Ha pasado un año desde la muerte del papa Francisco y, en México, su ausencia se siente con una densidad particular. Por su origen y convicción, Francisco fue un pontífice cercano a América Latina y su palabra tocó fibras profundamente sensibles de nuestra realidad: la enorme desigualdad, la violencia de todos los días, la migración forzada y la tentación de normalizar el descarte de vidas humanas. Recordar hoy a Francisco no es ocioso. No es un gesto devocional ni una evocación piadosa. Es una pregunta incómoda dirigida a nuestra conciencia social, política y eclesial.

Foto: Cathopic
Francisco fue un pastor que habló un lenguaje comprensible para el pueblo sencillo y doliente. Desde el inicio de su pontificado insistió en una Iglesia pobre y para los pobres. Esto no era una consigna motivada ideológicamente, sino una exigencia evangélica. En México, donde conviven una fe popular viva con estructuras sociales marcadas por la exclusión, su mensaje encontró eco y, al mismo tiempo, resistencia. Su crítica al clericalismo, a la corrupción del poder religioso y a la comodidad institucional interpeló a una Iglesia tentada muchas veces a refugiarse en el ritual y el dogma sin compromiso histórico.
En un país aquejado por una violencia ascendente, Francisco se negó a aceptar la lógica de la muerte como destino forzoso. Insistió siempre en poner en el centro a las víctimas —no a las estadísticas— y su insistencia resuena hoy con fuerza en una nación marcada por las desapariciones, los feminicidios y por comunidades enteras sometidas al miedo. El papa “del fin del mundo” nos recordó que no hay paz posible sin justicia y que la indiferencia es una forma particularmente cruel de complicidad. A un año de su partida, la pregunta permanece abierta: ¿nos hemos acostumbrado al horror? ¿seguimos anestesiados frente al dolor ajeno?
Otro de los grandes aportes de Francisco, de particular relevancia en nuestro país, fue su defensa radical de la dignidad de las personas migrantes. México es país de origen, tránsito y destino, y ha vivido en carne propia la tragedia de hombres y mujeres obligados a abandonar su tierra para sobrevivir. Frente a discursos que criminalizan y deshumanizan, Francisco habló con toda claridad: el migrante no es una amenaza, sino un rostro concreto que interpela nuestra humanidad. Su llamado a acoger, proteger, promover e integrar sigue siendo un examen ético urgente para nuestra sociedad y para nuestras políticas públicas.
En el ámbito económico, Francisco criticó este sistema que produce riqueza para unos pocos y miseria para muchos. En México pudo constatar su brutalidad y encontró un terreno especialmente propicio para esa crítica. Francisco denunció una economía que mata, una cultura del descarte que convierte a los pobres en sobrantes. En un país donde la concentración de la riqueza convive con amplias mayorías empobrecidas, su palabra no fue cómoda. No lo pretendía. El Evangelio, insistía, no puede separarse de la justicia social sin vaciarse de sentido.
Para la Iglesia en México, el pontificado de Francisco representó también un llamado a la conversión. Su insistencia en la sinodalidad, en la escucha y en el discernimiento comunitario desafiaba modelos jerárquicos cerrados y prácticas clericales y autoritarias. Al mismo tiempo, su postura firme frente a los abusos sexuales y de poder recordó que no hay auténtico testimonio cristiano sin verdad, sin justicia y sin reparación. No basta indignarse ante el escándalo; ni siquiera son suficientes las disculpas. Lo que es imprescindible es una transformación profunda de las dinámicas que hicieron posible ese crimen, tales como la impunidad, el silencio y -otra vez- el clericalismo.
Quizá una de las mayores enseñanzas de Francisco fue su capacidad de sostener tensiones sin resolverlas de manera simplista o autoritativamente. En un país polarizado, donde el debate público suele reducirse a descalificaciones mutuas, su apuesta por el diálogo y el discernimiento comunitario constituye una interpelación particularmente aguda. Francisco mostró que la fidelidad al Evangelio no consiste en imponer certezas, sino en caminar juntos, incluso en medio del conflicto.
A un año de su muerte, el mejor homenaje que México puede rendir al papa Francisco no es la nostalgia ni la idealización. Francisco -lo dijo muchas veces-, era un pecador como todos y todas. Conmemorarlo es tomar en serio su palabra. Escuchar su llamado a una fe encarnada, comprometida con la dignidad humana y resistente frente a la cultura del desperdicio y el descarte. Francisco ya no está, pero su voz sigue resonando. La verdadera pregunta es si, como sociedad y como Iglesia, estamos dispuestos a dejar que nos siga incomodando.
La versión original de este texto se publicó en el Blog de Buena Prensa, que autoriza su reproducción.






