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La reconciliación como identidad y misión del cristiano

La reconciliación es una emergencia mundial. Actualmente se ha escrito sobre ella desde diferentes campos del conocimiento. Pero, ¿qué nos dicen las Sagradas Escrituras sobre esta acción? ¿Será que nos ofrecen netamente un proceder moral? ¿Se enfocará en un proceso de transformación personal, en una dinámica social, o nos revelará una necesidad inherente al ser humano en búsqueda de su identidad más honda?

A lo largo de los libros que conforman la Biblia la reconciliación va tomando diferentes matices y diversas maneras de entenderla, por lo que no se entiende de la misma forma la reconciliación en el Antiguo Testamento (AT) como en el Nuevo Testamento (NT), o específicamente en las Cartas de San Pablo. En algunos momentos el acento está puesto sobre el hecho de ganarse el favor de alguien, la penitencia o la purificación, mientras que en otros libros se subraya la conversión, el arrepentimiento, la unión con Dios o el restablecimiento de la paz. Todo esto revela la complejidad en la comprensión del término y la necesidad de profundizar en el mismo para tomar, desde las Escrituras, aquello que nos ayude en la actualidad.

En todos los casos siempre existe una situación previa de ruptura, de discordia o enemistad entre dos partes que antes gozaban de una relación armónica o amistosa. Por ello, la reconciliación intenta unir nuevamente lo que antes estaba unido y que por alguna circunstancia se rasgó. Principalmente se refieren al distanciamiento del hombre con respecto a Dios y la necesidad de restablecer los lazos rotos.

Restaurar la amistad perdida. Reconciliación en el Antiguo Testamento

Una primera manera de entender la reconciliación en el AT consiste en la «remisión de los pecados». El pecado se ha de entender como la transgresión de un mandamiento o de una norma. Es decir, para la reconciliación se da por hecho que los humanos han incurrido en faltas graves que los han distanciado de Dios y necesitan realizar actos para volver a gozar de su favor. Es así como se aprecia en el libro del Génesis cuando Adán y Eva comen del fruto prohibido y, por vergüenza, se ocultan de Dios, van tomando distancia de Él, y esto los lleva a asumir un castigo y adquirir una relación distinta con su Creador y su entorno (Gn 3,16–18).

En la historia del pueblo de Israel se narran las infidelidades en las que el pueblo incurre al transgredir la alianza hecha en el Sinaí. La construcción del becerro de oro (Ex 32,7–8) es un claro ejemplo de la desviación del corazón del hombre de aquello que le da verdadera vida y sentido hacia una ilusión que resulta grata a las sensaciones, pero que carece de un vínculo trascendente y conduce a la perdición y muerte.

Cuando una persona o sociedad se encuentra en situación de pecado se le nubla la vista como resultado del deslumbramiento que le produce aquello que desea. Bajo esta hipnosis no es posible mirar la presencia y acción de Dios en lo que nos rodea, pues se absolutiza la riqueza, la fama, el poder, etc., a manera de «becerro de oro».

La iniciativa de restablecer la amistad radica en Dios, es Él quien decide hacer una nueva alianza con su pueblo por amor en confianza en su capacidad de conversión (Ex 34,10). El pueblo de Israel confía en su misericordia y en que podrá perdonarlos de sus múltiples faltas.

Foto: © Guillermo Martínez Gutiérrez, Cathopic

Los profetas pregonaban la reconciliación en términos de conversión y lo hacían de manera enérgica y urgente (Is 1,16–17). Para ellos, la reconciliación no consistía en un acto único, sino en un proceso que comenzaba por el abandono del estado de pecado, continuaba con el reconocimiento de la propia culpa, de arrepentirse profundamente de sus actos pecaminosos, tener el propósito de enmienda, para adentrarse en un estado de gracia. La conversión radicaba fundamentalmente en el seguimiento de la ley y la práctica de la justicia. Esto requería que la persona tuviera el deseo de convertirse y abrirse a la acción de Dios para que el proceso reconciliatorio fuera posible.

