Amistad interespecie Repensando las relaciones entre lo humano y otras formas de vida

Pedro Pablo Achondo Moya

Más devoción hacia los otros
Más ternura para con los pobres y
Más respeto con la naturaleza.

Leonardo Boff

El tiempo actual nos plantea una vez más diversos desafíos. Sin embargo, es posible pensar que en esta ocasión los problemas y las urgencias son distintas. Dicen que cada época posee sus propias batallas. ¿Cuáles serán las nuestras? Si las enumeramos parecen ser inmensas: injusticias sociales, pandemias planetarias, crisis ecológica, violencias estructurales. Lo son. No es para nada una época fácil. Quizás siempre hemos dicho lo mismo, en cada tiempo y en cada pueblo. Pero, y en esto hay que insistir, esta vez poseen trazos de irreversibilidad y de una magnitud —en su escala y consecuencias—, que no las habíamos tenido, al menos en la historia registrada. 

De ahí que sea pertinente pensar más allá, plantearse preguntas de fondo que intenten, al menos, dilucidar salidas a la crisis profunda que nos embarga. Una de ellas tiene que ver con reconstruir las alianzas entre el humano y la vida en general; entre las comunidades y sociedades humanas y el medioambiente. Entre las especies y formas de vida que conformamos la biósfera. 

Se trata de no caer en especulaciones de ciencia ficción, pero sí aventurar la imaginación —lo por pensar— y estimular la construcción, formación y preparación de otros universos o modos de habitar que permitan la vida y su regeneración sobre el planeta. Mientras nos aventuramos en esta empresa, me llama la atención y también ha llamado la atención de críticos sociales e intelectuales el regreso de la carrera espacial, la cantidad de millones de dólares, la inversión tecnológica y científica en la búsqueda de otros planetas (Marte en particular) como alternativas a nuestra Casa Común. Es decir, unos piensan la vida en el aquí y otros ya están esperando que se posibilite la vida en el allá

Para la reflexión que hoy propongo, me guiarán tres preguntas, que en ningún caso pretendo responder exhaustivamente, pero que en cambio buscan suscitar y provocar otra reflexión, una que requiere urgentemente ser continuada, a partir de ellas: La primera sería ¿qué implicancias sociales, culturales y epistemológicas posee una amistad interespecie? , la segunda, ¿qué significa ello para la teología clásica? y por último, como tercera ¿existe alguna pista en las Escrituras, en particular en la praxis de Jesús? Cierro este artículo con un epílogo sobre el covid-19. 

Amistad interespecie 

La palabra «amistad» aquí debe ser comprendida en su densidad y límite. ¿Es posible ser amigos con el perro que tanto queremos? ¿Un árbol puede generar un vínculo llamado amistad con los humanos? Por un lado, nos parecerá absurdo, pero precisamente de eso se trata el ejercicio de la imaginación: pensar lo por pensar, imaginar los pluriversos donde otros modos de relacionamiento son, no sólo posibles, sino bellos, justos y necesarios. Si la palabra «amistad» nos molesta, es cosa que vayamos a su raíz y veamos la diversidad de sus usos. En su origen ser amigos alude al amor, a la generación de un vínculo afectivo entre dos o más personas. Desde los griegos hasta los pueblos amerindios, la amistad ha tenido un lugar, presentada en forma de respeto, alianza, lealtad o pacto de paz. 

Sin entrar en un tema, que resulta por demás vasto e interesante, pensemos en la amistad en términos de vínculo o alianza. Nos debemos al otro a través de la amistad. Desde su gratuidad y libertad nos enlazamos y comprometemos con él formando así un vínculo afectivo que valoramos hondamente. Es en ese sentido que hay que entender la amistad interespecie. Una red de simpatía es generada entre los amigos sean quienes sean, estén donde estén; incluso más allá de las fronteras de la muerte. 

Esta comprensión de los vínculos requiere un esfuerzo no sólo intelectual, sino cultural y social. No hace mucho era motivo de burlas la relación humano-perro o el cariño «desmedido» hacia la «mascota». Pero, no se trata de equipararlo todo o de pensar moralmente las relaciones humano y otro-que-humano. Es decir, el vínculo entre dos amigos no será igual al vínculo con las plantas, con la huerta o con los animales con los que se cohabita el territorio. No hay que comprender el vínculo a partir de una simetría matemática o una ley de proporciones. Sino más bien como alianzas (berit en hebreo): es decir acuerdos, pactos libres y decisiones realizadas en beneficio de todos y de todo. ¿Qué alianzas interespecie son las que necesitamos para el mundo por venir y que de alguna forma ya estamos habitando? 

