Del Conciliio Vaticano II al Sínodo de la sinodalidad

A

partir de la conclusión del Concilio Vaticano II se han tenido sínodos de obispos representantes de los diversos países, bajo la guía del papa, para abordar distintas cuestiones de la vida de la Iglesia y realizar cada vez mejor su misión en el mundo. El primero tuvo lugar en 1967 con el papa Paulo VI y desde entonces se celebran cada dos, tres o cuatro años. Unos son ordinarios y otros especiales. Los más recientes fueron el décimo quinto ordinario en 2018, sobre los jóvenes y el discernimiento vocacional, y en 2019 un sínodo especial sobre una pastoral integral para la Amazonia.

En 2021 el papa Francisco convocó un nuevo sínodo, ahora para abordar la dimensión sinodal de la Iglesia. Para ello explica cómo entiende esta palabra (nueva con este nombre, pero con profunda raigambre en la enseñanza de Jesús): los términos griegos syn y odos significan «juntos caminar», de ahí la sinodalidad consiste en «caminar todos juntos», por una parte, con una comunión profunda que los incluye a todos y se esfuerza por no excluir y, por otra, oponiéndose a una actitud estática de mera conservación para, en cambio, buscar con creatividad para llegar a las periferias. Lo resume en tres palabras: participación, comunión y misión.

Pero, esta vez, además de señalar el título y el objetivo, ha tenido mucho cuidado de diseñar también un método, un camino, un modo de proceder. Siempre se ha elaborado un Instrumentum Laboris para ayudar a preparar la aportación de los asistentes en el Sínodo, pero esta vez ha sido diseñado todo un detallado proceso que intenta lograr una participación sumamente amplia de parroquias, laicos y laicas, tanto de los que acuden con mayor frecuencia a las actividades parroquiales como de los que lo hacen en forma esporádica, incluso de miembros de otras confesiones religiosas y de increyentes. Lo anterior con un doble propósito: 1) el más claramente manifestado es recoger con amplitud lo que el Espíritu Santo está expresando de diversas formas en todas esas personas, grupos y sectores, y 2) la pretensión de que los frutos recogidos y elaborados en la reunión sinodal final encuentren una recepción más activa en todos aquéllos que de alguna manera se sintieron participantes escuchados. En efecto, es muy frecuente y triste constatar que la recepción de los documentos eclesiales (ya desde antes del Concilio Vaticano, pero ahora me refiero a los del concilio mismo y posteriores) es relativamente escasa no sólo entre los fieles católicos sino también entre sacerdotes e incluso obispos.

Insuficiente recepción de los documentos de la Iglesia

Lo ejemplifico a grandes rasgos: el Vaticano II elaboró, de 1962 a 1965, cuatro constituciones como documentos más relevantes. El de la liturgia, que pretendía una celebración más fructuosa de todos los sacramentos y en especial de la eucaristía, es el que ha encontrado una puesta en práctica más amplia, pero yo encuentro dos limitantes notables. Por una parte, la celebración misma de la eucaristía: es cierto que el uso de las lenguas vernáculas ha propiciado una mayor participación, pero por lo que toca a América Latina es muy reducida la incorporación de los idiomas indígenas y de la inculturación de los diversos ritos, como claramente señala el documento «Querida Amazonia». Por otra parte, hay una deficiencia más importante todavía: que el fruto de la celebración de la misa se queda encerrado en el templo como una obligación que ya se cumplió, pero que no se proyecta suficientemente en la vida ordinaria con obras de amor, misericordia, justicia, entre otras.

El de la Palabra de Dios que invitaba a un mayor conocimiento de la Sagrada Escritura, en particular de los Evangelios de Jesús, es el siguiente en aplicación lograda. Es el alma de los estudios teológicos, principalmente en los seminarios, y ha aumentado mucho los cursos de Biblia para los fieles. Con todo, aún es reducido el porcentaje de los bautizados que participan regularmente en la eucaristía dominical y más reducido el de los que conocen suficientemente la Escritura.

