en El Refugio, casa del migrante en Guadalajara Jalisco, con dos mujeres migrantes cuyos nombres nunca olvidaré, más reservaré por seguridad. Ellas me platicaban a detalle cómo es que vivieron su paso migratorio por la selva del Darién, la frontera entre Panamá y Colombia y su entrada sin documentos a México.

Llegamos a la Villa Mag+s en medio de mucha emoción —y cansancio— por el viaje. Nos entregaron nuestro kit de bienvenida: una bolsa con una sudadera, dos camisas, un paliacate, una gorra… Todo impreso con el lema: «MAG+S 2023: Creando un futuro esperanzador». Pero ¿qué significa esto realmente?

Ya se había puesto el sol, y después de nuestra misa en la Cueva de San Ignacio cenamos y nos dispusimos a caminar al Pozo de la Luz, lugar donde Ignacio había tenido la iluminación del Cardener. Era el fin de nuestro itinerario del Camino Ignaciano; antes ya habíamos visitado el monasterio de Montserrat y orado frente a su imagen, y aunque nuestro plan era caminar hasta nuestro siguiente destino, el tiempo caluroso y el sol radiante nos lo impidieron, así que decidimos bajar a pie de la montaña para tomar un tren hacia Manresa.

Me pregunto qué llevarán los nicaragüenses en sus bolsillos. Hace unos meses estuve de misión en un albergue en Veracruz y conocí a cientos de personas migrantes: hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, haitianos, venezolanos, nicaragüenses

Una vez que la noche pasa y que la tormenta se espanta, regresas a ver aquellas huellas que un día salieron corriendo de casa, para vivir aquello que se buscaba.

Sentada en el café del Centro Cultural de la universidad jesuita Antonio Ruiz de Montoya, en Perú, como acreedora a la beca AUSJAL de mi universidad en México, recuerdo con alegría aquella niña que fui a los 15 años cuando, a través de las ventanas de un camión suburbano, veía la grandeza de esa ciudad extraña que me parecía Guadalajara y pensaba en todas aquellas cosas que aún no conocía.