Lecturas dominicales Julio a septiembre de 2021

Nerio Solís Chin, S.J. 

Esta sección que abarca las lecturas dominicales de julio a septiembre de 2021, nos ofrece algunos puntos para orar y reflexionar estas lecturas y para sentir y gustar internamente la invitación que Dios nos hace en su Palabra para colaborar con su Reino hoy.

JULIO

Domingo 4 

XIV del Tiempo Ordinario 

«Mi gracia te basta, mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza».

  • Ez. 2, 2-5 
  • Sal 122 
  • 2 Cor 12, 7-10 
  • Mc 6, 1-6 

Ezequiel narra su profunda experiencia de seguir el llamado de Dios a ser profeta en un contexto adverso. Él tiene la certeza de que no estará solo en su misión, sino que cuenta con la fuerza, la protección y la sabiduría que le viene de Dios.

La experiencia de Pablo es parecida, sabe que el proyecto es de Dios y que es Él quien actuará a través de su palabra y de sus obras. Por eso, Pablo no se gloría a sí mismo, más bien reconoce sus debilidades como las puertas por donde accede la gracia y la acción de quien lo envía. 

Jesús también actuaba en nombre del Padre, sin embargo, fue rechazado por la gente que lo conocía desde siempre. Su palabra parece infecunda en su propio territorio, pues sólo miraban al Jesús de Nazaret, hijo de María y de José, el artesano, y resultaba difícil reconocer en él la presencia misma de Dios. 

El camino para realizar la misión propia y sentir que la vida tiene un sentido real y profundo se encuentra en descubrir a Dios que nos habita y dejarlo actuar a través de nuestra presencia, nuestras palabras, gestos, acciones y decisiones. Para que esto sea posible es necesario vencer los miedos naturales y sobrellevar el rechazo que pueda venir a causa del seguimiento de Jesús o durante los intentos por construir el Reino. 

El Espíritu de Dios actúa en cada acto amoroso y generoso que ocurre en la cotidianidad. Dios se manifiesta incluso en la rutina que menospreciamos y en aquéllos que nos parece que pueden aportar poco. Todo está en nuestra mirada. Necesitamos pasar de la mirada anclada en las apariencias hacia una mirada que encuentra lo novedoso en lo profundo de cada corazón humano, pues ahí está Dios y nuestro ser más auténtico. 

Domingo 11 

XV del Tiempo Ordinario 

«Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos». 

  • Am 7, 12-15 
  • Sal 84 
  • Ef 1, 3-14 
  • Mc 6, 7-13

El conflicto se hace presente cuando llega un profeta, pues irrumpe con las inercias viciosas ya aceptadas. Amasías se incomoda ante la presencia de Amós en Betel y por eso lo echa fuera. La actitud de comunicar a Dios suele disgustar a quienes sirven otros amos como el poder, el prestigio o la comodidad. 

San Pablo anima a los efesios a sentirse bendecidos y redimidos por Cristo y a compartir con Él la misión del Reino. Dios ya los ha elegido y los acompaña en todo momento. 

El envío a la misión implica, entre otras cosas, enfrentarse con diversos demonios, sin embargo, el evangelio de Marcos señala además algunas indicaciones más para el misionero: dejar las falsas seguridades y proveerse de las herramientas espirituales para desterrar el mal. 

Todos estamos llamados a colaborar en la misión de Cristo, para ello es importante el desapego de lo que nos resta la libertad de amar y de salir al encuentro con la realidad de las demás personas. 

Se trata, pues, de hacer lo que Jesús hacía: expulsar los demonios interiores que general división y guerras, curar los dolores que son resultado de la injusticia y la marginación, sanar los entornos llevando la paz y la fraternidad. 

Jesús les hace una advertencia a los apóstoles: sacudirse el polvo de los pies de los lugares donde no aceptaron la palabra y la presencia de Dios. Esto es, no dejarse impregnar de acciones o actitudes contrarias a sus enseñanzas. 

En el camino de seguimiento a Jesús es fundamental reconocernos enviados por Cristo, identificar la misión concreta de cada uno y llevarla a cabo con alegría y valentía. 

Domingo 18 

XVI del Tiempo Ordinario 

«Voy a reunir el resto de mis ovejas». 

  • Jr 23, 1-6 
  • Sal 22 
  • Ef 2, 13-18 
  • Mc 6, 30-34 

Jeremías contrapone el modo mundano de ejercer la autoridad con el modo de Dios. Quienes deben guiar han dispersado al pueblo y quienes deben servir lo han oprimido. . Sin embargo el profeta expresa palabras de esperanza y prefigura la llegada de Cristo. 