Proponemos la amistad interespecie como la línea fundamental de esa nueva berit con lo no humano, esto es, relaciones afectivas de reconocimiento y respeto, de admiración y aprendizaje. El humano puede reelaborar sus vínculos con el mundo más-que-humano, interpretándolo en términos de alianzas de colaboración, entendimiento y cooperación, en definitiva, de amistad. Simpatía, compasión, asombro y cuidado pueden ser los pilares éticos de esas alianzas multiespecie. Ello implica modificar ciertos códigos sociales y culturales, sin duda; pero por sobre todo epistemológicos. Es decir, buscar otros conceptos para pensar el mundo; hurgar en otros imaginarios para proyectar el futuro. 

La teología «clásica» 

Lo anterior implica un desafío mayor para la teología «clásica». Uso esta palabra clásica, ya que conozco teologías que navegan por otras aguas y que dialogan con otras religiones y cosmovisiones donde el mundo no humano se entiende, interpreta y representa a partir de otros códigos y conceptos. Por eso el desafío es sobre todo para la teología clásica, la que en pastorales, cursos y aulas es transmitida a partir del Catecismo y de las líneas clásicas presentes en los documentos magisteriales. Una teología muy marcada por la escolástica y fundada en conceptos filosóficos que, hoy por hoy, merecerían una aguda revisión. 

La Teología de la Creación, área que en general es trabajada en Teología Fundamental, un poco en Cristología y en los estudios bíblicos, sería el principal centro en la tarea de reformulación de las categorías principales con las que el cristianismo comprende el medioambiente y la Vida no humana en general. Ignoro que haya un tratado sobre los animales o un catecismo sobre las plantas, pero ¡qué falta que nos hace! Tiendo a pensar, aunque parezca paradójico, que la teología medieval se aventuraba mucho más en eso. Desde los recetarios de Hildegarda de Bingen hasta los bestiarios medievales pasando por las cartografías de viajeros donde quedaba escrito «qué veían» y «cómo era el mundo». Sucedió que después, esto fue preocupación de la ciencia moderna y la teología clásica avanzó poco en ello y se ha mantenido —hasta hoy—en discusiones metafísicas sobre el estatuto ontológico de lo no humano y en un humanismo exacerbado que persiste en las discusiones bioéticas contemporáneas. La categoría ya citada de alianza (amistad) interespecie puede permitirnos dialogar y discutir desde otra vereda y en base a otros aspectos, como, por ejemplo, los afectos. 

Pese a ello, el papa Francisco, luego de décadas de esfuerzo teológico —principalmente en América Latina y en el mundo anglosajón—, en 2015 publica un texto revolucionario para la teología clásica y para la tradición teológica en general: Laudato Si’, Sobre el cuidado de la casa común. Pero volvamos un poco más atrás. La teología clásica requiere urgentemente, me parece, repensar dos conceptos o categorías principales: la «naturaleza» y el lugar del ser humano en la Creación. Para eso necesita abrirse a un mayor diálogo con las ciencias (ecología, botánica, climatología, entre otras) y con la filosofía contemporánea (posthumanismo, postconstructivismo y feminismo, por nombrar algunas corrientes importantes). 

Laudato Si’, a pesar de todo su avance en el lenguaje, las ideas y propuestas, aún permanece dentro de los parámetros de la teología clásica, la que muchas veces y por posteriores interpretaciones tendió a un fuerte antropocentrismo y a una idea rígida de lo que se entiende por naturaleza. Gran parte de las discusiones giran en torno a estas dos categorías. Tarea del teólogo y teóloga es pensar lo por pensar. Eso implica hoy repensar la naturaleza —como concepto—y lo humano dentro del cosmos. Repensar la «Casa» y lo «Común» de ella, una tarea necesaria en el marco de neoextractivismos, de lecturas verdes del capitalismo y de preocupantes antropocentrismos que devienen en acumulación, usurpación, matanzas, contaminación, degradación y destrucción de los territorios. ¿Cómo no elaborar ya una teología territorial, una reflexión creyente sobre los cohabitantes del territorio y las múltiples alianzas que allí, tácitamente, se llevan a cabo? 

