Nos duele Venezuela, no el petróleo

He pensado mucho desde que despertamos, algunos, el pasado 3 de enero con la impactante noticia de la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores. He pensado en porqué siento este malestar. Pues eso es lo que me invade, un profundo malestar, una mezcla de pena e indignación. He pensado por qué no puedo alegrarme como lo hacen miles o cientos de miles de venezolanos dentro de Venezuela y esparcidos por diversas latitudes, siendo una de ellas y bastante significativa, Chile.

Algunos columnistas rápidamente criticaron las declaraciones del presidente Boric afirmando la incapacidad de alegrarse con los venezolanos que celebraban en fiesta callejera la caída del dictador. Esas primeras alegrías ciudadanas comenzaron a matizarse con la incertidumbre social y política que se vivía en Venezuela en aquellas primeras horas. Una vez que Trump hace las primeras declaraciones la situación se vuelve más ambigua, lo que sigue el mismo tono con las posiciones internas y los caminos que podrían venirse para Venezuela y para toda la región. De ello vamos sabiendo de a poco y con hipótesis bastante variadas. Evidentemente debemos esperar el transcurso de los sucesos para comprender las motivaciones profundas de Estados Unidos, lo que habría sucedido en los grupos políticos en el poder venezolano y cómo se han ido moviendo las piezas del tablero geopolítico mundial. Nada se comprende sin mirar el panorama general. 

Petróleo, recursos, economía, tensiones con China, Rusia y expansión colonialista en América Latina se cruzan en esta movida autoritaria e ilegítima del presidente Trump. Sazonada con la retórica, tan conocida, de la construcción de un «enemigo», «terrorista», «narcoterrorista», que prepara en lo secreto ataques y conspiraciones.

Foto: miguelWhite, Cathopic

Como digo, nos iremos enterando de las redes familiares, económicas, políticas que se mueven por los ríos subterráneos de toda esta historia. Probablemente otras cosas, jamás las sabremos o en mucho tiempo más.

Mi dolor persiste, ese malestar nauseabundo frente a la manera en que estamos funcionando como mundo, civilización y sociedades. 

Hace no mucho la narrativa contra los combustibles fósiles se había posicionado con una contundente fuerza. Sabemos que en tiempo de pandemia y postpandemia ya se había matizado un poco debido a la insistencia en recuperar las economías, reactivar el trabajo y continuar la línea del progreso y el crecimiento. Rápidamente la lucha ecológica y ambiental (desde los espacios de poder político y económico, entiéndase) volvió a quedar en segundo, tercer o cuarto lugar. El petróleo es protagonista en todo esto. No el narcotráfico, no la conspiración narcoterrorista de Maduro, tampoco el sufrimiento del pueblo venezolano. Nada de eso. Trump en su desfachatez (nunca sabremos si es torpeza, tontera, una táctica política o simplemente el sabor de un poder intocable) es sincero: «tomaremos el poder del país», «haremos uso del petróleo», «América para los americanos»… y si le preguntáramos sin duda incluiría en sus palabras la «necesidad de más armamento, aumentar el poder global con uso de la Inteligencia Artificial», «defenderse de los otros», «crecer, producir, expandir»…

¿Qué es lo que me duele, en el fondo? La prepotencia, el narcisismo y el uso de la fuerza. Me duele que alguien pueda hacer lo que quiera, sin respeto por acuerdos internacionales ni legislaciones vigentes. Me duele lo irracional del tiempo presente y la ignorancia transformada en política. Aquí, allá y hoy por hoy en una amplia gama de países. Y también me duele que no haya contrapeso alguno, que, pese a declaraciones de buena fe y totalmente necesarias, no haya nada efectivo. Nadie puede, al parecer, detener la barbarie por vías democráticas, institucionales y políticas. No sucedió en Gaza (o aun no) y no sabemos qué pueda llegar a suceder ahora. Corrijo para no equivocarme, nadie puede o nadie quiere.  

Es posible que Trump se esté disparando en los pies y las propias leyes norteamericanas, a diferencia de algunas frágiles democracias latinoamericanas, no le permitan llegar demasiado lejos con sus doctrinas e ideas imperialistas. Ojalá. Nos duele Venezuela, pueblo hermoso y hermano, nos duelen los y las venezolanas y en especial quienes han padecido la injusticia y el vejamen durante tantas décadas. Nos duelen allá y acá, hoy y ayer. Sin duda. Pero no me duele el petróleo, no me duele el fin de la matriz extractiva que prima aun en América Latina y en gran parte del planeta. No me duele el fin del fracking y que dejemos de extraer el litio. Ya veremos si los celulares y los autos eléctricos nos salvarán. No solo no me duele, sino que lo espero. Y eso también me duele, que la sed extractiva con prácticas coloniales y prepotentes, contra los territorios, cuerpos y comunidades sea la bandera que flamee hoy, en pleno siglo XXI con tanta fuerza, que flamee camuflada por retóricas blanqueadas de buenísmos mesiánicos. Que flamee exterminando gente, bosques y cuencas.  

3 respuestas

  1. Como siempre mi querido profesor, concuerdo plenamente contigo.
    Nadie va a invadir mi casa ni a mandar en ella, por muchos problemas q tenga.
    No le doy permiso
    Los pueblos tienen q madurar y autodeterminarse
    Abrazos a Pascual

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