Por eso se vincula a Jesús con la imagen del pastor que atiende las necesidades de sus ovejas. Jesús deja de lado sus necesidades particulares movido por la misericordia hacia quienes lo buscaban con deseos de encontrar una nueva vida. Jesús revela un Dios interesado en su pueblo y que quiere llevarles consuelo a sus aflicciones. 

En la segunda lectura se comunica el tipo de autoridad de Jesús, su grandeza radica en la abolición del odio a través del perdón, la unificación que genera alguien creíble que sabe mirar el corazón humano, la dignidad que reconoce en cada persona y la esperanza de paz que lleva en su palabra. 

El modo de relacionarnos y organizarnos favorece la creación de figuras de autoridad, sin embargo, el ejercicio de ésta cae muchas veces en actitudes de dominación, manipulación o explotación. 

De alguna manera todos ejercemos algún puesto de autoridad en los diferentes contextos, por eso debemos ser cuidadosos de no abusar o vanagloriarnos de ese rol sino comprometernos y mirarlo como una oportunidad para servir, cuidar, proteger y acompañar a quienes están bajo nuestra responsabilidad, especialmente los más vulnerables. 

Jesús nos enseña la compasión y el compromiso de ayudar a quienes está en nuestras manos ayudar. Sin la misericordia cristiana no será posible ni efectiva la misión, sino que se tergiversará en un activismo ególatra y estéril, destinado al desencanto.

Domingo 25 

XVII del Tiempo Ordinario 

«¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?».

  • Rey 4, 42-44 
  • Sal 144 
  • Ef 4, 1-6 
  • Jn. 6, 1-15

Eliseo realiza un gesto solidario y generoso que comunica sentido de comunidad. Invitó a sacar de cada uno lo mejor que tenía, por eso alcanza para todos. 

Jesús multiplica los panes a orillas del Tiberíades y coloca a todos en una misma mesa, les comparte a todos el mismo pan y el mismo pescado, así, los convierte en comunidad. Nadie queda fuera sino que, al igual que Eliseo, pone en común lo poco que se tiene para hacer brotar la abundancia que genera el corazón compartido. 

Las palabras de Pablo nos revelan un grado de unión muy profundo, la unión espiritual que nos convierte en miembros de un solo cuerpo que es Cristo y partícipes de un mismo Espíritu. 

El hambre de pan es una realidad en nuestro mundo, las necesidades básicas de mucha gente no están cubiertas. Jesús apela a la generosidad de los cristianos para mitigar el hambre y el dolor de la humanidad mediante una actitud de donación y entrega. Ciertamente no se trata de dar lo que sobra sino aquello que también consideramos necesario. Jesús, más que hacer trucos mágicos pretendía dar signos claros del Reino, de un modo de vivir con bondad, justicia y paz. 

Existe muchos tipos de hambre: soledad, injusticia, enfermedad, exclusión, indignidad, miseria, etc. 

La vivencia cristiana va más allá de meras obras de beneficencia, pues compromete a la persona entera y la impulsa a ser alimento que nutra a todos los seres humanos que anhelan compañía, justicia, sanación, inclusión y dignidad. 

AGOSTO

Domingo 1º 

XVIII del Tiempo Ordinario 

«El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo».

  • Ex 16, 2-4. 12-15 
  • Sal 77 
  • Ef 4, 17. 20-24 
  • Jn 6, 24-35 

La experiencia del pueblo de Israel con el maná consiste en una transformación de su perspectiva. El pueblo ponía su atención únicamente en sus necesidades y eso los llevaba a la cerrazón, la ceguera, las quejas y los reproches. Depositar su confianza en Dios los fortalece. Quien pone su confianza en Dios, incluso en medio del desierto espiritual, encontrará alimento para saciar sus carencias, se sentirá satisfecho en medio de la escasez. 

Pablo también nos habla de una renovación de la mente y del revestimiento del nuevo yo. Un proceso de conversión en donde se ha de dejar resplandecer la presencia de Dios en nuestra vida. 

Los seguidores de Jesús corren el riesgo de creer que ser cristianos les traerá triunfos y ganancias materiales. Pero el Señor advierte que su camino consiste en fortalecer la fe y el amor, buscar el auténtico pan y abrirse a la voluntad del Padre. 

Cuando el Maligno lo tentó en el desierto, Jesús le respondió: « No solo de pan vive el hombre ». Con esto quiso significar que no es la mera satisfacción de nuestras necesidades y deseos lo que nos dará la vida verdadera. 