Las Escrituras y las alianzas interespecie 

No todo aparece en la Biblia. Eso lo sabemos. No hay respuestas a los grandes enigmas de la vida ni explicaciones a preguntas modernas. Tampoco lineamientos de qué pensar ni cómo comprender el medioambiente. Las Escrituras son una experiencia acumulada, una experiencia de Dios —transmitida, interpretada, compartida— que manifiesta de forma bella su mutación y camino. Eso no cambia con Jesús. El Nuevo Testamento sigue siendo la experiencia de los «con-Jesús» a partir de las vicisitudes de su tiempo. Por eso ahí no encontraremos un tratado sobre la naturaleza, ni leyes inmutables del destino de la humanidad. Simplemente —y no tan simple— los cimientos éticos y espirituales para leer nuestra vida de hoy. Las Escrituras, con mayor énfasis a partir del «Evento Cristo», nos exigen reinterpretar la vida y sus desafíos actuales. Por eso, para la crisis medioambiental y civilizatoria se requiere releer el Génesis, los pasajes escatológicos de Isaías y la praxis jesuánica. 

El ícono cristiano del medioambientalismo es Francisco de Asís, no Jesús de Nazaret. Francisco es quien cantaba al almendro y a los ríos; Francisco es quien dejaba la mitad de sus cultivos para libre consumo de los animales y libre regeneración de las plantas. Pero sin Jesús no hay Francisco. La pregunta que habría que hacerse es ¿qué encontró el joven italiano en el Mesías palestino para llegar a crear el Cántico de las Creaturas? 

Tal vez una mirada. No mucho más. Una mirada respecto del todo, de Dios, de la creación y del otro. Aquello que Laudato Si’ repite: lo ecosocial, y que las ciencias medioambientales ya venían afirmando hace tiempo: Lo mismo que Leonardo Boff ha propuesto en estas latitudes, lo socioambiental: el grito de la Tierra y el grito de los pobres y que es perfectamente encarnado por el pobre de Asís. Por eso él es honrado con ese lugar místico y profético, ecológico y cosmológico. Pero no olvidemos, no hay Francisco sin Jesús; y no hay Jesús sin toda la tradición sociopolítica, cultural, espiritual y profética del pueblo de Israel. Esa línea es la que hay que investigar, la línea «ecosocial» del Siervo de Yahvé (Is 42, 1-9; 49, 1-6; 50, 4-11; 52, 13-53, 12). Francisco de Asís encontró en Jesús de Nazaret, Mesías pobre y servidor humilde, una forma de habitar, un modus vivendi, una manera de comprender la realidad. Si en Jesús hay breves y pequeños pasajes de amistad interespecie (Mt 6, 26-34), luego el evangelista Juan en su Prólogo y Pablo en la carta a los Colosenses (1, 15-20) nos llevarán a vincular la Creación con Cristo, y de ese modo a realizar una lectura crística de todo lo que existe. Puede ser que Francisco haya logrado realizar esa lectura, como muchos místicos y místicas entre los que cabe destacar al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. Esa línea ecosocial donde se entreteje la simpleza, la sobriedad, el amor a los pobres y el amor al planeta; con suma naturalidad. Esa línea cristiana donde el respeto a las plantas, la lucha por la justicia y el asombro ante el cielo estrellado no sólo no posee ninguna contradicción, sino que es la ruta en que deviene la experiencia con el Resucitado.

Queda como tarea volver al Génesis y realizar una lectura intertextual de las Escrituras en torno a la experiencia de Dios y la apertura al cosmos. Queda pendiente seguir esta línea ecoteológica para abrirnos al futuro interespecie donde Dios se percibe en todo y en todos, y a la espera de que Él devenga «todo en todos» (1 Cor 15, 28). Resta seguir andando el camino de interpretación de las Escrituras y la vida creyente que nos permita atender a la multiforme gracia de Dios (1 Ped 4, 10) y reconocer en la totalidad de la biósfera la belleza del rostro pluriforme de la comunidad de amigos y amigas de Jesús (Novo Millennio Ineuntenmi, 40 y Evangelii Gaudium, 116). 

¿Una alianza interespecie con el covid-19? 