En el AT también encontramos la reconciliación con sentido de «expiación», es decir, como purificación mediante un acto o ritual que borre la falta cometida. Para ello, resulta importante que se realice una manifestación explicita del arrepentimiento y del deseo de enmienda mediante un ritual, que en la mayoría de las ocasiones utilizaba la sangre de animales para realizar la limpieza de la culpa y para consagrar a la persona o un lugar, lo cual proveía de una nueva fuerza y de un nuevo estado de vida (Lv 8,14–15). Todos los sacrificios que se hallan en el AT están enmarcados en un contexto de reconciliación, esto es, para restaurar el lazo con Dios.

Lo anterior nos remite a la necesidad de una mediación, pues si bien existe la necesidad de reconciliación, también es cierto que los pecadores no se sienten dignos de acercarse a Dios. Por ello existen los mediadores, que eran hombres elegidos por Dios o que destacaba en virtudes y que realizaban la función de interceder por el pueblo, abogar por los suyos e implorar el perdón. Tal fue el caso de Moisés y los profetas. Con todo, cabe aclarar que para los israelitas Yahvé era un Dios compasivo y misericordioso, confiaban en su bondad y su favor y esperaban en Él. La iniciativa de las alianzas había nacido del corazón amoroso de Dios que no abandona a su pueblo, sino que le concede la oportunidad de redención.

Reconducir al hombre hacia Dios. Reconciliación en el Nuevo Testamento

En el NT la reconciliación va más allá del cumplimiento de la ley o de la realización de cultos, sino que se enfoca en la conversión por la fe en Cristo. La ley encuentra su plenitud en el mensaje de Jesús que ya no sólo se dirige a un pueblo o tradición determinada, sino que adquiere dimensiones universales, pues toda la humanidad está llamada a reconciliarse con Dios, a reconocer y aceptar la acción salvadora de Jesucristo.

Desde el momento de la encarnación (Lc 1,32–22) y el nacimiento de Jesús (Lc 2,11), Dios ya estaba reconciliando a la humanidad consigo mismo. Desde lo pequeño, lo silencioso y lo frágil, Dios se hacía uno con sus criaturas y las dotaba de dignidad con todo el deseo de redimirlas y atraerlas hacia su amor. En el niño Jesús, frágil y humilde, se reconciliaba a los más vulnerables de la humanidad.

Por otro lado, el mensaje de Jesús buscaba la reconciliación de las personas con el Padre, es decir, la misión de Jesús se puede leer desde una perspectiva reconciliatoria en el sentido de que pretendía «reconducir al hombre hacia el corazón de Dios» por su libre voluntad y como respuesta agradecida y amorosa. Todas sus acciones predicativas, sanadoras y liberadoras llevaban a mostrar el rostro de Dios que es Padre y que no se cansa de dar vida. Sin embargo, Jesús nunca impuso su reconciliación. Era importante que la persona adquiera conciencia de su carencia: ceguera, invalidez, culpas enfermizas, falta de fe, desorden afectivo, etc., para que Jesús pudiera actuar, sanar, perdonar y liberar, y así sobreviniera la gracia de la reconciliación.

Algunos relatos lucanos retratan claramente el deseo reconciliatorio de Dios. Tal es el caso de la oveja perdida en donde se manifiesta el deseo afanado de Dios por rescatar a quienes estaban perdidos por el pecado y se habían alejado del rebaño, es decir, se encontraban excluidos de la sociedad ya sea por sus propias culpas o por el pecado estructural de su sociedad. La dracma (moneda) perdida representa, por su parte, a aquéllos que están distraídos pensando que agradan a Dios, pero que realmente se encuentran en las sombras del fundamentalismo y el señalamiento al prójimo. A ellos Dios también quiere redimir y para ello es enviado Cristo para iluminar su oscuridad.

«El relato más explícito del deseo reconciliatorio de Dios consiste en la parábola del hijo pródigo». 