Vemos que posteriormente Jesús se llama a sí mismo el «pan de la vida », él es el alimento que es capaz de aliviar las hambres más profundas de la humanidad. 

Seguirlo a Él dota de sentido la vida, le da una plenitud que llena cualquier vacío. 

La totalidad de la existencia radica en el seguimiento a Cristo y no en la simple obtención de comida. 

Domingo 8 

XIX del Tiempo Ordinario 

«Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna».

  • Rey 19, 4-8 
  • Sal 33 
  • Ef 4, 30 – 5, 2 
  • Jn 6, 41-51 

Elías se siente fracasado, desorientado y cansado. Habían sido tiempos violentos para él. Huye al monte Horeb para implorar su muerte, su alma estaba exhausta. Pero Dios le aclara que es aunque es cómodo buscar la muerte, es mejor seguir avanzando contra corriente. Así, y gracias al Señor, obtuvo un alimento espiritual que le dio fuerza y continuó su camino. 

En la segunda lectura Pablo llama a deshacerse de la ira, el rencor y la maldad. Ser como Cristo implica una limpieza de corazón que conduce a la comprensión, al perdón y la bondad. La clave está en amar como Cristo nos amó. Así viviremos como hijos de Dios. 

El hecho que Jesús se autoproclame como el «Pan del cielo » causa muchos rumores e indignación entre los judíos. Además se ha «clasificado» a sí mismo como un pan mejor que el maná del desierto, pues Él ofrece la vida eterna. 

Quien decida comer del pan de Jesús, sentarse en su mesa, ha de comprometerse a seguir su misma suerte. Sabemos que el pan material hay que ganarlo con trabajo, de igual forma para obtener el pan espiritual que es Cristo, también se requiere pasar dificultades e incluso persecuciones, únicamente quien cree el Él y lo reconoce, puede comprender con hondura cómo es Dios. 

La eucaristía nos recuerda a los cristianos el acto amoroso de ser pan compartido para otros., esto a partir de que entendemos que la donación es el dinamismo característico de Cristo, quien se entrega a sí mismo para dar vida a la humanidad entera. Jesús es el pan de vida que satisface todos los tipos de hambre que existen en el mundo. 

Domingo 15 

XX del Tiempo Ordinario 

«Mi alma glorifica al Señor».

  • Ap 11, 19; 12, 1-5.10 
  • Sal 44 
  • Cor 15, 20-27 
  • Lc 1, 39-56

En la primer lectura, la mujer a la que se refiere san Juan puede simbolizar al pueblo santo que vive la tentación y la persecución del dragón que intenta devorarlo, pero también puede aludir a María, la nueva Eva, que está a punto de alumbrar al Mesías, la luz que iluminará todas las naciones. 

La segunda lectura coloca a Cristo como aquél que abrió las puertas de la resurrección. El pecado de Adán afectó a toda la humanidad trayendo la muerte, pero la resurrección de Cristo instauró la vida para todos. 

Lucas relata la visitación de María a Isabel. La madre del Señor sale al encuentro de su familiar para servirle. No exige privilegios sino que se ofrece ella misma al servicio de Dios. 

Inundada de la presencia de Dios, María irradia una luz y una sabiduría de vida que se plasma en su cántico del Magníficat y su acto de caridad para con Isabel. María es lugar de la presencia Salvífica de Dios, por lo cual se constituye en el arca de la nueva alianza Al estar habitada por Dios, su espíritu se dinamiza en el servicio y la obediencia (escucha atenta) al Señor. 

María asume con alegría y devoción la voluntad de Dios. 

Es bienaventurada porque ha creído y confiado plenamente en Él. Ella fue la primera discípula de Jesús y se convirtió en madre y maestra para todos los creyentes, portadora de la Buena Nueva y signo de la ternura de Dios, que libera y trae la paz. 

Domingo 22 

XXI del Tiempo Ordinario 

«Tengan, pues, temor a Yavé, y sean cumplidores y fieles en servirlo».

  • Jos 24, 1-2. 15-17. 18 
  • Sal 33 
  • Ef 5, 21-32 
  • Jn 6, 55. 60-69

En la convocatoria que hace Josué a los ancianos, jefes y jueces, hace también un llamado a la radicalidad en el seguimiento de Dios. Los exhorta a elegir al verdadero Dios, ya que ellos lo habían olvidado y querían rendir culto a otras deidades, puesto que sus mentes y corazones estaban divididos y dispersos. 

La segunda lectura más que tener la intención de fijar los roles dentro del matrimonio, pretende hacer notar el amor el Cristo hacia su Iglesia. Por otra parte, recalca que nuestra fe en Cristo también es exigente y requiere sacar del corazón otros «amores» en los que nos hemos involucrado engañosamente pues nos desvían del camino del Señor. 

