
José y María fueron una familia migrante, gracias a esta iniciativa nació Jesús en un humilde pesebre. Desde esas coordenadas emergió la esperanza de una noticia buena en el nacimiento del hijo de la luz.

En estas fechas la liturgia nos invita a saber esperar y a saber reconocer el nacimiento de Aquél a quien se espera, del Dios que quiere encarnarse por puro Amor, porque reconoce que así es como se puede redimir la humanidad. Sin embargo, en estos tiempos que vivimos, ‘esperar algo’ parece prácticamente imposible, ya no tenemos la costumbre de esperar.

La Navidad, en algunos momentos de mi vida, me resultaba más inquietante que significativa. Durante muchos años fue una experiencia más bien de privilegio, mezclada con una sensación de vacío.

Ante la petición de dos personas de ser bendecidas, aunque su condición de pareja sea «irregular» (por ejemplo, una pareja homosexual o una pareja de personas divorciadas previamente), será posible que el ministro ordenado las bendiga, pero sin que este gesto de cercanía pastoral contenga elementos que lo asemejen a un rito matrimonial.

Navidad es más que encuentro, es la celebración de nuestra salvación. Quizá para muchos de nuestros contemporáneos la salvación no sea un tema que les interese mucho, por sentirlo muy religioso, poco accesible, misterioso o referido a otro mundo y alejado de sus necesidades de la vida cotidiana; sin embargo, todos buscamos salvarnos.

Hace unos días platiqué en El Refugio, casa del migrante en Guadalajara Jalisco, con dos mujeres migrantes cuyos nombres nunca olvidaré, más reservaré por seguridad. Ellas me platicaban a detalle cómo es que vivieron su paso migratorio por la selva del Darién, la frontera entre Panamá y Colombia y su entrada sin documentos a México.

¿Dónde estoy caminando? ¿Con quiénes estoy? Fueron algunas de las preguntas que me hice en mis primeros días de la experiencia Magis Internacional el verano pasado. No sabía realmente con exactitud la respuesta, fue como si las 11 horas de vuelo México–Portugal no me hubieran advertido de nada; al llegar sólo apreciaba a personas de todas partes del mundo, congregadas por un lazo invisible que, más allá de la distancia, el idioma o la situación política, se sentían unidas y entrelazadas por eso que me gusta llamarle «Dios».

Contemplo la imagen de Guadalupe, la que se recogió en una tilma de trabajador allá en el Tepeyac. En sus múltiples detalles no se esconde la fusión de elementos.

La solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, la Morenita, la Madre del rostro mestizo, cuya devoción se extiende desde Alaska hasta la Patagonia y en tantos otros lugares, nos invita a centrar nuestra atención en ciertos aspectos de la acción de Dios en nuestra historia que, desde nuestra fe, es historia de salvación.

Este 10 de diciembre cumple 75 años la Declaración Universal de los Derechos Humanos, documento en el que quedaron cristalizados los anhelos de dignidad y justicia de la humanidad, tras la catástrofe civilizatoria que significaron las dos guerras mundiales a comienzos y mediados del siglo XX.