Por otro lado, el documento de la constitución sobre la vida y la misión de la Iglesia buscaba generar un estilo mucho más comunitario entre todos los bautizados/as, con una mayor participación de los fieles y una actitud y estilo más servicial de presbíteros y obispos. Sin embargo, los avances no son satisfactorios porque persiste el clericalismo más o menos intenso: muchos pastores que ejercen de manera autoritaria y ventajosa y muchos laicos que buscan los sacramentos y otros servicios, reduciendo al mínimo su disposición para recibir formación y participar en la vida eclesial, además de un rechazo o menosprecio de los servicios prestados por otros laicos.

Por último, Gaudium et Spes (gozos y esperanzas) tiene un nombre lleno de aliento para impulsar la solución de las grandes cuestiones sociales en estrecha colaboración entre los seguidores de Jesús y todas las personas y organizaciones verdaderamente buscadoras de justicia, aunque con variadas motivaciones. No obstante, es evidente constatar que la pastoral social es la menos atendida en la mayoría de las diócesis y parroquias, y que la colaboración con la sociedad civil es muy escasa.

Me detuve un poco más en estos principales documentos del Vaticano II, pero algo semejante podemos considerar de las reuniones del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).

Más ampliamente caemos en la cuenta de que es parte generalizada de la condición humana, y al respecto cabe recordar la frase de Jesús de que «muchos son los llamados y pocos los escogidos», al confirmar que, en medio de las multitudes a las que dirigía sus mensajes, eran escasos los que estaban dispuestos a responderle con fe. Pero creo importante poner de relieve un aspecto de nuestra pastoral que lo agrava grandemente.

Antes de su ascensión Jesús envía a sus apóstoles y les encarga lo siguiente: «Vayan por todo el mundo y anuncien mi evangelio a todas las personas, y a quienes crean en ello, bautícenlos». Posteriormente se le dio una importancia desproporcionada a este sacramento y se descuidó tremendamente dar a conocer la enseñanza de Jesús y examinar si verdaderamente era acogida con fe. Esto aplica sobre todo al bautismo de los niños sin cuidar debidamente que sus papás conocieran y creyeran las enseñanzas de Jesús para que se las compartieran a sus hijos, con lo cual tenemos un enorme número de bautizados que muy poco viven la fe cristiana y con una práctica eclesial sumamente restringida.

Foto: © synod.va/Lagarica

Viniendo al aquí y ahora

El papa Francisco hizo la convocatoria de este Sínodo en octubre de 2021 deseando reavivar las experiencias de ese caminar sinodal a lo largo de 2022 y 2023, para luego recoger los frutos en octubre de 2024 y relanzarlo con mayor intensidad. Pero ¿qué ha ocurrido en estos años? Comparto los datos básicos de la diócesis en la que vivo. En un primer momento se convocó a dos parroquias de cada uno de los 16 decanatos. Se invitaba al párroco y a dos laicos para comunicarles cómo se iba a proceder para realizar la consulta sinodal y pedir que lo llevaran a cabo, para luego enviar una síntesis de los resultados del proceso vivido. En una segunda etapa se llamó a otras 32 parroquias y finalmente a las 56 restantes. De la primera etapa 30 parroquias enviaron su síntesis, de la segunda lo hicieron 20 y de la tercera tan sólo 16. Eso refleja el nivel de sinodalidad que hoy estamos viviendo, en especial los párrocos mismos (que son quienes más determinan «antisinodalmente») y en su medida también las y los laicos.

«Antes del Vaticano II la fidelidad era comprendida como ‘no cambiar’, algo inmutable: la misa tenía que ser en latín; la Biblia y el catecismo había que entenderlos al pie de la letra».

Estos sencillos síntomas ejemplifican las dos principales tareas que enfrenta este Sínodo. Primero, recoger todas las dinámicas ya vivas y operantes en nuestras respectivas iglesias reales para agradecerlas al Espíritu, fuente de vida y amor, y buscar las formas de potenciarlas más aún. Segundo, intentar descubrir los factores que están impidiendo que la comunión y la participación sean más intensas y, correspondientemente, buscar soluciones creativas que ayuden a superarlas. Esto último sabiendo que llegar al 100% es un ideal inalcanzable, pero que sí es factible avanzar lo más posible. En esa línea quizá podamos aprender de la experiencia de los grupos religiosos («sectas») que convencen a algunos católicos para adherirse a sus comunidades, pues ciertamente el porcentaje de participación que tienen es más elevado que el nuestro.

Una fidelidad creativa

Estos primeros momentos de comunión y participación verdaderamente abierta e inclusiva en la escucha de los otros y atentos a la voz del Espíritu han de encaminarnos a tener una mayor claridad en los múltiples retos a los que hemos de responder para realizar sinodalmente la misión que Jesús nos confió: anunciar el reinado de Dios en todas sus dimensiones con la palabra y los hechos a todas las personas y a todos los pueblos para que tengan vida y vida en abundancia. Para percibir esos retos e intentar responder a ellos hemos de permanecer fieles a la enseñanza de Jesús. Y aquí conviene recordar que antes del Vaticano II la fidelidad era comprendida como «no cambiar», algo inmutable: la misa tenía que ser en latín; la Biblia y el catecismo había que entenderlos al pie de la letra; la Iglesia docente era la única encargada de enseñar, y la Iglesia discente permanecía en minoría de edad toda su vida… El Concilio Vaticano II introdujo cambios en todos esos aspectos, no de una manera caprichosa sino precisamente por una doble fidelidad bien entendida, por una parte, a la palabra de la Escritura y muy en especial a la de Jesús, pero superando interpretaciones literales y fundamentalistas y, por otra, la fidelidad al Espíritu Santo aún vivo y que estaba teniendo importantes manifestaciones a través de los signos de los tiempos.

De esta manera se nos da el ejemplo de una fidelidad creativa y nos convida a proseguirla. Así, hay que evitar los dos extremos: 1) una inmutabilidad que tiene mucho de resabios fariseos que se habían infiltrado dentro de la Iglesia católica, y 2) cambios realizados de una forma caprichosa motivados por influjos de época y no bien discernidos. En algunos casos se puede ver con mayor claridad y rapidez si estamos cayendo en alguno de los extremos; en otros se requiere un discernimiento más detenido y prolongado, y en ello ha de ayudar un diálogo precisamente sinodal en el que vayamos aprendiendo a escuchar y aportar nuestra palabra con gran respeto y sinceridad. En algunas ocasiones es necesario aprender a ensayar cuidadosamente, fijándonos bien si en realidad alcanzamos los frutos pretendidos, tomando en cuenta aquellas palabras de Jesús —«por sus frutos los conocerán»— sin determinarnos por prejuicios a priori. Así, en la época del posconcilio se hizo un tanto común la expresión ad experimentum.

La asamblea general de octubre de 2023 y octubre de 2024

Las reuniones realizadas en parroquias y diócesis a lo largo de 2022 enviaron sus síntesis, que fueron recogidas a escala nacional y continental. En octubre de 2023 y 2024 se tuvo en Roma la asamblea general en dos sesiones, en las que participaron un total de 464 personas. De éstas, 365 eran miembros con voz y voto, incluyendo 169 obispos, 54 mujeres y 50 personas designadas directamente por el papa. Además, participaron 20 jefes de las Iglesias orientales católicas, 10 miembros de las uniones de Superiores y Superioras Generales y 20 jefes de los Dicasterios de la Curia. Esta composición plural/sinodal constituye una profunda novedad, pues previamente participaban con derecho a voto únicamente los obispos; otros, como expertos, auditores y delegados fraternos de otras iglesias, tenían sólo derecho a voz.

