La física del espíritu: cuando la ciencia devela lo sagrado

Por Jorge Abraham del Valle Márquez

Toma aire lentamente. Pon atención en cómo entra en tu pecho y las sensaciones que despierta. Aguanta la respiración por un momento y deja que salga de nuevo. A ese simple movimiento, la respiración, la humanidad le ha dado los nombres más elevados: ruaj, en hebreo; spiritus, en latín; pneuma, en griego; prana, en sánscrito; chi, en chino; ki, en japonés; ihiyotl, en náhuatl. Todos apuntan hacia lo mismo: el aliento de vida, el impulso vital, el espíritu que anima al universo. La respiración representa la fuerza que otorga la vida y lo vivo es materialmente tangible. ¿También lo es el espíritu? ¿Cómo se manifiesta el espíritu en el universo físico?

Desde la fe cristiana, a Dios, al Espíritu con mayúscula, se le entiende como trinidad, es decir, un Dios que es tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que juntas danzan en armonía. La pericoresis. Esta danza trinitaria devela que el Espíritu tiene dos características necesarias en una danza de tres: relación y movimiento. ¿Cómo se manifiestan estas características en la naturaleza de forma tangible?

Comencemos por analizar la materia en su esencia. Una de las principales contribuciones del famoso físico Albert Einstein es la teoría de la relatividad, la cual se puede explicar matemáticamente con una simple fórmula: E=mc². Energía es igual a la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado, es decir, la masa se puede convertir en energía, y esto implica que, en el fondo, la materia es energía. Este principio se vuelve tangible en la energía atómica, que surge de literalmente convertir una pequeña porción de materia en enormes cantidades de energía.

La mecánica cuántica nos muestra que, cuando nos acercamos a lo más pequeño, a los componentes elementales de la materia, al final no encontramos nada materialmente concreto, sólo energía: energía en relación que se manifiesta de forma tangible y concreta. La materia, todo lo que compone el universo conocido, al igual que la concepción cristiana de Dios, y me atrevo a decir que la concepción sobre la divinidad de las principales religiones, no es en esencia más que una serie de relaciones en movimiento. Como describe el papa Francisco en su encíclica Laudato Si’: «Las personas divinas son relaciones subsistentes, y el mundo, creado según el modelo divino, es una trama de relaciones» (240).

Una trama de relaciones en movimiento, porque todo cuanto existe está en movimiento y no puede, por ningún motivo, dejar de estarlo. Nuevamente la física lo confirma: al tocar cualquier objeto, podemos percibir que tiene una temperatura concreta, pero lo que no es evidente es que ésta no es más que una manifestación de la cantidad de movimiento que existe en las moléculas de ese cuerpo. Un cuerpo es más caliente que otro porque sus moléculas vibran a mayor velocidad, y si los juntas, esa vibración se transmitirá: las moléculas del cuerpo caliente pasarán parte de su vibración a las que son frías, y al final terminarán vibrando a la misma velocidad. Ahora sabemos que si pudiéramos llevar a un cuerpo a una temperatura de -273.15 °C, lo que se considera como cero absoluto, las moléculas dejarían de vibrar en su totalidad. Pero esto es imposible. La tercera ley de la termodinámica y el principio de incertidumbre de Heisenberg nos dicen que es imposible enfriar totalmente un cuerpo. Siempre quedará una vibración, aunque sea pequeñísima; la materia simplemente no puede quedar estática. Todo está en movimiento y no puede dejar de estarlo.

Queda claro que la materia, en su base esencial, como el espíritu, es relación en movimiento. Aquí encontramos algunas coincidencias entre la física y la teología. Pero el espíritu, al menos según la fe cristiana, va más allá: es inteligente y consciente, y por lo tanto su movimiento no es aleatorio. Tiene voluntad propia y es creativo. Este movimiento creativo lo podemos ver manifiesto en la vida, que evoluciona, se complejiza y lucha por expresarse. Pero ¿cómo llegamos de una materia inerte en movimiento relacional a un movimiento consciente que evoluciona y con creatividad se complejiza?

Ilya Prigogine (Premio Nobel de Química, 1977) encontró que la materia tiende a generar estructuras disipativas cuando fluye energía a través de ella, es decir, que la materia aparentemente inerte, cuando recibe una cantidad constante de energía, forma estructuras de creciente complejidad. Este descubrimiento es, hasta la fecha, la mejor explicación que tenemos para entender cómo surgió la vida en el planeta, e implica que la materia, aparentemente inerte, ya está imbuida de espíritu creativo, de aliento vital, y busca, luchando contra la entropía, generar un orden cada vez más complejo.

Desde la teología, Leonardo Boff utiliza esta conexión para mostrar que el espíritu es omnipresente e inteligente, y que desde el Big Bang ya impulsaba a la materia hacia la vida: «Efectivamente, ese principio ya funciona en el primerísimo principio tras la gran explosión o fase inflacionaria: todo, desde el comienzo, interactúa y establece un diálogo creador con todo lo que está en su entorno».

En conexión con los descubrimientos de Ilya Prigogine, podemos decir que todo organismo vivo es una estructura disipativa. Absorbemos energía del medio, la usamos para mantener y complejizar nuestro sistema, y después la disipamos hacia el medio ambiente. Y aquí surge una característica importante de la vida: se resiste, sin violarla, a la segunda ley de la termodinámica, la entropía.

La entropía, explicada de forma muy simple, es la tendencia natural de todo sistema a evolucionar hacia el mayor desorden posible, y la segunda ley de la termodinámica nos dice que esta entropía siempre tenderá a aumentar. La vida, en sentido contrario, tiende hacia un orden cada vez más complejo. Se inició con unas cuantas células, muy simples, que se alimentaban y reproducían, y ha evolucionado hasta formar seres complejísimos como nosotros. Estamos, al igual que muchos otros organismos, integrados por millones de células que interactúan formando una estructura ordenada de complejidad asombrosa. Además, poseemos un poderoso instinto que nos lleva a usar todo lo que esté en nuestras manos para mantener este orden, adaptándonos al entorno cambiante y manteniéndonos en continua evolución. Podemos decir que este impulso vital que anima a todo ser vivo a evolucionar y complejizarse es lo que en lenguaje religioso llamamos espíritu.

Retomando lo escrito en los párrafos anteriores, podemos decir que este espíritu está presente desde el inicio del universo, conformando a la materia en su nivel más esencial e impulsándola a evolucionar hacia un nivel de expresión cada vez mayor. Siguiendo esta lógica, el espíritu, el aliento vital, no sólo se manifiesta de forma concreta en todo a nuestro alrededor: es lo que conforma y teje en esencia todo lo existente.

Los avances científicos que se citan en este texto nos permiten, desde la razón, comprender hasta cierto punto esta danza espiritual que anima al universo, pero esta comprensión siempre estará incompleta si no trascendemos nuestra dimensión racional para acercarnos a la espiritual. Si no nos permitimos dejar la visión analítica para despertar la visión intuitiva, y sentir en nosotros y en nuestro entorno la presencia de ese espíritu que nos impulsa y nos guía. Se trata de aprender a contemplar con los ojos del espíritu.

Esta búsqueda de conectar espiritualidad y ciencia tiene ya mucho camino recorrido. Uno de los pioneros fue el jesuita Teilhard de Chardin, quien en su libro El fenómeno humano aborda la teoría de la evolución y explica cómo ésta se puede entender como una continuidad de la creación divina. Teilhard trascendió el mito de Adán y Eva y con valentía exploró cómo el Espíritu continúa con su eterna danza creativa impulsando la evolución del universo, lo que, desde su condición de sacerdote, lo llevó al exilio y a que le prohibieran publicar sus obras.

Teilhard fue un académico reconocido, pero con el pasar de los años también fue reconocido como un místico. Sus libros son un evidente intento de conectar lo que el espíritu, muchas veces con violencia, le mostraba, con sus conocimientos académicos, y fue pionero en hablar sobre como la materia misma, aparentemente inerte, está en su más pura esencia imbuida por el espíritu.

«Bendita seas, universal Materia, duración sin límites, éter sin orillas, triple abismo de las estrellas, de los átomos y de las generaciones, tú que desbordas y disuelves nuestras estrechas medidas y nos revelas las dimensiones de Dios.

[…] Te saludo, medio divino, cargado de poder creador, océano agitado por el Espíritu, arcilla amasada y animada por el Verbo encarnado».

Regresemos a la respiración, a ese simple movimiento que mientras vivamos no se detendrá. Vuelve a tomar consciencia de él, disfrútalo y observa cómo te llena de vida. Cómo te permite continuar sintiendo, viendo, pensando… En ese simple movimiento, en ese continuo recibir oxígeno y dar dióxido de carbono para que las plantas puedan alimentarse, se esconde una sabiduría perenne, inscrita en todo lo que te rodea.

No olvides que no sólo te acompañan y guían otras personas, sino que la naturaleza misma, con su infinito conocimiento, siempre está contigo: conformándote, rodeándote y alimentándote. Y que, en cada partícula de aire, grano de tierra, planta o ecosistema, la divinidad se expresa. Sólo es cuestión de guardar silencio y dejar que la mente se calme, para escuchar su eterna melodía.

Para saber más: 

Boff, L. (1996). Ecología: Grito de la tierra, grito de los pobres. Trotta.

Chardin, T. de (1963). El fenómeno humano. Taurus.

Chardin, T. de (1964). Himno del Universo. Taurus.

Francisco. (2015). Laudato Si’: Sobre el cuidado de la casa común [Carta encíclica]. 

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