Con todo, el relato más explícito del deseo reconciliatorio de Dios consiste en la parábola del hijo pródigo. En ella leemos que el hijo menor, después de hacer un mal uso de los regalos de su padre, experimenta la necesidad del retorno a la casa de origen, y el padre lo recibe amorosamente. Se describe la reconciliación como una redirección hacia el corazón amoroso de Dios, en el cual el arrepentido es revestido de su dignidad, y es incorporado a un estado festivo, de banquete y gozo que el Padre ofrece generosamente.

Más aún, la reconciliación que trae Cristo tiene una dimensión horizontal, es decir, exhorta a la reconciliación entre los hombres. Esto se revela en la narración del rey que perdona la deuda a su siervo y en donde este siervo no hace lo mismo con su hermano deudor (Mt 18,33). También en Zaqueo podemos encontrar, como enseñanza, el deseo y acto de restitución del mal que había cometido este ladrón, al momento de que Jesús entrara a su vida y afecto (Lc 19,8). Es decir, la exhortación a la reconciliación entre hermanos es antecedida por el reconocimiento de la bondad de Dios representado por el rey y manifestada en Jesús, pero que en algunos casos es capaz de convertir el corazón del hombre y en otras ocasiones no lo consigue.

En los evangelios se representa la libertad de acoger o rechazar la acción reconciliadora de Dios. En el grupo de los que la rechazan encontramos al joven rico que es incapaz de dejar el apego a las cosas efímeras (Mc 10,17–22), a los convidados a la boda que no manifiestan ningún interés en participar en la alegría del banquete (Mt 22,1) o los viñadores homicidas quienes no escuchan a los profetas ni al Hijo de Dios, sino que acaban con su vida por la incomodidad de sus palabras (Mc 12,1–11). Por el lado de quienes acogen el mensaje encontramos al hombre que encuentra el tesoro escondido y que deja todo para conseguir ese tesoro que es Cristo (Mt 13,44), y al mercader de perlas finas, quien también es capaz de identificar aquello que es verdaderamente valioso y dejar atrás lo que no es (Mt 13,45).

Jesús, a través de toda su vida, va transformando situaciones de pecado y muerte en escenarios de gracia y vida verdadera. Su acción va generando unión de ánimos y afectos de los hombres con el Padre, quien es bondadoso, misericordioso y en quien pueden confiar. También va detonando la posibilidad de unión fraterna entre los humanos reconociéndose como iguales y contemplando a cada prójimo como receptáculo del amor del Padre.

Leer los evangelios desde la clave de la reconciliación, entendida como reincorporación al corazón amoroso de Dios, ha de dotar de un sentido nuevo y trascendente la misión de todo cristiano que desea participar de la labor salvífica de Cristo, desde el reconocimiento de la iniciativa amorosa de Dios por rescatar a aquéllos que se han dejado engañar por los deslumbramientos que ofrece el mundo. 

Transformación del mundo por Cristo: las cartas paulinas

San Pablo va aún más allá de entender la reconciliación que trae Cristo como una conversión de las personas para retornar a Dios. En sus cartas deja claro que es el universo entero el que adquiere una nueva dignidad a partir de Cristo, pues con su vida, muerte y resurrección la humanidad ha adquirido una mayor plenitud. Esto es que la acción reconciliadora de Cristo tiene implicaciones muy profundas que nos revelan una identidad más plena y gloriosa del ser humano.

Foto: © Adrian Varela, Cathopic

Para entender esto tomaremos algunas líneas de la carta a los Corintios: «Dios estaba reconciliando al mundo consigo por medio de Cristo. Somos, pues, embajadores de Cristo como si Dios exhortara por medio de nosotros» (2Cor 5,19–20). Aquí Pablo nos pone el título de embajadores de Cristo, lo cual nos da la posibilidad de actuar en su nombre y conducir nuestra vida hacia la continuidad de su misión en este mundo.

