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¿Alcanzan la valentía y la esperanza para cambiar el mundo? 

Sentada en el café del Centro Cultural de la universidad jesuita Antonio Ruiz de Montoya, en Perú, como acreedora a la beca AUSJAL de mi universidad en México, recuerdo con alegría aquella niña que fui a los 15 años cuando, a través de las ventanas de un camión suburbano, veía la grandeza de esa ciudad extraña que me parecía Guadalajara y pensaba en todas aquellas cosas que aún no conocía. 

Recuerdo que todas las madrugadas miraba al horizonte y me preguntaba si las oportunidades para mí serían igual de interminables como todas las cosas que veía desde la ventana de ese camión, que me llevaba desde mi lugar de origen, Ixtlahuacán de los Membrillos, hasta la capital de Jalisco. Esos 34.5 kilómetros de distancia entre mi casa y el Bachillerato Pedro Arrupe (BPA) se fueron haciendo un recorrido conocido, una puerta de entrada a una vida distinta a la que creí para mí. 

Aspectos del Bachillerato Pedro Arrupe. Foto: Lalis Jiménez

Hoy me agradezco, porque aquellos muros del BPA al que asistí durante tres años arroparon todos mis deseos y me abrieron mil posibilidades que no hubiera tenido si no me hubiera dicho a estudiar fuera de mi pueblo. Sin duda, formar parte de este proyecto me ha permitido conocer de manera cercana la importancia y el significado de ponerme en acción y participar en proyectos sociales, pues durante tres años fui consciente del empeño, el amor y el esfuerzo que ponen —y siguen poniendo— todas las personas que ahí laboran, para lograr transformar realidades, romper esquemas y futuros preestablecidos. Algunas personas describen la iniciativa como un «proyecto de justicia social» o «una alternativa a una realidad que desgarra la vida humana», pero para mí fue mi casa, porque además de pasar más de 10 horas entre esos muros grises pero llenos de color, pasaba otras cuatro horas en los trayectos. 

Vengo de un pueblo–ciudad que los expertos en urbanismo llamarían “hogar–dormitorio”; esos territorios periféricos en donde se mora sólo algunas horas y el sueño se vive fuera de casa. La única y diminuta diferencia es que, si tenemos la sensibilidad de mirar más allá de los conceptos del urbanismo, podemos conocer a personas que, como yo, aún utilizan el cansado traslado a sus hogares para soñar en encontrar aquellas grietas que les permitan conocer ciudades más grandes, romper las propias barreras y pasar de objeto a actor. 

Con motivo de la celebración del décimo aniversario del BPA se ha creado una serie de cápsulas documentales que pretenden retratar el impacto que el proyecto ha tenido en ciertos exalumnos, así como la manera en que incluso hoy sigue transformando sus realidades. Me siento honrada de haber sido elegida para dar a conocer parte de los frutos de este proyecto, pues para mí ha sido toda una revelación el reconocer las oportunidades que me ha brindado y las puertas que me ha abierto, todo ello desde el trabajo espiritual, la educación universitaria de calidad, la colaboración con proyectos de investigación, la vinculación nacional e internacional, etc. Siempre que me lo preguntan destaco que para mí el BPA es sinónimo de libertad y sueños, y cada día lo confirmo más. 

Fotográma cápsula 2 del aniversario 10 del Bachillerato Pedro Arrupe.

A raíz de la difusión de la cápsula he recibido distintos comentarios de personas cercanas, la mayoría de ellos me felicitan y reconocen mi historia como un ejemplo de «esperanza» y de «fortaleza». Algunas otras personas de Ixtlahuacán celebran mi valentía y se dicen orgullosos de mí y de nuestro pueblo: «Ojalá muchos de nuestros jóvenes sigan como tú, sin que nada los detenga», leí en uno de los mensajes que me llegaron. 

No obstante, un día me vi dando vueltas por mi cuarto, pensando en el impacto de ese video en mi comunidad. Uno de los profesores de mi antigua secundaria lo había comentado a sus estudiantes y me mencionaba como ejemplo para todos aquellos jóvenes que apenas empiezan a cuestionarse su camino. ¿Cómo sería posible replicar el ejemplo en otros jóvenes? Mi mamá me dijo que, cuando volviera de Perú, seguramente sería invitada en algún momento a platicar sobre ello, y de repente me encontré pensando en lo que implicaría pararme frente a esos jóvenes a platicarles sobre la «valentía y la esperanza». ¿Cómo era posible eso? ¿Cómo sería pararse frente a ellos y decirles «sí se puede»? 

—No es posible —me respondí.  

Porque, aun cuando lo haga, habrá cientos de ellos para los que la valentía y la esperanza nunca les alcancen. Tal vez contar mi historia ayude, pero no será suficiente. 

Desde este sur llamado Perú he pensado mucho en el lugar donde crecí, en la manera en que la localidad y sus habitantes se analizan desde las aulas de clase o desde los artículos académicos. Busco reflexionar desde la cercanía de ser parte de mi comunidad, pero hoy, estando lejos de todo aquello que me formó, y aun siendo parte de la educación jesuita universitaria, me doy cuenta de que, en una realidad tan desigual como la latinoamericana, no basta con ser conscientes y reflexionar, pues no hay pensamiento crítico que alcance a quebrantar lo que una propuesta o acción permite. 

Ahora pienso que, si en algún momento me invitan a hablar frente a estos jóvenes de mi comunidad, mi respuesta siempre sería sí, porque reconozco que aun cuando hablar de valentía y esperanza nunca será suficiente, resulta necesario hacerlo. De la misma manera creo que la dinámica en las aulas y oficinas sobre hablar y cuestionar la realidad es necesaria, pero ya no es suficiente. ¿Habría que plantearse desde otro lugar hacia las problemáticas sociales? ¿Trabajar con metodologías más efectivas? ¿Mirar y accionar desde otros horizontes? Cada uno desde su trinchera tendría que cuestionarse éstas y muchas preguntas más, a fin de no seguir replicando proyectos verticales, sino apostar, desde las aulas y las oficinas, hacia nuevas alternativas horizontales que nos permitan gestionar conjuntamente proyectos para «transformar el mundo». 

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