
Mimi tiene ojos templados, boca tropical y una piel árida, como los climas del territorio mexicano. En su huipil habitan todas las flores de los árboles, y en su falda las confecciones de todos los artesanos.

¿Qué celebrar en medio de tanto sufrimiento? En la siguiente reflexión les invito a abordar esta cuestión desde una perspectiva ignaciana, buscando ser luz en este tiempo de noche y que nos permita avanzar en la esperanza y la acción.

Fue la primera nochebuena que en mi vida no tuve celebración en familia con nacimiento, estrella, pastores y villancicos, y la primera también que ¡ni siquiera tuve cena!

¿Qué hace posible la experiencia de fiesta de Navidad en un contexto de hospital? Puedo decir que hay muchos ojos que miran con amor a quienes viven estas realidades y esa mirada nace de la experiencia de un día haber sido actores en estos mismos escenarios; de haber vivido en carne propia una noche de Navidad en el hospital.

José y María fueron una familia migrante, gracias a esta iniciativa nació Jesús en un humilde pesebre. Desde esas coordenadas emergió la esperanza de una noticia buena en el nacimiento del hijo de la luz.

En estas fechas la liturgia nos invita a saber esperar y a saber reconocer el nacimiento de Aquél a quien se espera, del Dios que quiere encarnarse por puro Amor, porque reconoce que así es como se puede redimir la humanidad. Sin embargo, en estos tiempos que vivimos, ‘esperar algo’ parece prácticamente imposible, ya no tenemos la costumbre de esperar.

La Navidad, en algunos momentos de mi vida, me resultaba más inquietante que significativa. Durante muchos años fue una experiencia más bien de privilegio, mezclada con una sensación de vacío.

Ante la petición de dos personas de ser bendecidas, aunque su condición de pareja sea «irregular» (por ejemplo, una pareja homosexual o una pareja de personas divorciadas previamente), será posible que el ministro ordenado las bendiga, pero sin que este gesto de cercanía pastoral contenga elementos que lo asemejen a un rito matrimonial.

Navidad es más que encuentro, es la celebración de nuestra salvación. Quizá para muchos de nuestros contemporáneos la salvación no sea un tema que les interese mucho, por sentirlo muy religioso, poco accesible, misterioso o referido a otro mundo y alejado de sus necesidades de la vida cotidiana; sin embargo, todos buscamos salvarnos.

Hace unos días platiqué en El Refugio, casa del migrante en Guadalajara Jalisco, con dos mujeres migrantes cuyos nombres nunca olvidaré, más reservaré por seguridad. Ellas me platicaban a detalle cómo es que vivieron su paso migratorio por la selva del Darién, la frontera entre Panamá y Colombia y su entrada sin documentos a México.