Con la venida de Cristo ha quedado derribado el muro que separa a los judíos de los gentiles y ahora hay un solo pueblo; ha surgido un hombre nuevo  con el revestimiento de la persona de Cristo (Ef 2,14–15). La ley también ha sido renovada, de tal manera que lo que prima en las relaciones humanas y con Dios es el mandamiento del amor al prójimo. Por otra parte, se establece un canal de comunicación y acceso directo con Dios; el velo del templo se ha rasgado y ahora toda la humanidad puede acceder a Él si existe esa voluntad.

La reconciliación traída por Cristo tiene como resultado fundamental la transformación espiritual e histórica de todo lo creado. Es por ello que se puede decir que la reconciliación en las cartas paulinas es entendida como «transformación», ya que toda la creación adquiere dimensiones trascendentes al ser elevadas por la entrega de Jesús.

Cabe resaltar el tinte escatológico de Pablo en Rm 5,10–11 y 2Cor 5,18–21, pues nos daremos cuenta de que la plenitud de los tiempos llega por Cristo. Esto se puede entender de dos maneras: la primera es que Cristo ha realizado ya la reconciliación de los hombres, entre ellos y con Dios, y esto se manifestará plenamente en el devenir de los tiempos; y la segunda lectura consiste en que Cristo ha puesto las condiciones para que la reconciliación se realice, para que el ser humano complete esa reconciliación en la historia y alcance esa plenitud.

La segunda interpretación nos lanza a un mayor compromiso de las personas, de hecho, en 2Cor 5,18 se enuncia que Cristo nos confió el ministerio de la reconciliación y nos exhorta a trabajar por construirla. La categoría de ministerio nos remite a un servicio que se realiza acompañado de la gracia de Dios. Las cartas paulinas nos invitan a ser embajadores de Cristo, y por ello nos corresponde llevar a la humanidad hacia el corazón amoroso del Padre. Colaborar en esta misión es lo que provee de la identidad a un cristiano.

La misión de reconciliar como parte de la identidad cristiana

Hemos pasado de la reconciliación expiatoria o purgativa para ganarse el favor de Dios a una reconciliación gratuita del Padre, que sale al encuentro del hombre, que busca su bien, su salvación, su dicha y paz, que carga la fragilidad humana sobre sus hombros, a modo de buen pastor, para curar sus heridas y devolverle su dignidad. Finalmente, culminamos con una reconciliación que nos abre las puertas a una nueva humanidad dada por la entrega de Cristo, que transforma toda la creación, ahora inundada de su espíritu, y que además nos invita a participar en su misión reconciliadora regalándonos la dignidad de los apóstoles, completando, de esta manera, la plenitud de la obra de Dios.

Aunque resulta evidente una evolución de la reconciliación en el AT y el NT, no se puede afirmar que alguna de estas perspectivas haya quedado obsoleta o que las posteriores excluyan a las anteriores, pues en el camino del crecimiento humano y espiritual resultan ineludibles cualquiera de estos momentos en una persona o sociedad.

Recurrir a las Escrituras para comprender la reconciliación que necesita nuestro mundo hoy nos provee de una iluminación para incorporarla como parte de una misión que toca nuestra identidad. Así, como no es posible ser un hombre o una mujer en plenitud sin reconocer nuestras fracturas y heridas para poder integrarlas y sanarlas, tampoco podemos ser una humanidad plena ignorando las divisiones y rupturas que experimenta nuestro mundo y que producen tanto sufrimiento. Las Sagradas Escrituras nos lanzan, desde el testimonio de los profetas hasta la vida de Cristo y las exhortaciones paulinas, a ser agentes activos en la misión de reconciliar, a saber que corresponde a nuestra identidad crear canales de paz mediante el perdón, el amor, el encuentro con el dolor ajeno y la búsqueda de la verdad.

Trabajar por la reconciliación o por un estado de paz es traer una dosis de la vivencia de la gloria de Dios aquí en este mundo. Es transparentar la presencia de Dios que se compromete con su pueblo y dar cauce a su plan salvífico, que quiere que tengamos vida y vida en abundancia. 

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