De manera similar a Josué, Jesús reitera la pregunta a sus discípulos sobre querer seguirlo o abandonarlo. Para ellos no resultaba sencillo comprender los signos proféticos y las palabras de su Maestro, sin embargo confiaban en Él, pues sus palabras resonaban en sus corazones y dotaban de sentido a sus vidas. 

Las lecturas de hoy nos invitan a ser cristianos valientes, decididos, comprometidos con la realidad, pero además a realizar todo lo que hacemos con un profundo amor e inquebrantable confianza. 

Reconocer a Jesús como el Hijo de Dios nos lleva a sentirnos uno con Él y con todos. Se traduce en la vivencia de un solo cuerpo que conformamos todos. Hacer vida el Evangelio no es sencillo, sin embargo, la misión se vive mejor si nos acompañamos unos a otros. 

Domingo 29 

XXII del Tiempo Ordinario 

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí».

  • Dt 4, 1-2. 6-8 
  • Sal 14 
  • Sant. 1, 17-18. 21-22. 27 
  • Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23 

Los mandatos y preceptos que Moisés enseña a su pueblo, enseña, no pretenden coaccionarlo, sino mostrar una ruta, el modo de crecer en la fe para vivir con paz y armonía con todo lo que les rodea. 

Santiago escribe sobre la auténtica obediencia que consiste en escuchar la Palabra y hacerla germinar, poner en práctica lo que Dios ha sembrado en el corazón de cada uno, dejando brotar el amor que se traduce en obras. 

Jesús vino a perfeccionar la ley. Su mensaje desplaza la atención que antiguamente se tenía en el cumplimiento estricto de los rituales y preceptos por una disposición del corazón para apropiarse del trasfondo de los preceptos. Se trata de sondear el sentido verdadero de cada acción. La ley se cumple desde el corazón del ser humano y no en las acciones externas, vacías y carentes de un sentido real. 

Las lecturas de este día invitan a reflexionar sobre nuestra relación con la ley. Ciertamente es bueno cuidar nuestras prácticas, realizar actos altruistas. Esto vuelve a las personas nobles y rectas. 

Sin embargo, es mucho más importante la limpieza del corazón de quien lleva a cabo esas prácticas y actos. 

SEPTIEMBRE

Domingo 5 

XXIII del Tiempo Ordinario 

«Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos». 

  • Is 35, 44-7 
  • Sal 145 
  • Sant 2, 1-5 
  • Mc 7, 31-37 

Isaías proclama un mensaje de esperanza en un contexto de enfermedad personal y social. La sanación de los males que aquejan a la humanidad traerá consigo un mundo donde sea patente el gozo y la vida abundante. 

Los favoritismos y privilegios producen divisiones y desequilibrios de poder que enferman al ser humano. Por ello, el cristiano auténtico no se deja llevar por las apariencias, sino que mira la dignidad de todos los seres humanos y trata a todos por igual, reconociendo el lugar insustituible de cada persona. 

Con la sanación del sordomudo, Jesús anunciaba que un nuevo tiempo había llegado. El dolor que causaba la ceguera, la sordera o la parálisis sería sanado con la presencia de Jesús que había venido a liberar y a configurar nuevos modos de ser humanidad. 

Las curaciones que realizó Jesús suelen parecernos muy distantes de nuestra realidad actual, pero es todo lo contrario. Los cristianos estamos llamados a sanar las cegueras y sorderas espirituales de tanta gente que no puede encontrar el consuelo y la esperanza en Dios. Es posible devolver el movimiento, el dinamismo y las ganas de vivir a quienes se han paralizado por el miedo, el fracaso o la apatía. 

Resulta urgente darles voz a los acallados e invisibilizados de nuestras sociedades, de esta manera se configurará un mundo nuevo en Cristo. 

Domingo 12 

XXIV del Tiempo Ordinario 

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».

  • Is 50, 5-9 
  • Sal 114 
  • Sant 2, 14-18 
  • Mc 8, 27-35 

Los caminos de Dios no están exentos de sufrimiento. Aunque nadie quisiera padecer dolor, es posible encontrar en él semillas de vida. Para Isaías, el sufrimiento es fecundo cuando es expiación o prueba de fe que nos engrandece el espíritu y nos dispone para la entrega total. 

La fe va más allá de una mera creencia que puede caer en ideología adaptada a los propios caprichos. No se limita a un conjunto de pensamientos y dogmas. La fe genuina se ha de ver concretada en una opción fundamental por hacer vida el Evangelio mediante las obras. 

