Fragmentos de la homilía presentada el 17 de abril de 2018 en Santa Marta

«La Iglesia necesita que todos seamos profetas, es decir, hombres de esperanza, siempre directos y nunca débiles, capaces de decir al pueblo palabras fuertes cuando hay que decirlas y de llorar juntos si es necesario. El profeta no es un anunciador de desventuras o un juez crítico o un recriminador de oficio. Es, ante todo, un cristiano que recrimina cuando es necesario, siempre abriendo las puertas y arriesgando su persona, también su piel, por la verdad y para resanar las raíces y la pertenencia al pueblo de Dios».

«El relato del martirio de san Esteban (Hch 7, 51; 8, 1). Es el final de una larga historia que toma dos capítulos del libro. Es una historia que comienza cuando algunos de la sinagoga de los libertos, viendo las cosas, los prodigios y la sabiduría con la que hablaba Esteban, fueron donde él para discutir y él discutió con ellos, pero no pudieron hacer frente a la sabiduría y al espíritu con el que él les hablaba y en vez de reconocer sus argumentos, inventaron varias calumnias y llevaron a Esteban a juicio».

«Allí en el tribunal, en cuanto él entró, la gente que estaba allí vio su rostro como el de un ángel, fuerte y luminoso». Después, Esteban comenzó a hablarles y a contarle toda la historia del pueblo judío, pero él no quería discutir solamente sobre el presente, quería resanar las raíces de aquella gente que estaba cerrada, que había olvidado la historia».

«Por esa razón les dio una larga explicación toda la historia de Israel, pero al final se da cuenta de que aquella gente estaba cerrada en sus pensamientos, no quería escuchar». «Esteban les recriminó también, como Jesús lo había hecho en su momento y utilizando casi las mismas palabras: “obstinados”, “incircuncisos en el corazón”, es decir “paganos” porque habían olvidado sus raíces, y sus oídos oponían resistencia al Espíritu Santo».

«Los profetas siempre han tenido problemas por decir la verdad y la verdad es incómoda, muchas veces no gusta. Aunque hayan intentado decirla con dulzura, para convencer, como lo hizo Esteban, al final, terminan por hablar duro».

«¿Cuál es, para mí el test de que un profeta cuando habla alto dice la verdad? Es cuando este profeta es capaz, no solo de decirla, sino de llorar por el pueblo que ha abandonado lo verdadero. Como Jesús, que por una parte recrimina con palabras duras a una “generación perversa y adúltera” y por otra, parte llora por Jerusalén. Precisamente, este es el test: un verdadero profeta es aquel que es capaz de llorar por su pueblo y también de decir cosas fuertes cuando debe decirlas. No es tibio, siempre es así, directo».

«La Iglesia necesita profetas. Diré más, necesita que todos nosotros seamos profetas. El profeta es quien reza, mira a Dios, mira a su pueblo, siente dolor cuando el pueblo se equivoca y es capaz de llorar por este pueblo, pero también de jugársela por decir la verdad».

«Ojalá que a la Iglesia no le falte este servicio de la profecía y que nos envíe profetas como Esteban que ayuden a revitalizar nuestras raíces, nuestra pertenencia, para ir siempre adelante». 

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