Al final de la primera sesión se publicó un documento con tres partes: 1) el rostro de la Iglesia sinodal, 2) todos discípulos, todos misioneros, y 3) tejer lazos, construir comunidad. Cada parte trata unos seis temas y en cada uno se señalan los puntos en los que ya hay convergencia y los que siguen requiriendo búsqueda para llegar al consenso. En los siguientes meses todo ello siguió siendo estudiado por comisiones y expertos que ofrecieron su aporte para la celebración de la segunda sesión. Al final de ésta se redactó un documento que ofrece sus conclusiones.

Los temas que menciona el documento son importantes y algunos relativamente novedosos, al menos por el enfoque con que son elaborados. La teóloga Consuelo Vélez lo explica en el informe «Sínodo de la sinodalidad» elaborado por Religión Digital:

Se refiere a la opción por los pobres, el ecumenismo, la identidad misionera de la Iglesia, el abrir espacios a las mujeres en la Iglesia, el discernimiento, la comunión eclesial, la importancia de la escucha y el acompañamiento a los jóvenes, las voces de las víctimas y supervivientes de abusos sexuales, espirituales, económicos, institucionales, de poder y de conciencia por parte de miembros del clero o de personas con nombramientos eclesiásticos. También habla de escuchar y acompañar a los marginados o excluidos de la Iglesia por su situación matrimonial, su identidad y su sexualidad, sin dejar de lado a los pobres, los presos, los ancianos, los enfermos, etc.

Cabe destacar también la preocupación por la formación del clero y de seguir denunciando el clericalismo. También propone estructuras dedicadas a la prevención de abusos. Pide que haya una consulta más amplia para la elección de obispos y se promueva una cultura de rendición de cuentas. Recuerda que la curia romana ha de estar al servicio de las iglesias locales y no convertirse en un obstáculo entre ellas y el pontífice.

Foto: © synod.va/Lagarica

Vivencias y temas destacados en la segunda sesión durante octubre de 2024

Además del documento elaborado, los participantes ponen de relieve y agradecen la profunda y rica experiencia de la «sinodalidad vivida». El método de la conversación espiritual aplicado en las sesiones ayudó mucho para poner en común la riqueza del aporte de una diversidad de ambientes eclesiales, así como abordar los temas difíciles para avanzar hacia la convergencia. El documento expresa esos abundantes y confortantes frutos vividos para alimentar la esperanza hacia múltiples aspectos que aún requieren conversión.

La primera parte recuerda, en términos de sinodalidad, la rica experiencia de ser pueblo de Dios originada por el Padre mediante Jesús y el Espíritu Santo. La Iglesia como sacramento de unidad que la vive ya como don divino en la armonía y la espiritualidad, pero aún necesitada de múltiples conversiones y de profecía social.

Las partes dos, tres y cuatro desarrollan las conversiones imprescindibles en las relaciones, los procesos y los vínculos. Tras recordar el fundamento ya vivido, señala los cambios necesarios con gran realismo, detallando aspectos que invitan e insisten en la urgencia de que todo ello se materialice en la realidad, superando los ideales del documento y las puras buenas intenciones. Deja atrás todas las expresiones de clericalismo y con un espíritu ecuménico se esfuerza por incluir a todos con los que aún tenemos diferencias y discriminaciones: grupos católicos, otras confesiones evangélicas, otras religiones, no creyentes y ateos, así como diversos tipos de familia, razas y sectores sociales. Todo ello, además, reconociendo el invaluable aporte de las mujeres e intentando eliminar todas las formas de discriminación en su contra.

La quinta parte y la conclusión retoman la invitación a que todos en la Iglesia vivamos cotidianamente como un pueblo de Dios de discípulos y misioneros.

A modo de conclusión

El Espíritu Santo nos invita ahora a reconocer, valorar, agradecer e incrementar los frutos producidos en la vida de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II. Al mismo tiempo, nos llama a superar sinodalmente las múltiples deficiencias y pecados aún presentes, aprovechando las luces obtenidas y las experiencias vividas, especialmente desde octubre de 2021. Como elemento importante de este camino, habrá que conocer, orar, difundir y llevar a la vida diaria el documento final de octubre de 2024. 

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