Para ello necesitamos tener claros los rasgos del Jesús en quien creemos. Por eso, el Señor les pregunta a sus discípulos ¿quién dicen ustedes que soy yo? La pregunta no buscaba una respuesta salida de una noción ya dada, de un concepto escrito o del resultado de las murmuraciones, sino que apelaba a descubrir cuál era la experiencia personal y profunda que los discípulos se habían configurado a partir de su convivencia cercana con Él. 

El conocimiento de Jesús consiste en una experiencia personal, única y transformante con Él. Este encuentro no puede dejarnos quietos e indiferentes ante nuestros entornos. Estar frente al Resucitado y permanecer en Él, nos inunda de un amor que se derrama en forma de bondad y de servicio como respuesta generosa a ese amor. 

El auténtico encuentro con Jesús nos reconfigura con Él, como nos lo recuerda san Pablo: «Ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí». Por eso, resulta menester ser conscientes que estar configurados con Cristo nos conduce por una senda que no está exenta de sufrimiento (cruz), pero que nuestro ser se mantendrá fuerte en el Espíritu de aquél que nos habita y así podremos permanecer en el gozo de la resurrección aún desde este mundo. 

Domingo 19 

XXV del Tiempo Ordinario 

«El que me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado». 

  • Sb 2, 12. 17-20 
  • Sal 53 
  • Sant 3, 16 – 4, 3. 
  • Mc 9, 30-37

Los hombres justos incomodan a los corruptos. Les hacen ver su miseria, su podredumbre y ponen en jaque la burbuja de privilegios que han construido. El miedo, la insensatez y la dureza de corazón resultan en el deseo de eliminar a quien vive conforme a Dios. 

La ambición, la soberbia, la vanidad y el egoísmo se traducen en injusticia y desdicha. Mientras el ser humano no reconozca la dignidad que le viene de Dios y la luz a la que está llamado a ser, seguirá anhelando falsos ídolos deslumbrantes pertenecientes a la oscuridad. 

La sabiduría de Dios conduce a la justicia, la igualdad y la paz. Jesús explicita que lo más grande ante los ojos de Dios es el servicio a los más pequeños e indefensos. Quien quiera ser autoridad ha de ponerse al servicio de todos. 

El dinamismo propio de Dios es el abajamiento. Esta lógica resulta escandalosa, indeseable ante los valores mundanos. Sin embargo, el mismo Dios decide hacerse vulnerable al encarnar. La actitud de abajamiento pone fin a las rivalidades y a las guerras; es el antídoto contra la maldad y la venganza. Nos convierte en servidores unos de otros y establece vínculos de amor comprometido. 

El cristiano que se empequeñece en el contexto del mundo, se hace grande ante los ojos de Dios. 

Domingo 26 

XXVI del Tiempo Ordinario 

«El Señor es mi roca y mi fortaleza». 

  • Num 11, 25-29 
  • Sal 18 
  • Sant 5, 1-6 
  • Mc 9, 38-43. 45. 47-48 

El Espíritu de Dios se hace presente por medio de cualquier persona. No puede decirse que la Palabra y la acción de Dios sean exclusivas de unos cuantos elegidos. Todo hombre y toda mujer puede ser profeta cuando habla desde el corazón con verdad y justicia. Dios no es un rey de quien debamos esperar favores y distinciones, sino más bien, nuestra fuerza para amar. 

La bendición de Dios no consiste en gozar de abundantes bienes materiales y menos aun cuando éstos se obtienen a costa del despojo o la explotación de otros. Toda actitud opresiva y excluyente es ajena a Dios, no es un signo de una distinción venida del Señor, sino, por el contrario, un reflejo de la ausencia del Evangelio. 

Por otro lado, todo trabajo en busca de la paz y el bien proviene de Cristo. No es necesario autodenominarse cristiano para trabajar por la causa del Reino. Dios se hace presente en cada palabra, acto y gesto que brotan del corazón humano, que es la morada del Señor. 

Jesús advierte de los distractores que nos pueden llevar a desviarnos del camino de Dios. La mente, el cuerpo, el afecto, la totalidad de la persona se afecta según los pensamientos, hábitos y contextos en los que se desenvuelve. Por ello es importante cuidar la higiene de nuestros entornos, de tal manera que evitemos aquello que nos conduce al pecado, esto es, a separarnos de la fuente de vida que es Dios. 

Es fundamental mantener la vigilancia de aquello que nos seduce y arrastra a la muerte, para erradicarlo, e identificar las virtudes que nos dan vida, para cultivarlas.

Compartir: