Fernando Ortíz Cueva, mejor conocido como Sofo, describe su vida como una búsqueda constante y un continuo preguntar. Así fue como llegó al celtismo, tradición ancestral de los pueblos nativos europeos, pero también al estudio de los juegos, ámbito al que dedicado tanto su práctica como su reflexión académica. En esta entrevista conocemos un poco más del celtismo y de cómo la espiritualidad y los juegos no están tan lejos entre sí.

Elías González Gómez (EGG): ¿Podrías compartirnos un poco de ti mismo y tu búsqueda espiritual? ¿De qué se trata el celtismo y cómo lo vives?
Sofo (S): Lo primero que podría compartir sobre mí es que me considero una persona profundamente reflexiva y en constante búsqueda de preguntas. Esto me ha llevado a recorrer distintos caminos espirituales más como un acto de completar la realidad en la que vivo y no sólo como una constante de encontrar respuestas. Una especie de viaje interior que con el tiempo me ha llevado a entender la relación entre el ser humano y lo sagrado.
Algo que para mí ha sido fascinante es cómo se genera la transmisión del conocimiento entre generaciones, su interpretación, su evolución, la manera en que la historia está viva y por lo cual hoy somos y estamos aquí. En ese recorrido fue como descubrí el celtismo, una forma de espiritualidad profundamente vinculada con las tradiciones nativas europeas, particularmente las que provienen de Escocia.
El celtismo no funciona como una institución formal ni como una religión estructurada con dogmas rígidos; más bien es un conjunto de creencias, prácticas y formas de comprender la vida que cada comunidad o cada familia —conocida dentro de esta tradición como grove— llega a interpretar y vive de manera propia.
Dentro de la tradición del celtismo sligeta (sendero/ver para saber más) está la creencia de que todos nacemos con una naturaleza mágica; lo que ocurre es que esa dimensión de nosotros mismos suele permanecer dormida hasta que comenzamos a descubrirla. El camino espiritual consiste justamente en eso: en aprender a reconocerla y desarrollarla. En la búsqueda de este equilibrio nace el entramado entre cuerpo, mente y espíritu, una forma de entender la existencia en la que la naturaleza ocupa un lugar central en el universo que nos rodea.
Desde esta perspectiva, el mundo natural no es solamente un entorno que habitamos, sino un espacio vivo con el que se establece una relación profunda: con sus ciclos, sus elementos y las fuerzas que lo habitan. Las antiguas tradiciones celtas partían justamente de esa sensibilidad hacia la naturaleza.
Algo que siempre me ha marcado dentro de esta tradición es la idea de que la magia no es algo que se crea o se realiza en un instante. No es un acto aislado ni un poder externo. Es más bien una dimensión que forma parte de nosotros desde el momento en que existimos. Hay una frase que mis maestros solían repetir y que resume de gran manera este espíritu: «Para descubrir la magia que hay en ti, sólo se necesita un instante; para aprender a usar la magia que hay en ti, se necesita toda una vida».
Así es como vivo el celtismo: no como un sistema cerrado, sino como un camino de aprendizaje continuo, de conexión con la naturaleza, con la historia de quienes caminaron antes que nosotros y, sobre todo, con ese misterio que habita en cada ser humano. Un camino que, más que dar respuestas definitivas, invita a seguir explorando. Porque al final la espiritualidad es una conversación permanente entre lo que somos, lo que buscamos y lo que aún estamos aprendiendo a descubrir.
EGG: ¿Cómo fue que llegaste a estudiar los juegos y qué has encontrado en tu incursión en ellos?
S: El interés por estudiar los juegos comienza por la misma inquietud de explorar, preguntar y de intentar comprender lo que me rodea. De manera muy puntual, esto es en sí mismo una forma de juego, por ello la analogía con la vida, que puede entenderse como un gran tablero en movimiento. Es así como el juego se transformó de un pasatiempo a un objeto de estudio y donde aprendí a observarlo con otros ojos. Cada movimiento, regla e interacción entre quienes participan en una partida encerraba algo más que entretenimiento.
En los juegos existe una lógica, e incluso una especie de «magia» que aparece cuando las personas se reúnen alrededor de un tablero. Ninguna partida es exactamente igual a otra, pues siempre hay algo que cambia. Por eso, para mí estudiar los juegos ha sido una forma de comprender cómo las sociedades humanas han encontrado maneras de convivir, de aprender y de desarrollarse.
En los juegos se reflejan muchos significados: valores, formas de organización, maneras de enfrentar el conflicto o de cooperar, incluso formas particulares en que cada cultura mira el mundo. Cuando uno observa con atención descubre que cada juego guarda pequeñas pistas sobre el tiempo y el lugar donde nació; todo habla de la sociedad que lo creó, y eso es algo fascinante. Jugar es una forma de acercarse a la historia, no sólo de leerla o estudiarla, sino de experimentarla de manera viva. Los juegos son una expresión cultural, y mientras se juega se participa de una tradición humana que combina imaginación, aprendizaje y convivencia.
EGG: ¿Encuentras alguna relación entre tu camino espiritual y lo que vives en los juegos?
S: Con el tiempo he llegado a pensar que el juego y la espiritualidad comparten algo muy profundo y significativo: ambos crean un espacio distinto al de la rutina cotidiana, un momento en el que la realidad parece transformarse. Cuando una partida comienza, algo cambia. Se genera un acuerdo entre quienes participan, y entramos en otro modo de estar en el mundo. Esto tiene un cierto carácter mágico. El juego puede surgir por varias circunstancias: ocio, diversión o como herramienta de aprendizaje, pero «la magia» radica en ese desplazamiento de la realidad en el que se miran las cosas desde otra perspectiva.
El juego funciona como una metáfora de la vida. En algunas partidas hay que ser estratégicos, pensar varios movimientos adelante; en otras, lo importante es saber esperar el momento adecuado o mover la pieza correcta en el instante preciso. Algo muy parecido ocurre en la vida misma. Dentro del celtismo existe una idea que conecta bien con esto: el sligh, el camino o el sendero; una relación directa con la vida entendida en ese constante movimiento, en el que cada decisión forma parte de ese recorrido que vamos construyendo.
Al jugar también se aprende a observar mejor la vida. Estrategia, intuición, paciencia, cooperación e incertidumbre son parte del camino espiritual. Ambos mundos se encuentran entre el misterio y la creación de transformar lo que somos y lo que hacemos. Tal vez por eso me gusta pensar que, así como en el juego, la vida también guarda una chispa de magia y depende de nosotros aprender a reconocerla.
EGG: ¿Nos hace falta jugar más en nuestra sociedad?
S: Sin duda la sociedad necesita jugar más, no sólo como una forma de entretenimiento, sino que se requiere recuperar la capacidad de entender la vida con un espíritu de probar caminos, equivocarse y volver a intentar. Es necesario tener la esperanza de que existe otra jugada u otra manera de mover las piezas, ya que en la actualidad vivimos en una dinámica muy marcada por la productividad: trabajar, producir, cumplir objetivos, avanzar sin detenernos; una rutina que limita.
El juego ayuda a aprender algo sencillo pero muy profundo: tomar decisiones y aceptar que no todo está bajo nuestro control, pero que siempre somos nosotros quienes tiramos los dados y quienes movemos las piezas; a veces es ajedrez y en otras ocasiones es serpientes y escaleras. Existe la tendencia a asociar el juego como una pérdida de tiempo, pero, al contrario de esta visión, jugar es una forma de reconectar con la imaginación, que es una manera más espontánea de crear relaciones con los demás.
Así como en el mundo espiritual no todo tiene que estar definido de antemano, y donde puede aparecer algo inesperado, en la vida el juego nos hace más humanos… así que ¡a jugar!
Para saber más:
La palabra sligeta es una forma derivada o adaptada que alude a la palabra sligh, más comúnmente escrita slighe. Ésta proviene del gaélico escocés y del gaélico antiguo irlandés y se relaciona con la idea de camino, ruta o sendero. No sólo se refiere a un camino físico, ya que en muchas tradiciones celtas también puede entenderse como ruta de vida o vía de aprendizaje o transformación.