El pequeño y efectivo virus sigue avanzando. Mientras escribo estas líneas una nueva mutación acaba de ingresar a Chile. No hay tregua. Son millones de contagiados en todo el mundo y la muerte ha rondado a millones de familias. Aquí no hay ningún romanticismo interespecie. El virus ataca al humano y lo destruye. Algo similar podemos decir de varias relaciones interespecie, en especial en aquellas en que hay un depredador. ¿Qué sucede en esos casos, donde la colaboración en realidad es devoración y violencia? La relación posee límites, fronteras, acuerdos. Sigue habiendo relación y sigue habiendo un pacto. Un pacto de lejanía y autocuidado, una relación de respeto y defensa. Mientras uno no entre en el territorio del otro parece que las cosas pueden funcionar. Pero al romper esas fronteras, muchas veces invisibles; la alianza se transforma en guerra. Eso es lo que ha sucedido con el covid-19. Si bien las hipótesis son varias, sobre el origen y propagación de esta forma de coronavirus, lo que nos interesa pensar es precisamente la cohabitación, la convivencia, la relación. El virus está ahí merodeando el planeta y lo seguirá estando. Es probable que incluso estando inmunizada la población el virus encuentre otro huésped, una planta, un animal, incluso otro virus, para asegurar su propia sobrevivencia. Vive poco, si es que lo consideramos un ser vivo, o al menos posee una existencia corta; pero dado que su poder de replicación (que incluso nunca es idéntico) es tal, siempre habita en cúmulos, en comunidades o poblaciones de virus. Esto y quizás es bueno llamarlo así, nos ha tenido entre la espada y la pared, al límite en muchos sentidos y ha puesto en tela de juicio nuestra vida moderna: cómoda, segura y proyectable. No vale la pena decir más, todos los días nos vamos enterando de algo nuevo, de alguna otra idea, de algún problema distinto. Todo se ha visto cuestionado, desde los modelos educativos hasta el funcionamiento ético y administrativo de nuestras democracias. Esto lo ha provocado. Entonces la pregunta sigue siendo válida: ¿Es posible pensar una alianza humano-coronavirus? ¿Es pertinente, incluso, buscar ser amigos de nuestro enemigo? ¿Habría que aspirar, embebidos del espíritu franciscano, a llamar al virus como «hermano covid-19»? Puede parecer ridículo, sin embargo, ahí es donde vale la pena detenerse. 

Somos naturaleza, si es que este concepto aún nos vale algo, somos vida, vida humana y vida más-que-humana, in-humana u otro-que-humana. Somos, cohabitamos, interactuamos. Algunas especies logran alianzas simbióticas, cooperativas, sim-páticas. Otras no. Otras viven amenazadas y proclives a ser devoradas. De esa forma generan astucia y sofisticados mecanismos de defensa. Algunas plantas engañan y persuaden a los humanos para asegurar su proliferación y vida. Algunas especies han modificado sus hábitos para encontrar seguridad. No por nada hay ciertas ideas sobre la domesticación de los gatos en relación con los humanos.

¿Tendremos que «domesticar» al covid-19 y sus futuras mutaciones que puedan venir? Si la vida que se viene por delante consistirá en gran medida en defendernos, nosotros los humanos, de condiciones más-que-humanas adversas, amenazantes y tóxicas, pues lo por pensar no es otra cosa que pensar la vida desde esa perspectiva. Ya no más en el progreso o desarrollo, sino en el cuidado y la defensa, en otras palabras, en la sobrevivencia en estas condiciones que son las nuestras. Lo que puede sonar a oídos sensibles a ficción o exageración me parece es lo que de a poco se irá instalando como condición para la vida humana y es precisamente en esa anti-patía donde será necesario generar nuevas alianzas con las otras especies, entrar en nuevas negociaciones y diálogos, quizás inimaginados para una forma de habitar que parecía eterna. 

Para saber más 

Pedro Pablo Achondo, “Hacia una ecoteología crítica y lúcida”, Religión e Incidencia Pública Revista de Investigación del GEMRIP, Buenos Aires, Argentina. 

Se puede consultar en: http://religioneincidenciapublica. gemrip.org/wp-content/uploads/2020/07/Achondo- Moya-2019-Hacia-Ecoteologia-Critica-Lucida.pdf 

Leonardo Boff, Sao Francisco de Assis, ternura y vigor, Editora Vozes. Petrópolis, Brasil, 2005. 

Stefano Mancuso, El futuro es vegetal, Galaxia Gutenberg, España, 2017. 

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