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¿Qué esperamos cuando esperamos en Adviento?  

Como cada año, empieza el Adviento, este tiempo que es a la vez de espera y esperanza. Pero ¿qué esperamos realmente? En una primera respuesta, diríamos «el nacimiento de Jesús», pero ¿no nació hace más de dos mil años? Y mucho más importante: ¿no está presente siempre, muerto y resucitado? ¿No está presente en cada Eucaristía? El Emmanuel, Dios–con–nosotros, no es sólo el anunciado por los profetas como alguien que llegará en un momento dado. Al despedirse de sus discípulos, su palabra final (de acuerdo con el evangelio de Mateo) es: «Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Jesús, Emmanuel, ya está aquí.

Y sin embargo, necesitamos con todo nuestro ser reanimar nuestra esperanza. Desde la oscuridad de nuestro mundo, sumido en una violencia sin sentido, en la indiferencia ante el dolor ajeno, desde nuestras distracciones y dispersión, nuestro corazón necesita clamar «ven, Señor. Sigue viniendo. Hazte presente en esta realidad tan rota, porque nosotros solos no podemos».

El Adviento inicia con un texto de Isaías profundamente expresivo: «Ojalá rasgaras los cielos y bajaras […]» (Is 63, 19). Es una súplica que expresa la urgente necesidad de nuestra humanidad de comenzar de nuevo, de recuperar la experiencia de Dios presente entre nosotros.

Los textos proféticos de las lecturas a lo largo del Adviento van desgranando todo eso que añora nuestro mundo:

  • Que venga la justicia: el mismo texto de Isaías describe nuestra realidad necesitada de Dios. «Todos éramos impuros y nuestra justicia era como un trapo asqueroso […] » (Is 64, 5).Vale la pena decirlo así, con dolor y con asco.  Reconocer que nos hemos endurecido y nos hemos alejado de los caminos de Dios.
  • Que los pobres sean escuchados y reconocidos en su dignidad: una y otra vez se hace referencia a los pobres, y se les promete lluvia para la cosecha, pan abundante. Y un «emparejar el camino» que supone quitar a los poderosos de los tronos para levantar a los humildes. «A la ciudad excelsa la humilló… la arrojó hasta el polvo, donde la pisan los pies, los pies de los humildes, los pasos de los pobres…»  (Is 26, 1–6).
  • Que la Tierra se llene de paz: los textos más evocadores de los profetas prometen la paz, porque quizás no hay nada más contrario al plan de Dios que la guerra y la violencia. «De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra» (Is 2, 4).
  • Que no haya más hambre, llanto, dolor:  «El Señor preparará sobre este monte un banquete con platillos suculentos para todos los pueblos[…] Enjugará las lágrimas de todos los rostros[…]» (Is 25, 6–10).Los textos de Isaías hablan, en última instancia, de consolar a todas las víctimas y que los daños sean reparados. «Ya no volverás a llorar… El Señor misericordioso, al oír tus gemidos, se apiadará de ti y te responderá… El día en que el Señor vende las heridas de su pueblo y le sane las llagas de sus golpes, la luz de la luna será como la luz del sol» (Is 30, 19.26).
  • Que se restaure la armonía con la Creación: la promesa abarca más allá de la paz entre los pueblos. Se habla de tierras áridas que recuperan la fertilidad, ríos que se vuelven abundantes, lluvias que llegan a su tiempo. Los mismos animales son capaces de convivir, y dejan de ser percibidos como amenaza. «Habitará el lobo con el cordero […] El niño jugará sobre el agujero de la víbora; la criatura meterá la mano en el agujero de la serpiente[…]» (Is 11, 9).

Cada una de las lecturas anteriores va acompañada de un Evangelio que muestra de qué manera Jesús ya cumplió esas promesas: alimentando a la multitud, curando enfermedades, poniendo su mirada en los pobres y pequeños. Y ahora, tantos siglos después, lo que nos dice el Evangelio en el Adviento es que ninguna de esas promesas se puede cumplir sin nosotros.

Sí, el Adviento da espacio para nuestras más descabelladas esperanzas. Pero en el fondo ¿no será que Dios mismo es quien espera? El que espera que despertemos, que escuchemos a sus profetas… Me gusta pensar en el Adviento como una danza entre Dios y nosotros, en la que poco a poco nos vamos acercando. Nosotros cantamos «ven, Señor», Él dice «vengan a mí…». Le pedimos que vuelva su mirada hacia nosotros, y Él nos replica «vuelvan a mí de todo corazón». Esperamos que venga como sanador de corazones, que cure nuestras heridas, y Él nos vuelve a decir: «Vayan ustedes y proclamen que ya se acerca el Reino de los Cielos. Curen a los leprosos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Han recibido este poder… ejérzanlo gratuitamente» (Mt 10, 8).

El último domingo de Adviento este año será el 24 de diciembre. Esa mañana el Evangelio será la Anunciación, en el que vemos el encuentro de dos esperas: la de María, esperando la promesa junto con su pueblo; la de Dios, esperando el sí de una mujer que abra espacio a su presencia en lo humano. Esa imagen nos pone en el umbral mismo de la Navidad, donde Dios, que no puede esperar más, se hace radicalmente cercano para nacer en medio de nosotros. Ahí, en un lugar aparentemente insignificante, nos estará esperando.

El Dios que siempre viene, nos espera.

8 comentarios

  1. Muchas gracias hermana por compartirnos las reflexiones del Evangelio, son muy pertinentes en una sociedad tan necesitada de fortalecer su dimensión espiritual.

  2. Es siempre un gusto leerte; recuerdo nuestras jornadas de oración en la escuela; ejercicios llenos de espera, propuesta y crecimiento…ay y tantas cosas!!!

    Gracias

    Paz y bien

  3. GRACIAS CLARA!!!!
    Me enriquece leerte y es material muy valioso para compartir en la Parroquia de San Andrés, GRACIAS
    Un abrazo grande, grande
    Pita Compeán

  4. Clara. Mil gracias por tu mensaje tan esperanzador que deja en nuestro corazón el gozo y amor de Dios por nosotros sus hijos.
    Abrazo fuerte con mucho cariño.

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