
La más importante de las muchas actividades de este grupo fue la celebración eucarística realizada el 16 de noviembre de 1965 en las Catacumbas de Domitila, al final de la cual los alrededor de cuarenta obispos presentes se comprometieron con una Iglesia pobre y al servicio de los pobres y, en consonancia, con un estilo personal de vida pobre, alejado de todos los símbolos de riqueza y poder y de todos los privilegios.

«La historia de la educación católica es la historia del Espíritu en acción», escribió el papa, destacando que la Iglesia es «madre y maestra» no por supremacía, sino por servicio».

Entre la primavera del Concilio Vaticano II y el pontificado del papa Francisco, hubo para el diálogo interreligioso, según nos dice el teólogo español Victorino Pérez Prieto, un gélido invierno en la iglesia.

A partir de la conclusión del Concilio Vaticano II se han tenido sínodos de obispos representantes de los diversos países, bajo la guía del papa, para abordar distintas cuestiones de la vida de la Iglesia y realizar cada vez mejor su misión en el mundo.