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Sobre zombis y resurrecciones 

Los cristianos creemos en la resurrección de los muertos, pues «si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe», pero también tendemos a pensar en esta resurrección como un momento escatológico muy puntual. 

Se nos olvida que hay otras resurrecciones más cotidianas, que son profundamente sanadoras y que nos permiten seguir viviendo y seguir sembrando vida. 

Sin estas resurrecciones estaríamos de cierto modo muertos y nos iríamos volviendo destructores de la vida porque, por algún mecanismo psicológico, tendemos a destruir aquello que nos refleja lo que no somos o no tenemos; como si el hecho de hacerlo así nos permitiera ya no ver en los otros lo que nos falta y nos quitara nuestra descomposición y hedor de cadáveres. En realidad, los zombis que se alimentan de la vida no me parecen tan ficticios. 

Pues bien, nos enfermamos y vamos muriendo y también matando con el pecado. Este consiste en aquellas acciones o modos de vida, e incluso intenciones ocultas pero cotidianas que dañan, que mutilan, que son como una peste que hacen que uno vaya por la vida haciendo mal, lastimando, destruyendo, contagiando enfermedad y muerte. 

Es falso pensar que hay daños que sólo nos hacemos a nosotros mismos. Somos seres sociales, dependemos de una comunidad y nuestro simple ser y estar la afecta para bien o para mal. Desde el punto de vista cristiano podríamos hablar de la comunión de los santos, por la cual todos somos parte de un mismo cuerpo cuya cabeza es Cristo. Y no hay actividad de una parte del cuerpo que no afecte al todo; podemos con el pecado estorbar y taponar la Gracia en esas arterias, esto a pesar de la cabeza (que es Cristo), pues Dios respeta nuestra libertad al grado de que «Dios que te hizo sin ti, no te salvará sin ti» (san Agustín). 

Sin embargo, tenemos en nuestra religión un gran regalo que es el sacramento de la reconciliación, al que yo llamo el sacramento de la resurrección porque nos vuelve a la vida debido a que —más allá de culpas nimias, fruto de conciencias quisquillosas, que corresponde al sacerdote reeducar— el sacramento que se celebra es liberador. La persona que se duele del daño que hizo, que se arrepiente y se confiesa, no sólo se quita el peso de la culpa —muchos reducen a eso el sacramento o a un cierto tipo de terapia, pero es muchísimo más—, sino que recibe la Gracia para descubrir que el arrepentimiento significa el no ratificar lo que uno era al cometer un pecado. 

La persona arrepentida que se confiesa puede distanciarse de su viejo yo. No puede borrar lo hecho, sentido, pensado o dicho, pero puede rechazar a su persona anterior, en términos de san Pablo: «Se despoja de su vieja naturaleza» y así puede empezar de nuevo. Esto significa revisar con cuidado qué es lo que nos llevó a hacer aquello que nos dolemos de haber hecho y qué hay que corregir en nuestra vida para no volver a hacerlo. 

Los humanos no sabemos olvidar ni perdonar, ponemos una letra escarlata a perpetuidad en el pecador. Sin embargo, el Dios que nos ama nos acoge siempre, por eso nos regaló ese sacramento que «nos quita las escamas de los ojos» y nos brinda la Gracia que nos impulsa a volver a empezar, pero despojándonos de nuestra vieja envoltura, porque el viejo yo seguirá cometiendo los mismos pecados, por más que duelan, pesen y se confiesen. 

Es necesario despojarnos de ese viejo yo para poder volver a empezar. Se dice fácil, pero no lo es; por eso el sacramento es un regalo, una fuente de Gracia que brinda la fortaleza para poder hacer lo que solos no podemos: transformarnos y, todas las veces que sea necesario, ¡resucitar! 


Imagen de portada: Cathopic

4 comentarios

  1. Es fruto de la experiencia (una experiencia fundante, por cierto), pero también de 2 buenos sacerdotes que me ayudaron a entenderlo y vivirlo así en su momento. Desafortunadamente también hay sacerdotes que lo dejan a nivel de «crimen y castigo» y se les olvida aquello del buen pastor.

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