No sé cómo escribir esto, «a rodilla pelona» me aconsejó un amigo sacerdote y, aunque me causó gracia la expresión, es muy cierta. Hay cosas que solo de rodillas en oración humilde ante el misterio, se pueden meditar. Esta reflexión es un ir y venir, no pude hacerla de otro modo y pido disculpas si eso confunde.
No puedo pensar en la muerte de Cristo, sin pensar en nosotros, en su mensaje, en lo que eso me dice a mí concretamente y eso explica el «ir y venir». No puedo representarme su cruz y muerte como un objeto de reflexión al cual diseccionar, esta muerte me implica y por eso me complica. Las últimas palabras de Cristo en la cruz son algo que desde hace mucho tiempo me ha intrigado: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?». Cristo mismo, el hijo amado que muere inocente se siente abandonado en sus últimos momentos de vida. Getsemaní era un presentimiento de esto, de la terribilidad de lo que, aunque uno sabe que será terrible, no sabe en qué consistirá. Los sudores de sangre no son por la traición de los amigos (no sólo lo hizo Judas, también Pedro) ni por los latigazos, ni los escupitajos, ni la corona de espinas, ni las burlas, ni los abucheos, ni siquiera son por ser clavado en la cruz. Somos muy dados a centrarnos en esto, en la parafernalia visible de los castigos psicológicos o físicos y, en el caso de Cristo hacemos mucha alharaca al respecto, especialmente por estos días. Pero se podría decir que eso que tanto nos duele o nos espanta de los últimos días de Jesús no es lo esencial de estos días, lo esencial está ahí en sus últimas palabras: La absoluta soledad que se siente ante el vaciamiento de Dios.
Veamos, Dios se hizo humano y con ello nos regaló el maravilloso misterio de la encarnación y, como todo humano, tuvo que aprender a serlo: a hablar, caminar, crecer, jugar, llorar, pasar por una rebelde adolescencia, descubrir su vocación, enfrentarse a todo por vivirla, etc. Pero también como en todo humano, parafraseando a San Agustín. «Dios era más íntimo a él que él mismo», lo cual significa que, cualesquiera que fuesen sus circunstancias vitales, en él aleteaba la llama de la gracia, llamita que, si vamos atendiendo se va acrecentando hasta convertirse en un fuego que todo lo abraza como podemos ver en la vida de los humanos a los que los católicos denominamos «santos» y en Cristo mismo.

Responder a la gracia es como oxigenar el fuego, este se acrecienta y se acrecienta hasta que, parafraseando ahora a San Pablo «ya no soy yo, sino Dios quien vive en mí», Dios nos va habitando cada vez más. Y Dios habla claro y pide lo que espera de nosotros, nosotros respondemos como queremos, porque ese Dios respeta la libertad que ha creado, se nos entrega con amor, no con cruces ni espinas. Pero creo que también es cierto que traemos nuestra cruz: un mundo heredado que no es el paraíso terrenal, unos antepasados que nos posicionan de cierta manera, unas circunstancias, un contexto, una época, un cuerpo concreto y, especialmente un desgarramiento interior «¿por qué no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero?” Sin embargo, nada de eso nos define, todo eso es el punto de partida, es todo eso aunado a la gracia que nos sostiene, sobre eso vamos desarrollándonos, me parece que mientras más complicado es el arranque, más gracia nos sostiene, a menos fuerza propia, más fuerza de Dios. En ese sentido siempre empezamos completos. El problema es el camino, solo Dios que conoce los corazones sabe por qué hacemos lo que hacemos y por eso siempre está ahí esa llama que invita a ser cada vez más plenos. Dios nos conoce mejor que nosotros y nos impulsa, sostiene, alienta, invita. Esa llama encendida en nuestro interior siempre nos llama y se aviva o se va apagando, eso depende de nosotros, aquí es donde aparece la parafernalia: los abucheos, las burlas, los latigazos, los escupitajos, las espinas, la cruz que nos va tumbando con su peso y hasta la crucifixión, son el pecado mismo. Esa sí es nuestra cruz, nosotros la hemos hecho, hemos optado así, Dios no nos mandó nada, al contrario, su llamada es una invitación al arrepentimiento que no es otra cosa que reordenarnos, cambiar de rumbo para no perdernos. Esa parafernalia que tanto nos conmueve durante semana santa es solo que vemos a Jesús cargar con nuestros pecados ¡Ya dejemos de voltear alrededor para ver quién puso más y quién menos! ¡Veámonos a nosotros mismos! Porque nuestros pecados también están ahí, también los va cargando: nuestros cómodos silencios cómplices, nuestra soberbia prepotente, el desinterés perezoso, la avaricia insaciable, la lujuria purulenta, las envidias mezquinas, la ambición desmedida. En todo lo que nos conmociona tanto estos días santos, nosotros participamos en mayor o menor medida activamente.
En realidad, no importa la medida porque esa totalidad en su conjunto es un infierno. A veces basta solo una gota para que se derrame el vaso, así que no podemos lavarnos las manos comparándonos con los que consideramos «muy malos», en la agonía de Jesucristo en la cruz hemos participado todos. Y Jesús lo sabía, sabía que cargaría con todo eso, como todos nosotros se fue haciendo consciente de su llamado y fue respondiendo y se fue llenando cada vez más de la gracia. La presencia del Padre era muy viva en Él, su oración amorosa era un diálogo ininterrumpido. Nació en gracia, se fue llenando cada vez más de ella, plenificando, eso le dio la fortaleza para cargar con toda la basura que generamos con el pecado.
Paradójicamente el hombre más lleno de gracia cargó con todas las desgracias del mundo y tuvo que vivirlas. Dios no nos deja solos, Dios no nos abandona, pero el pecado va apagando su llama. Es el pecador el que se aleja cada vez más de Dios, eso significa que, en lugar de plenificarnos, nos vamos vaciando cada vez más. Y el cordero sin mácula supo lo que era verse privado de Dios, no porque Dios lo abandonara, sino porque ésa es la consecuencia del pecado, el tormento de la muerte de Cristo fueron esos últimos instantes en que vivió las consecuencias de todos los pecados del mundo: el vaciamiento de Dios, la aniquilación total. Mientras tenemos vida en esta tierra la llama de la gracia nos habita, tal vez ya solo tengamos unas brasitas, pero la vida nos da la posibilidad de redención. Con la muerte se cierra esa puerta y nos quedamos con lo que construimos, ya somos lo que hemos hecho de nosotros. Dios no castiga ni se aleja, pero podemos alejarnos tanto nosotros de Dios que terminemos des-graciados totalmente, vacíos, aniquilados más allá de lo físico. Me parece que lo esencial de la muerte de Cristo está en sus últimas palabras: el pecado, más allá de doler, lastimar, pesar y destruir, nos aleja de Dios, nos deja sin raíz, sin fundamento. El pecado nos destruye y puede hacerlo de un modo definitivo.






